La Argentina es el problema. El mundo es la solución.

septiembre 23, 2014

Economía del Tipo de Cambio de Conversión

Filed under: Libros y papers — Jorge Avila @ 6:22 pm

Como a la prima de riesgo-país en 2000, este año le llegó el turno al tipo de cambio de conversión (TCC). Una cantidad de colegas tratan de pronosticar el tipo de cambio paralelo por medio del TCC. Este indicador es el cociente entre alguna medida de los pasivos que el BCRA tendría que cubrir si deseara parar una corrida cambiaria y el stock de reservas intern’les del Banco. (Aquí hay un cálculo para 2011 y aquí hay uno reciente.) A juzgar por los cálculos que regularmente hacen circular mis colegas, parece que el mercado confía en la versión del TCC que surge de dividir la base monetaria por las reservas intern’les. Para los arbitrajistas, los especuladores y los inversores que componen el mercado, esta medición del TCC ofrecería el mejor indicador anticipado del tipo de cambio paralelo o blue.

Sigue un comentario que hice a Las Hiperestabilizaciones sin Mitos, un paper que Juan José Llach presentó en las XII Jornadas de Economía Monetaria y Sector Externo que organizó el BCRA en septiembre de 1990. Reproduzco el comentario porque advierto que no se entiende del todo la razón económica por la cual el TCC sirve para pronosticar el tipo de cambio paralelo. Note que la idea del TCC está encadenada a la Convertibilidad y que ésta no se explica sin la hiperinflación. Por ello, el paper de Llach y mi comentario son una discusión sobre la forma de salir de la hiperinflación en la que introduje el concepto del TCC.

 

I. Llach ha escrito un minucioso estudio comparativo de once experiencias de hiperestabilización, cuya lectura recomiendo a todos, por el trabajo de clasificación de un indispensable caudal informativo que estaba disperso y fuera de nuestro alcance.

 

II. El espíritu del artículo oscila entre el ensayo sobre los requisitos fundamentales para una hiperestabilización exitosa, y el informe descriptivo del ambiente institucional e internacional que rodeó al fenómeno, las medidas adoptadas y la performance macroeconómica subsiguiente. Como informe, que ya es bastante, el artículo me ha encantado, pues pone los puntos sobre las íes en una serie de aspectos importantes a la hora de diseñar la política de hiperestabilización, logrando así uno de sus propósitos: aventar mitos. Como ensayo, el artículo es intelectualmente ambicioso: se propone nada menos que probar una tesis alternativa sobre el requisito fundamental para una la hiperestabilización perdurable. Creo que Llach sólo ha logrado hasta ahora desplegar el escenario, sin refinar su hipótesis de manera que sea contrastable; peor todavía, creo que le resultará imposible verificarla, no por falta de estadísticas o de documentación, sino porque su tesis no es independiente de las proposiciones asociadas a Dornbusch o a Sargent, respecto de las cuales él quiere marcar una diferencia.

 

III. El interrogante central del ensayo es la siguiente:

“¿Qué hay que hacer primero: fijar el tipo de cambio à la Dornbusch (1985) o anunciar un cambio de régimen monetario‑fiscal à la Sargent (1986)?”

“La única respuesta que surge de los hechos es que las dos políticas deben adoptarse simultáneamente, pero que ambas serán inútiles si no se resuelven también las cuestiones institucionales e internacionales. Por un lado, no se encuentra ninguna evidencia de que la fijación del tipo de cambio sea el factor crucial (según afirma Dornbusch, 1985). Como muestra el Cuadro 1 del artículo, en todos y cada uno de los países estudiados hubo intentos fallidos de estabilización del tipo de cambio cuando aún no se cumplían los requisitos monetarios, fiscales, institucionales o internacionales. No corre mejor suerte la tesis de Sargent sobre la autosuficiencia del “anuncio” de un cambio de régimen para estabilizar el tipo de cambio y el nivel de precios por la sola acción de la especulación privada. En todos los casos hubo estabilización de facto con tipo de cambio fijo, salvo en Grecia.”

“La evidencia empírica es menos elegante y no permite escribir un manual de técnicas para vencer perdurablemente a la hiperinflación. Aunque resulta claro que cuando la soberanía de un Estado está en jaque, la hiperestabilización es imposible. Una vez solucionada esta cuestión, deben buscarse activamente el apoyo internacional y hacerse todos los anuncios posibles en materia monetaria y fiscal. Recién entonces se puede intentar fijar con éxito el tipo de cambio.”

“Pero la principal característica de los once programas de estabilización considerados es que todos ellos se sustentaron en decisivas opciones político‑institucionales conjugadas con alineamientos o realineamientos de política exterior. Fue sobre estas opciones, que intentaron ser fundacionales, que se encaró la reconstrucción del Estado y se procuró reemprender el camino del progreso económico. Estos son, en realidad, los verdaderos cambios de régimen: las respuestas integrales a la crisis interna y externa del Estado.”

 

IV. Con los párrafos precedentes creo capturar el mensaje de Llach, si bien en su largo desarrollo y en sus numerosas notas de pie de pagina el autor parece sostener un juicio menos terminante. De todos modos, la trascendencia del tema hace oportunas estas reflexiones y aclaraciones:

1º El “debate Dornbusch‑Sargent”. Como balance de la observación empírica, Llach concluye que no hay un triunfador. Por el contrario, como balance del análisis económico antes de la contrastación empírica, yo creo que sí lo hay y que es Dornbusch. Para fundamentarlo es menester reproducir algunos pasajes de sus artículos:

Sargent (1986, página 45): “The hyperinflations were each ended by restoring or virtually restoring convertibility to the dollar or equivalently to gold… Under the gold standard, a government issued demand notes and longer‑term debt it promised to convert into gold under certain specified conditions, that is, on demand, for notes. Presumably, people were willing to hold these claims at full value if the government’s promise to pay were judged to be good. The government’s promise to pay was backed only partially by its holding of gold reserves. More important in practice, since usually a government did not hold 100 percent reserves of gold, a government’s notes and debts were backed by the commitment of the government to levy taxes in sufficient amounts, given its expenditure, to make good on its debt. In effect, the notes were backed by the government’s pursuit of an appropriate budget policy… The public’s perception of the fiscal regime influenced the value of government debt through private agents’ expectations about the present value of the revenue stream backing that debt.” (Note que para Sargent el concepto de deuda pública engloba tanto los títulos que devengan interés como el dinero.)

Dornbusch (1985, página 35): “Nuestro argumento es que aunque un gobierno lleve a cabo todas las medidas correctas en términos de estabilización presupuestaria o control de la emisión monetaria, todavía subsiste el problema de la credibilidad de estas medidas y, por lo tanto, de poder ejecutarlas efectivamente. Dado que las políticas no son exógenas, el tema de la credibilidad es primordial. Nosotros argumentamos que la política de tipo de cambio fijo y de tasas de interés en el período de la transición ha conformado un vehículo para establecer esa credibilidad por medio de una estabilización de hecho.”

¿Qué nos está diciendo Sargent? Que si bien casi todos los países instauraron un sistema de patrón dólar, el factor decisivo fue el cambio de régimen fiscal. Este creó una expectativa de solvencia presupuestaria: en adelante, el dinero y los bonos emitidos por el gobierno estarían respaldados de verdad. Antes del anuncio del cambio de régimen, el stock de reservas internacionales no alcanzaba a respaldar por completo la deuda global del gobierno.

En mi opinión, Sargent comete dos errores:

a) Pasa por alto el papel de la fijación del tipo de cambio en la hiperestabilización, y confunde la deuda pública que no devenga interés con la que lo devenga. Estabilizar es hacer que el nivel de precios permanezca temporalmente más o menos constante en términos de la moneda local (el numerario o la unidad de cuenta adoptada), pero no en términos de las paridades de los títulos del gobierno. El punto es respaldar la oferta de base monetaria y, en caso de extrema fragilidad del sistema bancario, alguna oferta de dinero más amplia. En hiperinflación el público modifica espontáneamente la naturaleza del sistema monetario; sustituye el dinero fiduciario por el dinero mercancía (cuya proxy es el patrón dólar); en vez de un compromiso de equilibrio fiscal, el público demanda la posibilidad de comprobar en forma periódica si la situación fiscal y monetaria mejora o no. El mantenimiento o no del tipo de cambio se vuelve en una situación terminal el semáforo más fidedigno.

La sola especulación privada puede perfectamente estabilizar inicialmente el tipo de cambio, como sucedió en la Argentina en junio de 1989 y en otros ejemplos históricos citados en Heymann (1986). Pero el mantenimiento del tipo de cambio en el tiempo es algo muy distinto. Para esto es condición suficiente una política explícita o implícita de fijación. Ahora bien, como la fijación no es posible sin intervención oficial en el mercado de cambios, esta política tiene como condición necesaria la existencia de un stock de reservas internacionales apropiado. A su vez, el cambio de régimen fiscal y monetario es imprescindible para que el respaldo en divisas de la oferta monetaria se mantenga elevado. En hiperinflación, la política cambiaria adquiere importancia propia. Sargent no piensa así.

b) Sargent escribe como si en hiperinflación fuera válida la hipótesis de información completa o certidumbre. Tengo la impresión de que Sargent fuerza el supuesto de expectativas racionales hasta transformarlo en uno de previsión perfecta (perfect foresight); no lo hace en la letra del artículo pero sí en su espíritu. Sin embargo, la hiperinflación es, por definición, algo muy cercano al paroxismo de la incertidumbre. En una coyuntura así, las primas de riesgo y las tasas de descuento son altísimas, lo cual implica que el flujo de superávits fiscales requeridos para igualar en valor presente a las deudas emitidas por el gobierno debería ser también altísimo, y seguramente fuera de todo alcance práctico. Se impondría un genuino overkilling fiscal. A juzgar por la evidencia que apunta Llach, no fue así, pese a lo cual las estabilizaciones prosperaron. ¿Por qué? Porque para mantener sus saldos monetarios reales el público no exige la promesa de un flujo de superávits debidamente elevados ya que el costo de entrada y salida de la moneda local es mínimo. Basta con la información que arroja la mera vigencia de un patrón dólar. El público sabe que el patrón dólar sólo podrá ser honrado en forma permanente en la medida que esté asistido por un efectivo cambio de régimen fiscal y monetario. Por el contrario, un agente realmente exigirá aquella perspectiva de superávits, que revisará periódicamente, cuando toma activos líquidos de bajo riesgo para “hundirlos” como inversión fija, pues ahora, en efecto, el costo de entrada y salida es alto y la madurez del proyecto demanda largos años de exposición al riesgo del país. Por esto el crecimiento se hace esperar, al contrario de la remonetización y de la reactivación, que son fenómenos prácticamente inmediatos.

¿Qué nos está diciendo Dornbusch? Que la incertidumbre en hiperinflación es sencillamente colosal. Que el cambio de régimen fiscal es condición necesaria pero no suficiente. En concreto, y hasta donde yo entiendo, afirma que para hiperestabilizar no es suficiente anunciar que la tasa de crecimiento de la oferta monetaria se reducirá verticalmente; lo que hay que hacer es estabilizar la cantidad demandada de dinero, o sea la k de la ecuación de Cambridge. Para lo cual es necesario darle seguridades al público sobre el costo de oportunidad de mantener moneda local. Es de importancia clave garantizarle la tasa futura de depreciación. Entre lo dicho y postular la adopción del patrón dólar hay un paso.1

2º Respecto de la posición de Llach en el sentido de que “ambas políticas debieran adoptarse simultáneamente, ya que ambas serán inútiles si no se resuelven previamente también las cuestiones institucionales e internacionales,” me permito discrepar.

¿En qué medida no estamos discutiendo lo obvio? Una fijación del tipo de cambio asistida por un cambio de régimen fiscal exige como condición necesaria la existencia de un Estado no fallido, dado que resulta indispensable reconstituir el poder de señoreaje y de tributación, entre otras facultades esenciales. En este sentido, creo que será arduo sino imposible probar la tesis de Llach como factor independiente de los que destacan Dornbusch y Sargent: la “estabilización institucional” siempre se presentó acompañada por estabilizaciones del cambio y el presupuesto. Incluso más: la experiencia de Checoslovaquia (Sargent, 1986, pág. 95) nos hacer dudar acerca de cuán bien solucionados deberían quedar los aspectos institucionales para que la estabilización sea exitosa. Checoslovaquia fue fundada al cabo de la primera guerra mundial, juntando pedazos de los territorios que habían pertenecido a Austria y Hungría, y aun antes de que fueran aprobados los tratados de paz que definían sus límites y que la reconocían como Estado independiente, estableció una política fiscal y monetaria consistente con la estabilidad de precios, que la transformó en una isla rodeada por un mar de hiperinflación (Alemania, Austria, Hungría y Polonia). Llach podría contra-argumentar que no es lo mismo evitar la hiperinflación que hiperestabilizar. Quizá tenga razón; aunque debería probarlo. Le sugiero reorientar la investigación hacia casos en donde las fallas institucionales hacen que la hiperestabilización fracase, pese a la adopción de las políticas cambiaria, fiscal y monetaria de rigor.

 

V. Algunas observaciones menores

1. No quiero dejar de citar un visionario párrafo sobre las reformas monetarias: “Sin sugerir ningún tipo de causalidad, es curioso consignar que los dos países europeos que realizaron reformas monetarias no redistributivas (sin aplicar conversiones a tasas variadas ‑a veces iguales a cero‑ de depósitos en otros papeles de la deuda) fueron los únicos que tuvieron hiperinflación: Grecia y Hungría.” Llach escribía antes del Plan Bonex.2

2. Parafraseando a Bresciani‑Turroni, el autor alude al “milagro” del 5 de marzo de 1990, día en el que se detuvo la segunda ola de hiperinflación en la Argentina. Pero el “milagro” tiene su explicación. Sin la pretensión de dar por terminada la discusión, note que a fines de febrero las reservas internacionales (incluyendo el oro) ya respaldaban 130% de M4 y 195% de la base monetaria, M0. (Cuando se disparó la primer ola, a principios de 1989, el respaldo no alcanzaba a 35% de M0, y un poco antes de que se dispara la segunda ola, en octubre de 1989, el respaldo era apenas de 45% de M0. A la inversa, en la primera hiperestabilización, en junio‑julio de 1989, el respaldo ya se elevaba a 70% de M0 y a 96% de M4, debido a la licuación de pasivos monetarios provocada por la misma hiperinflación.) El punto es que, con independencia de la política cambiaria existente en el plano formal, la economía ingresaba en un régimen de conversión potencial del austral en el plano de las expectativas.3 En marzo de 1990, el importante respaldo que citamos al principio de este párrafo empezó a gravitar sobre el mercado de cambios de la misma manera en que habría gravitado la expectativa de un préstamo externo.

3º Last but not least. Me veo en la necesidad de reivindicar el buen análisis económico que Llach desestima en el primer párrafo de la Introducción: “Aunque los economistas se han concentrado en el estudio de las hiperinflaciones y de las hiperestabilizaciones como laboratorios de la economía monetaria, es obvio que se trata de fenómenos más complejos y en los que la sola óptica del análisis económico distorsiona su verdadera naturaleza.” No comparto el juicio de Llach. La hiperinflación es un fenómeno eminentemente económico; luego, es natural y apropiado que su análisis sea asimismo económico, es decir, que sea practicado con criterio e instrumental económico. La Teoría Cuantitativa del Dinero suministra el modelo preciso, cuando es empleada con sofisticación. Esta cualidad nace en parte de la lectura de artículos perspicaces, como los escritos en nuestro medio por Llach, ahora, y por Heymann (1986).

 

Referencias bibliográficas

Dornbusch, Rudiger (1985): Freno a la hiperinflación: lecciones sobre la experiencia alemana de los años 1920‑1930. Estabilidad y Crecimiento de la Economía Argentina, ADEBA.

Sargent, Thomas (1986): The End of Four Big Inflations. Rational Expectations and Inflation, Harper & Row, New York.

Heymann, Daniel (1986): Las Grandes Inflaciones: Características y Estabilización. Tres Ensayos sobre Inflación y Políticas de Estabilización, CEPAL.

 

Notas

1. El siguiente ejemplo ayuda a probar la proposición: Imagine una economía en la que se anuncia un programa de hiperestabilización acompañado por un cambio de régimen fiscal y monetario, el cual, tal como anuncia el gobierno y el público cree, se empezaría a materializar desde ese mismo instante. La economía está agudamente desmonetizada (p.e. M0=2% del PBI), sin reservas internacionales y, por lo tanto, sin la posibilidad de que el Banco Central intervenga en el mercado de cambios. Así, por default, el tipo de cambio flota libremente. En tales circunstancias, ¿cuál es el mejor pronóstico sobre el nivel general de precios? Sencillamente, no hay pronóstico; el nivel de precios se encuentra indeterminado; existen infinitos niveles posibles, todos los que sean necesarios para equilibrar un mercado monetario caracterizado por una oferta nominalmente fija y una demanda de saldos reales que podría adoptar infinitos niveles.

Estamos frente a un típico problema de acción colectiva (o de coordinación de decisiones altamente descentralizadas), en donde todos y cada uno de los tenedores de moneda local desearía mantener o incrementar sus saldos reales siempre y cuando el tipo de cambio permanezca estable. Sin embargo, ante la más leve señal de cambio, todos y cada uno de ellos huirá de la moneda local a la extranjera, no en la búsqueda de una ganancia de capital sino con el fin de evitar una pérdida.

En una economía estable raramente tendría lugar un evento de esta naturaleza. Pues rige una verdad circular. La confianza en el mantenimiento del tipo de cambio induce, a un mismo tiempo, un elevado grado de monetización, y una estructura de contratos superpuestos que termina por atar el nivel de precios a expectativas pasadas de inflación. En este contexto, un shock fiscal, sindical o político, de gravedad similar a la de aquél que es capaz de poner en marcha un proceso de hiperinflación en una economía inestable, haría subir, quizá abruptamente, el tipo de cambio, pero carecería del impulso necesario para empujar a la economía hacia la hiperinflación.

En una economía agudamente desmonetizada, en donde una devaluación es probable, y una gran devaluación es mucho más probable, se hace imposible determinar el nivel de precios, por más que el cambio de régimen se esté concretando. La demanda de dinero ha dejado de fundarse en el crédito en sentido amplio al gobierno. El sistema monetario ha evolucionado espontáneamente desde el patrón fiduciario al patrón mercancía, que es dinero con valor intrínseco. El patrón dólar es un sustituto cercano del patrón mercancía.

La estabilización requiere de un acto de política oficial que garantice el tipo de cambio. Para esto hacen falta dos cosas: la voluntad de fijar el tipo de cambio y un nivel adecuado de divisas. A este nivel se llega por dos vías: o se permite que la misma hiperinflación reduzca el valor en divisas de la oferta monetaria hasta un nivel de respaldo apropiado, o se consigue un préstamo externo para completar el respaldo apropiado. Esta es la función histórica que han cumplido los préstamos externos según Llach.

2. Se refiere a casos posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

3. En 1990 regía un sistema de conversión potencial del austral por un par de razones: i) El elevado respaldo en divisas de M0. ii) Los arbitrajistas habían desarrollado cierta seguridad de que el Banco Central intervendría en el mercado de cambios en caso de producirse una depreciación excesiva. (¿Qué significa excesiva? Esta imprecisión generaba entonces la mayor incertidumbre.) La conversión potencial del austral se apoyaba tanto en la posibilidad (objetiva) de defenderlo como en la vocación (subjetiva) de hacerlo.

septiembre 18, 2014

El ciclo ganadero

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 3:51 pm

Matías Sara escribió un muy buen artículo sobre el mercado de las carnes. Declaro que jamás leí nada que se le acerque en simpleza y sofisticación con respecto al impacto de la apertura comercial sobre el mercado de las carnes.

Tiene un error, o es vago, cuando se refiere al impacto de la apertura o el libre comercio sobre el precio interno de la carne.

Si el precio mundial menos el flete fuera superior al precio interno, éste subiría. Y viceversa. Creo que en los últimos años el interno fue bastante más alto que el mundial menos el flete. De manera que, en este caso, la liberalización bajaría el precio interno de las carnes.

Un punto que rescato del artículo es que el consumidor argentino no come carne de “alta gama” (lomo) sino de “baja gama” (asado), en cuyo caso, la apertura internacional del mercado podría incluso hacer bajar el precio interno de la carne de “baja gama”. ¿Por qué? Porque las carnes de alta y de baja gama se producen en proporciones fijas, y como la segunda no se exporta, su precio interno caería frente a la misma demanda local.

Al respecto, tengo dos sueños: el libre comercio de autos y el de la carne. El primero, porque ansío andar en autos norteamericanos al precio de EEUU más el flete (como en Chile), y el segundo, para librarnos de esa mierda (con perdón de la expresión) que llamamos el ciclo ganadero.

septiembre 4, 2014

Un liberalismo tan añorado

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 4:49 pm

Mr. Bloom

El representante británico en el Parlamento Europeo habló sobre impuestos en noviembre de 2013. Les sugiero que presten atención al contenido de lo que dice y a la forma en que lo dice. ¡Ojalá tuviéramos en el Congreso Argentino un puñadito de diputados con esa claridad conceptual, esa valentía y esa tan, pero tan necesaria incorrección política! El video dura apenas 1’30. (Gentileza de Enrique Bour.)

septiembre 2, 2014

Juventud maravillosa

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 3:11 pm

Lo que sigue fue escrito por el Pato Soto en 2006 como testimonio para su hijo y las nuevas generaciones. Narra en forma cruda las impresiones que dejó en un perceptivo y fervoroso joven provinciano el grandioso espectáculo de la política universitaria de La Plata en 1973. Incluye un relato de su audaz experiencia como observador en la “masacre de Ezeiza” y una reflexión sobre el final del ciclo en 1976. Publico este texto como homenaje a su memoria, pero, sobre todo, porque aporta una visión atenta, humana y comprometida de aquellos días trágicos, que yo miré, como muchos de nosotros, desde la vereda de enfrente.

Mi trabajo editorial se ha limitado a agregar mayúsculas y acentos y a mejorar la puntuación. También agregué, entre corchetes, palabras aclaratorias cuando las oraciones me parecieron confusas o inconclusas, así como algún signo de interrogación cuando no pude descifrar el significado de una frase. Agradezco a Reynaldo Onofri el texto y la fotografía.

Luis Alberto Soto

“Pato” Soto, a los 18 años, recién llegado a La Plata

 

Los 70 y la Juventud Universitaria

 

1. La llegada y la juventud maravillosa

 

Montonero, montonero

Sos soldado de Perón

Los gorilas tienen miedo

Tienen miedo al paredón

 

Lucha, lucha armada

Perón en la Rosada

 

Perón, Evita

La patria socialista

 

Uno por uno

No va a quedar ninguno

 

Duro, duro, duro, somos los montoneros

Que mataron a  Aramburu

 

Hoy, hoy, hoy que contento que estoy

Hoy, hoy, hoy que contento que estoy

Somos los montoneros que mataron a Mor Roig

 

Ayer fue la resistencia

Hoy montoneros a luchar

Y mañana el pueblo entero

En la lucha general

(Con la entonación de la marcha peronista.)

 

Luego cambiaron [los cánticos], además de montoneros a luchar, se agregan FAR y FALP (fuerzas armadas revolucionarias, dirigidas por Quieto, y fuerzas armadas de la liberación peronista).

 

Perón… Evita

La patria socialista

 

La Plata, La Plata

Ciudad Eva Perón

Ciudad de Montoneros

Para la liberación

 

Ni yanquis ni marxistas

Peronistas

 

El espectáculo era imponente, majestuoso.

Cientos de muchachos, generalmente con bigotes mejicanos, levantando la mano, llenando las anchas calles platenses. Todos lucían brazaletes azules y blancos con una estrella federal en el centro. Las caras eran serias, parecían decididos a todo. Hasta parecía que tenían razón. La organización era perfecta.

Los cánticos estruendosos retumbaban en los edificios, amplificándose, expandiéndose… dando miedo. Los autos se apartaban. Nadie intentaba interponerse en la marcha. Las columnas eran compactas.

Las pancartas y las banderas constituían una historia aparte. Eran enormes, muchas tenían veinte metros de largo por dos de ancho; otras, más chicas con la estrella federal; medio escondidas había pancartas con dos fusiles cruzados y la sigla Montoneros en color amarillo; otras blandían la insignia de la JUP, Juventud Universitaria Peronista, rama estudiantil de la Juventud Peronista. ¡Y ya lo ve…, y ya lo ve…, es la gloriosa JP! Era el retumbar que estallaba.

Los vidrios temblaban por el resonar de cientos de voces elevadas al unísono, como si estuvieran maravillosamente coordinadas. El cielo azul de aquel día enmarcaba la escena, casi fabulosa a mi vista. La falange ya cubría cinco cuadras. En los primeros tiempos, los vecinos se paraban en la vereda a mirar con curiosidad. Era abril de 1973. Tiempo después, cerraban los comercios y se escurrían bajo las persianas.

Aquel abril, la manifestación era en el patio del Rectorado de la Universidad que fundara Joaquín V. González. El motivo: demostrar que los estudiantes estaban a favor de la democracia y el libre retorno y  el levantamiento de la proscripción electoral del octogenario coronel Perón. Las tres cosas hacía seis meses ya habían sido concedidas por el general Lanusse, quien veía terminado el ciclo militar e inevitable el retorno de Perón, y esperaba que el regreso a la democracia, con Perón como Presidente, pudiera aplacar: las huelgas cada vez mayores y masivas (Cordobazo, Correntinazo, Mendozazo) de obreros, maestros; a los estudiantes que criticaban al gobierno y que, cuando eran reprimidos, le formaban un caldo de cultivo al inquietante crecimiento de la guerrilla. Justamente, este era el gran tema, la guerrilla urbana que se le estaba escapando de las manos. Hacía muy poco tiempo que los Montoneros habían asesinado a Mor Roig, ministro del Interior de Lanusse, un radical que tenía la misión de reglamentar la rápida transición a la democracia. Y todo hacía entender que la tendencia crecería y recrudecería, si no se daba una transición rápida y que Perón se las arreglara.

 

Boquiabierto. Maravillado. Azorado por primera vez en mis 18 años veía una manifestación de organización y poder como esa. Mi grupito, Franja Morada, formado en esa época mayormente por radicales no alcanzaba a tener treinta personas. Desorganizados, con algunos cantos opacados por las contundentes marchas de la falange, que entraba al patio empujando a toda persona que no se había dado cuenta de correrse a tiempo. La falange siempre debía ocupar todos los lugares cercanos adonde iban a hablar los líderes de las distintas agrupaciones. Utilizaba la regla del número y la arrogancia agresiva de la cantidad. Todo eso lo aprendí tiempo después.

-Tengan cuidado, dijo Fredi [Storani], éstos vienen calzados (revólveres, palos o cadenas eran los instrumentos favoritos). Los más grandes de nuestro grupo, junto a otros como el comunista, se encadenaron los brazos para impedir que hubiesen roces.

-Que venga el rector, carajo, rugieron los montos; el rector no apareció. En los balcones del segundo piso, estaba previsto que hablara un representante de cada agrupación y el rector. De pronto, aparecieron dos personajes de Franja: el Gordo López Murphy, secretario de la Federación Universitaria de La Plata, y Sony Montero, ambos radicales. Quisieron hablar, imposible. Los silbidos aturdían. Como dije, era mi primera presencia en un acto importante. Los silbidos me quitaron el poco miedo que tenía, me parecieron injustificados, intolerantes en gente que decía querer la democracia. Precisamente, la democracia era escuchar a todos. Me parecía una barbaridad que no dejaran hablar a alguien. Además, a pesar de estar en bandos distintos, pensaba, en mi ingenuidad de novato, todos teníamos la misma meta. Y para mí la injusticia era quizás el único motivo que me llevaba a pelear.

Ya me habían advertido que la Juventud Peronista era el grupo más sectario y matón; de a poco lo fui comprobando Pero sigamos con la asamblea. Los silbidos dieron paso a los insultos de ambas partes. Comenzó el forcejeo entre las líneas de contención hasta que estas comenzaron a ceder. Era el momento de pelear (dado el número…, hacerse golpear) o… como alternativa, correr lo más rápido posible. “Esperemos a ver qué dice Fredi”, fue la voz que se transmitió en el grupo. No hubo tiempo para escuchar lo que dijo Fredi. La cosa estaba por explotar. Algo interrumpió los cánticos, las silbatinas y el cada vez menor entusiasmo de una asamblea por el retorno de la democracia.

La estridencia de una veintena de sirenas policiales en segundos impidieron que los grupos se molieran a golpes (nos molieran a palos… aunque vi que dos veteranos de los nuestros tenían revólveres por si la cosa se ponía muy dura) y que todos miraran a la calle, el patio de la Universidad era abierto y daba directamente a calle 7. Eran los patrulleros y vehículos de asalto que venían a visitar a los manifestantes y a decirles tiernamente que tenían 5 minutos para dispersarse. La acción policial era otra de las novedades que el destino me había deparado ese día. En mi ciudad, creo que no había ni policías. Lo que estaba viendo sólo se leía en los diarios, con el mismo interés que la guerra de Vietnam ya que la televisión, en primer lugar, no pasaba esas cosas y, en segundo, para que la señal llegara se requerían humedad y viento determinados, lo que provocaba una cadena telefónica entre amigos y familiares en la que se decía “Miren, se ve canal 7”. Entre Ríos estaba tan lejos.

 

Al ruido ensordecedor de la docena de patrulleros subidos a la vereda, le siguieron carros de asalto. Bajaron unos treinta policías y ordenaron desalojar el lugar en diez minutos. La juventud peronista, lejos de aceptar, comenzó a insultarlos con gritos: “torturadores, hijos de puta”,… y algunas piedras comenzaron a volar en dirección a los patrulleros. La cana respondió tirando gases lacrimógenos y empezó a avanzar blandiendo palos y escudos… otra novedad para el entrerrianito.

-No se toquen los ojos, ni se refrieguen porque es peor, va a arder más, pónganse agua, dijo Fredi. Acá no hay nada que hacer corramos hasta Bellas Artes. (La facultad de Bellas Artes estaba en la esquina.)

Eso fue toda una experiencia; a empujones entre los peronistas que querían pelear con la policía y los curiosos que no sabían para dónde correr, nos abrimos paso como pudimos y entramos indemnes a la facultad. Todo era desorden; las mujeres, con los ojos rojos, lloraban; los más veteranos trabaron la puerta y yo me fui al techo. Fredi, desde una oficina extrañamente desolada, llamó a un diputado Hipólito Solari Irigoyen y a otro abogado, Karakachoff, contándoles lo sucedido y les pidió que vinieran a interceder con la policía para que nos dejara salir sin detenernos. Vinieron,  y cumplieron lo prometido. ¡Pobres víctimas de un tiempo sangriento! Tiempo después, al primero le pusieron una bomba en el auto; no lo mataron pero quedó inválido para toda la vida; al segundo, le pegaron un itacazo en la cara, con lo cual casi literalmente le volaron la cabeza. Pero esas historias merecen mayores detalles.

 

Dos horas después yo estaba en camino a mi casa por diagonal 80; allá, atrás de la vía, en las zonas de cabarets (Premier) baratos y haras. La adrenalina me había subido. ¡Había participado en uno de esos actos que solo había visto por televisión y en la foto de algún diario!

Con entusiasmo me repetía, “La Plata vale la pena, el momento histórico es éste, la democracia socialista está al alcance de la mano”. De lo contrario, ¿cómo toda una generación coincidiría en que había que retornar a ella y mejorar la situación de los que nada tenían? Gracias a Dios iba a contribuir a hacer algo grande, algo similar a la gesta sanmartiniana. Era fantástico. Hacía mucho que no me sentía tan feliz.

 

2. A vivir con la tía Coca

Hacía tres días que había bajado del colectivo que me trajo desde Entre Ríos, con los tres amigos que habíamos decidido compartir una casa para estudiar. Gerardo, mi amigo de la escuela primaria y secundaria, iba a estudiar Medicina; el Conejo, Contador, y el Cuico, también Medicina. Arriamos [a lo largo de] doce cuadras, 2 valijas cada uno y un colchón al hombro. Después de esas caminatas, quedabas desgarrado. Cada valija debía tener ropa para dos meses, que era el tiempo estimado para volver a [Concepción del] Uruguay; usábamos toda la ropa de una [valija], luego la reponíamos y usábamos toda la ropa de la otra, hasta que retornábamos. Muchas veces traíamos salames, queso, etc. Pero la primera vez cargamos cien kilos cada uno. Salvo Conejo, ninguno de los cuatro sabía lavar ni planchar y le horrorizaba aprender, entonces, se utilizaba el método antedicho y el oportuno robo de un calzoncillo limpio o [la alternativa de] limpiar alguno. Pero en ese baño (la casa se detalla más abajo), al que iban mil personas, había bombachas, corpiños, etc., colgados en diversos lugares, y los más malos muchas veces se secaban con dicha lingerie. Pues como se verá, la casa, con varios perros y gatos, era habitada por 4 mujeres de 18 a 70 años y 5 mozalbetes de 15 a 18 añitos. Más de una vez, a falta de un calzoncillo limpio, alguno se puso una bombacha, y al revés.

En efecto, nuestra primera residencia presidencial fue en la casa de Coca. Coca era una mujer maravillosa, querida por todo el mundo. Hoy me digo por qué nunca más pasé por su casa. Soy débil, muy débil, en cuestiones afectivas, me hieren. Coca se merecía que los cuatro graduados que comenzaron en su casa [fueran a visitarla] al menos una vez cada cinco años. Salvo Conejo, nadie volvió a ir, y tanto le debemos. Cosas de la vida, ya dije cuál era en mi caso.

Coca tenía cuatro hijos que había criado sola, pues su marido había muerto. Para sobrevivir, tenía pensionistas y vendía ravioles, con un buen humor contagioso. De los cuatro hijos, quedaban dos hijas y Tito en la casa, además de dos o tres perros. Una de las hija, llamada la renga… porque era renga, y la otra (sus nombres se me han perdido) trabajaba en Canal 2 y contribuía a mantener a los demás. Entre los pensionistas se encontraba, además de los susodichos, una estudiante muy linda de Gualeguaychú a quien todos quisieron levantar sin éxito. Aunque tenía novio, era intrascendente; yo creo que de haberme puesto firme lo lograba… pero era tímido y me hacía el rudo. Todo era una payasada. Como nadie pudo hacerlo, concluimos que el novio era puto.

La casa de la tía Coca -se imaginarán- nos convenía porque la mensualidad era muy baja y lo que recibíamos de Entre Ríos apenas nos alcanzaba. Siendo todo una aventura. Durante el primer año no nos dimos cuenta de lo incómodo que era todo. En una pieza dormíamos los cuatro, ni me acuerdo dónde poníamos la ropa, seguramente quedaba en la valija. Había un solo baño y con pozo negro. Cuando se llenaba el pozo, salía todo por la rejilla, todos los líquidos cloacales rebalsaban y había que salir dando saltitos y cerrando la nariz. Lugares para estudiar: en la cocina había una mesa, en la habitación, otra, y en el living, una tercera. Éramos como siete y nunca se encontraba un lugar para estar tranquilo y solo. Sólo la chica de Gualeguaychú tenía habitación y escritorio propio.

Coca tenía televisión, buen carácter, nos dejaba recibir llamadas telefónicas, nos invitaba a almorzar ravioles los domingos, si sobraban, y casi siempre sobraban. Por años no soporté el olor a relleno de tallarines. No logro recordar como rendí, ni adonde estudié, todas las materias ese primer año y sacar promedio nueve. Pensemos, los profesores, con la excepción de matemáticas eran muy malos. Jamás he podido estudiar en Bibliotecas ni en bares, y muy pocas veces una hora continua. Ahora recuerdo, conocí a una compañera de Lógica, Adriana, y creo que en su hogar estudie los finales. La cosa fue que me hice invitar a la casa a estudiar Derecho, después ella estudiaba Contabilidad, y yo mientras la miraba como para comerla habré ojeado Samuelson para rendir Microeconomía; a Lógica la arreglábamos con Bombones y a Macroeconomía con el futuro montonero y posterior Ministro de Economía de Duhalde, a quien le tome algún aprecio personal, era muy fácil.

Así que fueron muy pocos los días del 73 que estudié en lo de Coca. Casi no me acordaba de las materias que di, pero si tengo marcado a fuego los ataques de asma que me dieron en la noche, en aquellos inviernos en donde el frío era insoportable y la humedad se escurría por las paredes formando una verdadera catarata. Casi asfixiado, me levantaba y me inyectaba adrenalina pura. Eso me calmaba y me hacía retumbar el corazón más de una hora. Pero al menos podía respirar. Terriblemente húmedos y fríos eran los inviernos, a la mañana temprano cuando iba a la facultad, debía caminar con mucho cuidado. En el barrio malevo del hipódromo las aceras estaban desvencijadas y si se pisaba mal un chorro de agua helada subía hasta la rodilla. Ya volveremos al barrio en el que éramos expertos y toda la ciudad esquivaba al anochecer.

De todos modos nuestros días en lo de Coca estaban contados. Cuico, el de medicina, fue el que primero se escabulló y, sin decir agua va, se fue a vivir al Gusano, otra ratonera más organizada con 6 tipos de Uruguay y con una pieza para cada uno. Siendo tres estuvimos más cómodos. Al año siguiente conseguimos una casa cerca de 40 y 222 y entre cuatro la alquilamos.

 

3. La facultad

Así, con mi gran amigo Conejo, comenzamos a cursar. La facultad de Economía era un triángulo entre la calle 46 y diagonal 77. Ese predio, que ha marcado a fuego nuestra juventud, era prestado por un Colegio Secundario General Belgrano. Era chico pero tenía buenas aulas. A la entrada estaba el negro Sardelo en un cubículo de madera; daba informaciones, decía cuales eran los profesores más fáciles en cada materia, daba los horarios de los cursos, los cambios de horarios, registraba, daba la libreta universitaria. Era hosco pero eficaz, asustaba a todos los alumnos de primer año. Terminamos haciéndonos muy amigos, con el tiempo, compartiendo los mismos amores y odios políticos.

El segundo piso lo ocupaba la Administración. Entonces, entrando por la puerta de servicio de la Escuela, uno entraba por la puerta principal de la facultad. La puerta era de latón; se caminaba por un embaldosado; a la izquierda y a la derecha se habían construido dos aulas que no tenían ninguna similitud con el enorme edificio de una gran escuela de principio de siglos. Pasabas frente a la cabina de Sardelo y subías a la parte principal del edificio. Un largo corredor con 4, 5 ó 6 aulas a cada lado, y al final, a la izquierda, el aula magna, y a la derecha, la secretaria académica y la rectoría. La biblioteca estaba a unas diez cuadras, había una cafetería y el comedor universitario a 15 cuadras que se podían acortar yendo por una diagonal. Esa fue mi facultad y la de 1000 chicos más que entramos en el glorioso año del retorno, el 73.

Creo que mi primer día de clases se inauguró con Lógica. Allí me encontré con un estudiante, Oscar, que me comentó que venía de estudiar Sociología en Buenos Aires. De entrada nos hicimos íntimos amigos, amábamos la política, los temas sociales, el deporte. Oscar sabía una enormidad de marxismo, por no decir que era el único personaje de esa jungla que había estudiado a Marx en serio, pero había huido de Ciencias Sociales de Buenos Aires por el despelote, la mugre y el convencimiento de que ahí no iba a aprender nada o la iban a cerrar tarde o temprano. Yo sabía algo de historia argentina que desconocía la mayoría, es decir, sabía algo más que él, y con eso nos bastaba para estar horas charlando. Nuestra afinidad, por no decir amor que entre hombres queda mal, fue estupenda; íbamos al cine, a recitales. De ahí en más Oscar fue uno más del grupo entrerriano, con menos fuerza nuestra amistad duró hasta terminar la carrera. Hasta su novia, hoy su esposa Cristina, se puso celosa y decía que Oscar había adquirido la tonada entrerriana de tanto hablar con mi grupo. A ambos nos apasionaba la política y vaya que teníamos temas cotidianos de charla. Yo creo que estas cosas pasan cuando dos seres humanos son apasionados por un par de temas, se respetan intelectualmente y tienen caracteres similares.

Volviendo a la mi primera clase, debo decir [con respecto a la] profesora que era una gorda cómica, [y que] desde el primer momento supe que no aprendería nada, aunque misia Pepa tenía un currículo enorme. Tan ridícula era la clase que llevaba a que unos 300 alumnos se murieran de la risa. Era grandota con forma de bombón, teñida de amarillo rabioso y con problemas en sus extremidades que ya le comenzaban a fallar. En la primer clase, estuvo tres veces a punto de caerse del estrado y, dado su peso, los alumnos de las primeras filas se retiraban para no ser aplastados, luego se le cayeron un par de veces las tizas hasta que se rindió y dejó de intentar escribir. Mientras yo lloraba de risa, Oscar con acierto me decía con su seriedad habitual: “Si todos los profesores son así vamos a perder 5 años y seremos desocupados con título.” Finalmente, la señora creyó que había enseñado suficiente Lógica y desapareció.

Un enigma se impuso en todos nosotros: son más difíciles de aprobar [los cursos de] los profesores que no enseñan nada que los de los que enseñan bien materias complicadas. Al final alguien rompió la intriga: para aprobar con Pepa había que ir a la casa a preguntarle algo y regalarle bombones. Esto nos dejó más tranquilos.

Como durante la primera clase toda esa payasada no me interesaba, me puse a mirar con detenimiento el material femenino que nos acompañaría los siguientes cinco años. Mi recorrida terminó en una cara eslava, ni rubia, ni ojos azules, muy linda. Adriana Frankovich. Luego de una sigilosa persecución, que incluía anotarme en sus cursos e invitarla a estudiar juntos, ella sería mi novia los próximos seis años a partir del 21 de septiembre de ese año. Todo era espléndido para el amor en primavera en La Plata, invadida por el aroma de los tilos, hacía de cualquier calle un lugar especial. Yo tenía 18 años.

 

4. Comienzos en la Franja

Habían pasado dos semanas desde el comienzo de los cursos. Las cosas se habían vuelto algo rutinarias para mi gusto y los motivos por los que me encontraba estudiando… Despertar, tomar mate, ir a la Facultad, que estaba absolutamente tranquila en marzo del 73 después del incidente relatado. A la una, al comedor universitario con algunos compañeros de curso o el Conejo si estaba a mano. Los profesores, con excepción del de Álgebra, eran malos. En Microeconomía estaba un muchacho de la JUP, Carlos Moser (hoy Secretario de Hacienda), Remes Lenicov (luego Ministro de Economía de Duahlde en la Nación), ambos mediocres, y no creo recordar ningún otro nombre. A la salida del Comedor Universitario si había algo de sol, sentarnos en el parque, comer la sagrada y eterna naranja (porque asimilaba la comida, decían los estudiantes de dos meses de medicina) y hablar de mujeres y política. Después de haber hecho varias revoluciones y acomodado la cuestión social, a dormir la siesta y luego, estudiar hasta la noche. Como no había dinero para cine, truco, guitarra… y a dormir.

Después de estas dos semanas de acoplamiento, comencé a sentirme deprimido. No encontraba gente de la Franja en ninguna parte de la facultad, y de esa forma no podía comenzar a trabajar en mi principal objetivo: política y cumplir la misión de una sociedad mejor. Un día se acercó a casa un veterano radical de Uruguay, el flaquito Marco, tan feo como buena persona. Eterno estudiante de Agronomía; me dijo que era el Secretario de la Franja de La Plata y que no había mucha actividad en esos días pues la Franja se estaba reorganizando debido a una crisis de crecimiento. –Somos muchos, le pregunté. –Sí me respondió, el flaquito. Somos como treinta. TREINTA, me dije a mí mismo. En la manifestación había 400 de la juventud peronista, ergo, no somos nada. Y éste encima me habla de crisis de crecimiento. Después comprendí que era una buena forma de dar ánimo a los nuevos. Finalmente, el flaco me dijo que esa noche en un Comité hablaría Fredi Cordonier y que sería una reunión informativa y organizativa.

Fui. Era Fredi casi tan buen orador como el otro, Storani. Ahí sentí que renacía. Se habló extensamente de la situación política y cómo nos íbamos a organizar por Facultad. Economía se reunía al otro día en el aula magna al mediodía, y así sucesivamente en las demás facultades.

Aquella noche, volví a casa, renovado, resucitado… para eso había ido a la Universidad, no para escuchar política sino a trabajar en política, lo demás era accesorio; me recibiría, mi título sería una herramienta útil para entender y trabajar… y para satisfacer a los viejos. Crucé las vías desoladas, el viento zumbaba y las últimas hojas del otoño llovían de los tilos. ¡Qué fantástico era estar vivo, en el momento en que la justicia y la libertad se iban a imponer en el último triángulo del continente!

 

5. Mayo del 73, en Bs As

En mayo, muchas cosas comenzaron a pasar. Los peronistas no quisieron exponer a Perón en la elección porque temían que el avión en el que vendría podía ser derrumbado por los militares. El avión que lo traía bajó en Brasil. Esa era la palabra oficial; por otro lado, los militares decían que Perón, a los ochenta años, lo menos que quería era volver. En fin… temas intrascendentes. El resultado es que fue un odontólogo llamado Cámpora como candidato a la Presidencia.

A este muchacho Cámpora, la JP lo había impresionado igual o más que a mí, pues enseguida arreglaron ocultamente la división del Gabinete .Y los Montos que ya se habían aliado a un guerrilla menor, la FAR, que lideraba Quieto. Cabe destacar que todas las agrupaciones guerrilleras hicieron explícitamente una tregua, que los montitos decían en la Facu… estamos Quietos, pero Firmenich… pobres!!!

Los actos preelectorales fueron fastuosos. Las movilizaciones peronistas hacían recordar las manifestaciones nazis o fascistas. Bien organizadas, llenaban los 40,000 m2 que conforman la Plaza de Mayo y muchas veces muchas calles laterales. Afortunadamente, hoy existen filmaciones pero ninguna buena película en donde se pueda ver lo que aquí relato. Puesto que una secuencia de fotografías no transmite el sudor, la ansiedad, el calor y la alegría de una gran manifestación.

En una de ellas, a la que concurrí dado que era historia pura y aunque no era peronista sabía que estas cosas pasan pocas veces en la vida y ahora tenía la oportunidad de presenciarla, me di cuenta de que todos los muchachos no eran iguales. Las legiones montoneras, y de la Juventud Peronistas, eran como las describí, alucinantes, asombrosas; a empujones o palos se ubicaban siempre delante del palco de oradores. Eso les garantizaba, abuchear (no dejar oír a quienes les convenía) y estruendosamente endiosar a sus preferidos. Hasta entonces, y durante muchos años por venir, yo había tenido una idea romántica de la política. Ideales básicos, en conjunto, jamás armados, triunfos para la mayoría, debates civilizados. Que casi nada era así me llevó bastante aprenderlo, y que la mayoría de las cosas eran mucho peor lo veo con claridad a los 50 años.

Pero caminando hacia atrás vi otra franja de hombres con carteles que decían CGT, 62 Organizaciones Peronistas, Juventud Peronista República Argentina y un montón de siglas más. Estos aplaudían a quienes los montoneros repudiaban y les hacían lo propio a quienes los otros aplaudían. No estaban tan organizados como los Montos, eran gorditos, más viejos. Esa era la famosa gente de la aún más famosa burocracia sindical, que cobraba un porcentaje de los sueldos de la totalidad de los empleados de los gremios, arreglo que los convertía en poderos potentados. Tenían un gran poder; hasta los militares habían tenido que negociar con ellos. Conocían al general mucho mejor, eran Vandor, Lorenzo Miguel, Herminio Iglesias, Ibáñez, Triaca y, por supuesto, Rucci, etc. Todo esto llevó su tiempo asimilarlo.

El entrerrianito estaba presenciando lo que tantas veces ya había leído sobre los dos bandos peronistas. Era como ver la Comuna de París de 1848 o la Revolución Francesa, era historia… En mi secundaria había visto sólo a dos Presidentes: a Onganía, pasar en auto, y a Illia, que tres meses después de que lo derrocaran estuvo en el Colegio, y con quien luego crucé la Plaza Ramírez charlando de la vida. Don Arturo nos decía, interésense en política o si no los malos tomarán el lugar de ustedes. Éramos dos, Gisella y yo, que lo acompañamos al hotel.

Los Montos y la JP, socialistas, guerrilleros buenos como se decían, y los otros eran los viejos burócratas del partido, hombres de Rucci, Lorenzo Miguel y el indiscutido capo Vandor. Evidentemente, no tenían tanta capacidad de movilización, pero tenían otros atributos. En primer lugar CONOCÍAN a Perón, cosa que la juventud maravillosa, no. Tenían además conocimiento profesional del quién es quién en el empresariado argentino, con el que dos o tres veces por año tenían que negociar, conocían uno por uno a los políticos del otro bando. Ahora, treinta años después, me doy cuenta, que aun sin la locura terrorista, los JP no tenían ninguna chance de ganar la pulseada, ni la guerra.

De vuelta en el tren a La Plata seguía hormigueándome la pregunta: ¿No tendrán razón estos muchachos? ¿No serían la verdadera expresión del movimiento de los desposeídos? Porque los sindicalistas realmente eran detestables, como la mayoría del empresariado que había mantenido a las sucesivas dictaduras. Para oponerse se necesitaba un gran frente, ¿no sería este? La violencia, el terrorismo… Ahí se frenaba mi razonamiento moral.

¿Era justo matar por una causa? La respuesta era siempre ambigua en mi pobre cerebro. Desde el surgimiento de la guerrilla me lo había preguntado, lo había discutido con el viejo, con otros amigos sensatos y ahora a los 18 años, había tomado la decisión que más me convencía. Si hubiera sido francés, seguro hubiera matado nazis o hecho lo posible para hacerlo. En aquellos años, no era cobarde. Pero matar a una persona que no piensa igual que yo era un asesinato. La cosa no era tan clara con las dictaduras, que se arrogaban poderes constitucionales y de vez en cuando condenaban a alguien que discrepaba. Cuando lo charlé con Papi, me dio para leer el Crimen de la Guerra, de Alberdi, en donde en una parte dice que es más valioso para la humanidad una mala paz ecléctica que una gran victoria sangrienta. Eso me pareció muy razonable. Además, ya habíamos logrado lo que queríamos, como primer paso, la Democracia. Y siempre concluía que estaba posicionado en el lugar correcto.

No obstante, la historia pasaba tan raudamente esos días, las discusiones se iban sofisticando, y aunque se decían toneladas de pendejadas, el tema volvía una y otra vez. Durante varios meses esas preguntas volvían una y otra vez… ¿estaba en el lugar correcto?

Si estaba en el lugar político correcto, ¿por qué éramos tan pocos?

Pero entonces aparecían en mi mente los relatos de la cara fascistoide de Perón, los Libros Mamá y Evita son lo mismo, cantar el himno peronista en las aulas, después de la muerte de Evita, a las 5 de la tarde hacer un responso, echar a las maestras judías, etc. La fundación Evita para los pobres y ella apareciendo con tapado de visón, Chinchilla; afiliarse para acceder a cargos públicos…, era demasiado, tenían que convencerme en serio que eso no se repetiría. Recuerdo y me doy cuenta el tiempo gastado en esos dilemas implica la fuerza y la cantidad de militantes que tenía la juventud peronista, eso era lo que te hacía dudar.

Volviendo a la Plaza de mayo: Al astuto general le sirvieron los dos bandos enfrentados a muerte, total él no tenía otra ideología que la del poder, tiempo de vida le quedaba poco, y después que se arreglen.

 

6. Hechos electorales

Las elecciones se produjeron sin mayores novedades. Ganó el Tío Cámpora, como lo llamaba la JP, en forma abrumadora, por el 52% de los votos. El segundo, el hombre de mi partido, el veterano Ricardo Balbín, sacó el 20%. De alguna manera, estaba contento. Era la venganza alfonsinista. Yo había ingresado en el radicalismo (fraudulentamente porque un balbinista me afilió a los 16 años para que votara por Balbín) apoyando al hombre nuevo y progresista Raúl Alfonsín, quien profesaba las mismas ideas que los jóvenes de mi pueblo y de la mitad del país de aquella época: reforma agraria para terminar con el latifundio, que creímos que era malo porque concentraba riqueza y por ende el poder. Uncal, nuestro líder en Concepción, había estado en la reforma agraria en Perú y nos explicaba sus ventajas (fue finalmente desastrosa la reforma del General  Velazco Alvarado, un militar de izquierda que había derrocado a Belaunde Terry), educación publica gratuita obligatoria y de calidad, sanidad gratuita, impulsar cooperativas, en fin, un programa salvo en la reforma agraria que se parecía al de cualquier partido socialdemócrata europeo.

En la Universidad me di cuenta de que este programa, que en mi pueblo era catalogado de izquierda, en la política universitaria era claramente de derecha como trataron de convencer al electorado por el que competíamos.

Mientras el Tío subía: fiestas, asunciones, abrazos, y las representaciones extranjeras que no entendían nada o se cagaban de risa. Los Montoneros declararon una tregua. Suspendían por el momento la lucha armada, y se dedicarían a la rama política, la Juventud Peronista, y en la Universidad trabajarían y se harían cargo de la Juventud Universitaria Peronista. Los demás grupos guerrilleros, menores a los Montos, el Ejército Revolucionario del Pueblo, de Santucho, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, de Quieto, sin decirlo hicieron otro tanto.

 

7. Cámpora y su gobiernito

En el Gobierno Nacional, Cámpora dividió el Gabinete. Le dio la Universidad y el Ministerio de Interior a los Montos, Trabajo a los sindicalistas, y en los demás ministerios puso a peronistas históricos. Con lo cual firmó su defunción presidencial el mismo día de asumir, [puesto aquéllos] eran enemigos irreconciliables. Agua y aceite. Stalin y el Papa.

Realmente, era una mezcla explosiva. Durante varios meses lucharon entre ellos por espacios de poder, hasta que Cámpora finalmente tuvo que, o más bien, lo mandaron a, llamar a elecciones pues la situación se tornó inmanejable. Los Montos con el presupuesto que tenían: el del Estado y el producto de sus andanadas de raptos y robos, se organizaron de una manera excelente y hasta tuvieron un equipo de redacción propio: de allí salió el impecablemente editado “Peronismo Auténtico” y la famosa revista universitaria, “El Descamisado”.

Por medio de esas revistas distribuían ideología y mostraban con fotos distintas acciones, los motivos y el tribunal de justicia por el asesinato de Aramburu, cómo armar una molotov, cómo encerraban a un empresario hasta que pagara el rescate, etc. La tregua les dio plata y poder por un par de meses. [Publicaban] Discursos de distintos guerrilleros mundiales, como el Che Guevara. Además, habían seguido aprendiendo técnicas [para una] guerrilla urbana que alcanzaba ya los 2000 hombres, con uniformes, flotas de vehículos, aguantaderos, varios departamentos. Infiltración en la milicia y en las fuerzas armadas.

La réplica no se hizo esperar. Los sindicalistas poco a poco se iban preparando. Salió la revista Cabildo, del peronismo mussoliniano, los diarios comenzaron a ser comprados con enormes anuncios de los sindicatos que llenaban páginas enteras a cambio de buena y ordenada información. Finalmente, preparando algunos grupos de choque como, en el caso de la Universidad, Tacuara, Guardia de Hierro y CNU. Se estaba preparando el asado. Para las cosas grandes tenían otros recursos, muy buenos amigos en la policía y el ejército. De lo que nunca se dieron cuenta la JP y los Montos, cuyos líderes mayores promediaban los 30 años, era que sus enemigos, los burócratas sindicales, hicieron muchísimo más dinero. En el período de alta inflación y con la totalidad de las empresas del estado, donde el 3% de la masa salarial iba al sindicato, el poder económico fue inmenso. Tan grande como para contratar mercenarios de Khadafy, si era necesario.

En la reunión “organizativa” del mes de agosto de la Franja, ‘organización que padecía una crisis de crecimiento’, éramos cuatro personas: el negro Ledesma, Cuchu Duarte, el Gordo López Murphy y yo. El Gordo López Murphy, expresidente del centro de estudiante, porque su íntimo amigo, el presidente saliente Tomy Espora no estaba, dijo que era imperioso elegir el candidato a presidente del Centro puesto que las elecciones eran en octubre y que había que leer la línea política de la Franja que era la Contradicción Fundamental de la cual hablaré después. Yo estaba asombrado ante tanta boludez. Con tres tipos que ni nos conocíamos, el Gordo este quería designar presidente… ¿qué organización era ésa?

El Gordo me miró y me dijo –Vos, Pato, vas a ser candidato, y me voy porque tengo que hablar con no sé qué importante profesor. Y ahí quedamos los tres mirándonos. Cuchu Duarte, fantástico amigo inseparable, más feo que un mono feo, con la mandíbula de costado y hablando como porteño, dijo –Bueno, Pato, no hay que calentarse, a los comunistas del MOR les ganamos fácil. El negro Ledesma tenía pinta de más taimado y lo era; más vago para la militancia, hablaba como un porteño pero era valiente. Además, no estábamos en condiciones para elegir. Caminando a la pensión descubrí que también podía contar a tiempo parcial con el Conejo.

En concreto, la situación era la siguiente. Afortunadamente, la JUP no se presentaba a la elección, como no lo había hecho nunca. Consideraba a los Centros de Estudiantes como una expresión burguesa estudiantil. No había que hacer apuntes ni dialogar con los profesores, había que hacer la revolución y difundir la conciencia de clases. Por lo tanto, el MOR, agrupación que respondía al Partido Comunista, con menos militante que nosotros y con un cacique que nunca pasó del tercer año de la Facultad. Al cacique le decíamos Stalinito; creo que no se recibió y que debe ser gerente de Coca Cola. Él iba a ser nuestro principal rival. Había otra tendencia que era la rama estudiantil del Partido Socialista de los Trabajadores, que capitaneaba un tal Coral a nivel nacional, que iba vestido siempre de poncho rojo y tenía bigotes como Alfredo Palacios. Ninguno de estos grupos, como me daría cuenta después, podían hacernos frente en una elección. No porque nosotros, todos de primer año, fuésemos buenos, sino porque en Ciencias Económicas, el 80% estudia para Contador y trabaja, y lo único que quiere es que le den los apuntes, que lo jodan lo menos posible con panfletos, que le consigan más fechas para rendir finales y listo. Por lo tanto, sabían que si les daban sus votos a los colorados, chau apuntes, despelote menstruácico todo la semana, universidad cerrada, y los muchachos querían recibirse cuanto antes.

Volviendo a la reunión, ante la mirada del gordo feo acepté, pero me temblaban las piernas. Claro que yo quería ser presidente pero no en primer año, tenía que conocer el paño. Así que salí asustadísimo. Tenía mi experiencia en organizar grupos y hablar en público, lo había hecho en Interact con éxito. Pero aquello no era nada parecido a hablar frente a estudiantes, en el Aula Magna donde entraban doscientas personas, o en las aulas con tipos que desconocía y por edad seguramente tenían más experiencia política que yo. Tenía miedo de fracasar, no obstante, me atraía el reto. Otra constante de mi vida, miedo y atracción al objetivo…, más stress…, más presión.

Bueno, ya había dicho que sí y solo había que organizarnos los cuatro y armar un discurso; teníamos dos meses. En el Centro [de Estudiantes] vendía los apuntes. Miriam Papaleo, una flaca divina que estudiaba educación física y era la novia de Fredi Storani, y el vago de Tomy, más tarde, me fueron explicando las tácticas de cómo hablar en los cursos, qué hacer cuando otros me interrumpían, como mentir con tal de zafar de algo desconocido, cuando reírse ante una acusación de burgués, etc. Yo luego desarrollé muchas tácticas más, hasta  convertirme en un experto en ganar elecciones. Pero esos primeros meses, cada vez que hablaba en un curso creía que me iba a desmayar. Particularmente, si los cursos eran de estudiantes más avanzados que yo, [como] casi todos. Y no tenía ayuda. Cuchu mi mano derecha, con su boca ladeada y mitad pelado era para reírse aunque ponía todo el esfuerzo del mundo. El negro Ledesma no quedó muy contento con mi elección para presidente y desapareció por un tiempo, y el Cone era más tímido que todos. Tomy me dijo un día algo que me tranquilizó más que una caja de Lexotanil: -Pato, no te calentés, esta facultad esta llena de burgueses, nunca van a votar al partido comunista. Tampoco te preocupes por la escasez de militantes, el día de las elecciones vendrán todos los de Derecho y muchos que están en los cursos y que ahora no aparecen vendrán todos juntos, estas elecciones están ganadas. Tenía razón.

El mecanismo implicaba un trabajo full-time. A las ocho comenzaban los cursos, había que ir a hablar y decir por qué había que votar a la Franja. Muchas veces coincidía con otro de una agrupación de izquierda, y por ahí se discutía, frente a los estudiantes. Y luego seguir hasta abarcar los 28 cursos. Después estaba el trabajo de pasillo, y el de las asambleas. Fue difícil, muchas veces me puse colorado porque algunos estudiantes no me escuchaban.

 

8. Pasillos 

En las discusiones con los comunistas, estaban siempre en juego [las ideas de] la justicia y la libertad. Cómo ponderarlas, cuál sistema político y económico rescataba el máximo de esos objetivos. Si Rusia había triunfado o Cuba era el sistema a seguir. Cuál fue el rol de peronistas, radicales y comunistas en la historia argentina. En una palabra, discusiones de tipos de 17 años, filosofando. Fue toda una escuela. Salías pensando muchas veces que el otro tenía razón, hasta que rescatabas otro argumento del inconsciente y te dabas cuenta que tu posición era la correcta. Llegó octubre y ganamos fácilmente. El reto real vendría el año siguiente. Libertad y Justicia son los temas que han agotado los cerebros de políticos y filósofos. Cuando la libertad permite la injusticia, ¿es justo? Cuando la justicia limita la libertad de los individuos, ¿es justo? Estas ideas, sus límites y cómo llegar a su equilibrio, no nacieron ahí, desde los 15 años me desvelaron varias noches.

Pero en los pasillos, [con] radicales, comunistas en buenos términos y algún JP que venía a decir su profecía que no aceptaba discusión, me fui haciendo ducho en discusiones, aprendí a contestar irónicamente un sarcasmo y darle un garrotazo a un buen argumento.Pero, por encima de todo, [esta experiencia] me llevó a leer mucho, en especial de marxismo, que jamás había estudiado sistemáticamente, y a Oscar y a Marta Harnecker les debo lo poco que sé, que me bastó para las discusiones.

Nuestra posición quedó rápidamente clara respecto de las instituciones: la democracia, la constitución de 1853, el 70% del presupuesto a educación y salud y el resto a las demás cosas. En los demás temas, había diferencias internas que no sacamos a la luz por falta de consenso: reforma agraria, aranceles muy altos e industria nacional para todos, cómo mejorar las empresas del estado. Este eterno debate jamás se completó, en parte por falta de tiempo. Todo transcurrió en dos años y medios, que hoy me parecen 7 años, y finalmente me di cuenta que jamás nos íbamos a poner de acuerdo. En realidad, todos los de Económicas fuimos diferentes. La Convención Socialista de Avellaneda del 58, recontra pasada de moda y cuyos modelos fracasaron, tomaron en lo sucesivo al partido.

 

Ezeiza

 

El retorno de Perón al país después de dieciocho años de exilio fue transformado por el peronismo en un hito histórico. Por TV, radios y panfletos se invitaba a la población a ir a recibir al líder octogenario. Al salvador de la patria. Al hombre que decía que rápidamente Argentina debía ser una potencia.

Montoneros y sindicalistas, en conjunción con los elementos fascistas del peronismo, se aprontaron para tomar el papel principal del acto. El acto sería en una avenida que daba a un amplio descampado. Allí se había erigido una enorme tarima con parlantes. Estaban invitados artistas para amenizar el acto. El clima estaba caldeado. El viento del norte soplaba con furia.

Con unos amigos radicales no nos queríamos perder el momento histórico. No nos interesaba Perón, sino la cantidad  de personas, el tipo de personas, si eran solo militantes u obreros. Salimos en un tren nocturno. Creíamos que no iba a haber nadie pues los militantes habían alquilado todos los colectivos de La Plata. No fue así. Había militantes montos, subieron más en Quilmes y, al llegar a Buenos Aires, estaba lleno. Un detalle que me causó curiosidad era que la mayoría de los jóvenes llevaban bolsos. Creí ver fugazmente la cacha de una 45; sabía bastante de armas por haberme criado en el campo. No podía ser, me dije, la propaganda oficial decía que habría control de armas a la entrada del camino que llevaba al acto.

Llegamos a la estación, y le dije a Pablo -¿Y ahora qué hacemos, el lugar queda a 40 km y tenemos en total 123 pesos, lo justo para volver y comprarnos un sándwich? Pablo me respondió -No seas boludo, habrá choripán como en todas las manifestaciones. Interrumpió el Cone: -Pato, esto me huele mal, viste los bufos. Yo pensé que era el único en haberlos visto. -No te calentés, Cone, será algún bolas, la cana se lo sacará. El Cone me respondió con cara de pocos amigos: -No te hagas el pelotudo, todos tenían los bolsitos, todos estaban calzados. No habrá policía, Pato, y vos lo sabés bien. El Cone tenía razón, pero yo no me pensaba volver. No porque fuera valiente, sino porque no quería perderme un hecho histórico. Me hice el pensativo. Y luego, con aire de equilibrio, mientras el frío hacía estragos en mis pulmones, dije -Perfecto, lo que dice Conejo puede ser verdad. Yo, a pesar de los riesgos, quiero ir, ustedes saben porqué. Entonces, lo que haré es subirme a un micro que me deje en la [avenida] Ricchieri y caminaré los 10 km, después me vuelvo a dedo. Cone, el inseparable, y Pablo decidieron continuar.

Era impresionante, a pesar de ser las 5 de la mañana, los micros iban llenos, todo el mundo cantando, algunos borrachos, un grupito al fondo del nuestro vestía camisas negras y de pronto comenzaron a gritar ¡Viva Mussolini! Pensé que la cosa se iba a poner más negra de lo que imaginaba.

Bajamos en la Ricchieri, el alba comenzaba a colorear un cielo transparente, el aire fresco ya no era problema. Íbamos como en una procesión. Medio agarrados de la mano para no perdernos. Sería imposible volver a juntarnos si ocurriera. Cuando el alba dejaba lugar a la mañana, comenzaron a tronar los clásicos cánticos: ¡Y ya lo ve, Y ya lo ve! y ¡Montoneros, carajo! Era ensordecedor. Yo movía los labios por las dudas.

De pronto, dos hechos me perturbaron. Por un lado, ahora sí, vi entre las pancartas, aún enrolladas, la culata de dos FAL, cargador de 45 balas; por el otro, a 2km no se veía ningún patrullero. Allí actuó el instinto de supervivencia que me ha salvado un par de veces la vida. Agarré de la cabeza a mis amigos y les dije -Chicuelos, acá se va armar la podrida, estos están con fierros pesados, la policía no está, ergo, han dejado el territorio libre para una guerra. Vayamos retrasándonos; Cone, agarrate la cabeza y ponete este pañuelo, decí que se te salió un ojo. Todavía guardan mis retinas la cara de horror de los muchachos. –La culpa es tuya pelotudo. No, le respondí flemáticamente, yo no obligué a nadie.

Estábamos en el medio de la fila aunque inicialmente caminábamos por la vera del camino. Pero la gente, que se iba incorporando por los costados, nos fue corriendo hasta dejarnos en ese lugar, terminando en el medio de una fila tan compacta, que mi plan, prácticamente no sirvió. Cuarenta personas apretujadas, todos querían ser protagonistas. Muchas mujeres para mi gusto.

Estábamos a 400 metros, otras columnas se habían apostado. A bastante distancia del palco, enorme, con bastante gente, Piero y otros cantaban. Cerca del palco estaban las banderas de los sindicalistas. Por la posición vimos un forcejeo, entre la primera línea de Montos y la retaguardia sindical. En un tris se oyó una ráfaga de ametralladora allá a lo lejos y al instante vino la respuesta con una andanada de tiros de FAL.

Lo que fuimos previendo se cumplió. Una lucha campal y descarnada entre pistoleros de los dos lados y casi medio millón de personas en la balacera. El caos fue total. Los disparos, la gente que caía, herida o muerta, la falta de policía permitió que nunca se supiera el número de muertos. Nosotros retrocedimos en dirección contraria al aeropuerto. De pronto vi que desde el techo del Hotel del Aeropuerto disparaban a quemarropa. Grité al suelo, que estamos en el blanco. Fue un poco tarde. -Me dieron, dijo Cone, una bala de 45 le cruzó una pierna. Por fortuna, el Cone no se aterrorizó; lo tomó con calma. Pablo estudiaba Medicina, estaba en primer año. Le ató la pierna, me parece que no hay arterias comprometidas, me dijo y, sin hacer caso al tiroteo, nos fuimos tomándolo cada uno de un hombro mientras las balas nos silbaban. Habíamos sido espectadores del preludio del fin.

En las cercanías de la Capital, en una sala de primeros auxilios, confirmamos que por milagro Cone no tenía más que un agujero. Ni un hueso roto, ni una arteria lastimada. De allí tomamos un taxi, y huimos de esa jornada patriótica, en la que el Gobierno había gastado horas de televisión y radio para que todo el mundo asistiese a la llegada del general de la justicia. Afortunadamente, no fue todo el mundo.

Lo espeluznante de este episodio es que Righi, el Ministro del Interior, no sacó a la policía del lugar. Hizo que el sitio fuera una zona liberada para que los Montos se impusieran. Qué sorpresa se llevaron. Los sindicalistas, la noche anterior, apostaron francotiradores en el hotel, en el palco, en zonas estratégicas como árboles, cuerpo a tierra en hondonadas.

La bomba de tiempo acababa de explotar. Más propiamente expresado, la primera bomba.

Perón, en pleno vuelo fue avisado que había problemas en Ezeiza y el avión aterrizó en aeroparque. Sin  conferencia de prensa, fue llevado de inmediato a un chalet en Martinez.

Lo más sorprendente de este terrible episodio fue que no hubo investigación oficial alguna, [no hubo] reporte del número e identidad de los muertos, de los grupos intervinientes en la batalla, de dónde procedían las armas, de las acciones que tomaría el gobierno para identificar y detener a los responsables de lo que de ahí en más se llamó “la masacre de Ezeiza”. Como no dejaron entrar periodistas, solo algunas fotos testimonian el hecho. El crimen organizado se había apoderado del país.

Pocos días después los Montos intentaron tomar el Regimiento en la ciudad de Formosa. Después de un tiroteo en el que murieron varios conscriptos fueron repelidos. Escaparon tomando un avión de línea con una decena de muertos, aterrizaron en una pista improvisada y desaparecieron. En su parte de guerra, que fue publicado por el Descamisado y por otros medios, dijeron que el objetivo fue cumplido y que se robaron 50 fusiles FAL.

Los ministros pro-Montos se vieron obligados a renunciar. Igual suerte corrieron Cámpora y todos los que ocupaban puestos de la JP. Así vino el segundo llamado a elecciones del 73, bajo el lema “Perón-Isabelita, todo el poder a Perón”.

 

La facultad [era] un quilombo. Pero no teniendo más que rendir y tomarme 3 meses de vacaciones, tuve suerte, me saqué 9 de promedio en cuatro materias y me tomé el Expreso Azul, que con suerte en 9 horas me depositó en tierras de Urquiza.

 

El Golpe

 

En los primeros meses del 76 parecía como si la suerte estuviera echada. Nada funcionaba bien. Los grandes centros urbanos como La Plata, Córdoba, Buenos Aires, parecían una ciudad sitiada. En la Plata se cerraban calles para que Montos y  sindicalistas se tirotearan a gusto.

Los criminales para-militares de la 3ª  mataban con la misma impunidad que los Montos a cualquiera. La arrogancia de los sindicalistas  era detestable.

López Rega manejaba el país con una soberbia sólo comparable con su ineptitud y perversidad. La economía descarriada, huelgas, inflación y caída del producto. Los precios máximos provocaban faltantes de algunos alimentos como el azúcar y la carne. Se impuso la veda; tres veces por semana no se podía comprar carne.

Todo este escenario, que venía empeorando desde la muerte de Perón, provocó en la gente común un deseo poderoso de terminar con la anarquía. Si no lo hacía el Congreso, que lo hicieran los militares. Así no se podía seguir, era un camino de ruina segura. Los militares tal vez fueran un desastre o tal vez no. Pero lo otro, lo era seguro.

Balbín hizo el último esfuerzo para que Luder tomara el gobierno presionando a Isabelita a renunciar. Luder aceptó, pero luego por su carácter endeble se echo atrás. Los dados estaban echados.

El 24 de marzo de 1976, Isabelita salió en helicóptero de la Casa Rosada para no volver más. El golpe se había producido. Todas nuestras ilusiones, tiradas al suelo. Años de lucha por la democracia arrojados al basurero de las ilusiones juveniles. Creo que allí terminó mi juventud.

 

Los legisladores, cuando se produjo el golpe, desaparecieron. Los defensores de la República dejaron sus bancas vacías. Vacío quedó el corazón de los argentinos. Tan solo Hipólito Solari Yrigoyen estaba en su despacho del Senado cuando fue detenido.

 

Volviendo a la gente. Juro que dio un respiro cuando vio que había alguien a cargo. La anarquía no es atractiva para nadie, menos cuando es sangrienta y naturalmente la gente busca el orden. Lo que tenían a mano eran los militares. Estimo que el clamor silencioso dijo probemos y después veremos.

Sea como sea, el asesinato, la impunidad y el desorden eran espantosos. El golpe en su primer mes provocó un suspiro. Hasta para mí.

 

Todos estos detalles, que luego fueron tan nítidos para mí, y las consecuencias que estos militares del pueblo iban a producir en conjunción con otros grupitos […], marcaron a fuego a mi generación; mejor dicho, a los que quedaron física y/o mentalmente sanos y vivos.

Los cuatro chicos de 17 años que llegaron a estudiar a la Universidad de La Plata después de diez horas de viaje en marzo de 1973, no tenían la más remota idea de los sucesos en los cuales participarían o serían testigos. Como para otros miles de chicos que abarrotaban las universidades, la vida, a esa edad, era una gran aventura. En mi caso, mi vocación era transformar el mundo o, mejor expresado, ayudar a transformarlo. Para lo cual intuía que había que saber economía puesto que, a diferencia de 1810 cuando el gran tema era la liberación de España, en 1973 [la cuestión clave] era entender por qué los pobres eran pobres y que se podía hacer para ayudarlos a salir de ese estado. En decenios, no se presentaba en el país una oportunidad como esa para debatir, y conocer que se podía hacer para que Argentina creciera y la riqueza fuera mejor repartida, en un plano de paz y democracia. Creo que a diferencia de lo que ocurrió a partir de 1985, nadie más cursó la carrera de economía con ese objetivo. Los nuevos estudiantes entraron para conocer como se hacía mucha plata.

De los cientos de estudiantes de Economía, el 90% entró con la misma meta que tenía yo: saber economía como instrumento necesario para hacer actividad política sensata. Y luego, ¿de que se trabajaría? En cualquier lado donde los conocimientos adquiridos fueran de utilidad, básicamente, el Estado.

septiembre 1, 2014

Luis Alberto Soto 1954-2014

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 6:31 pm

El pasado viernes 18 de julio, falleció Luis Alberto Soto a los 59 años de edad, en Concepción del Uruguay. “El Pato” Soto era un economista especializado en Organización Industrial. Cursó la licenciatura en la Universidad de La Plata, durante los tumultuosos años 70, y obtuvo el grado de Master of Arts en Economía en la U. de California, Los Ángeles, en los años 80.

Lo conocí en 1973, cuando, como presidente de la Franja Morada, interrumpió una clase (sí, la interrumpió por unos minutos, mientras los militantes de la juventud peronista levantaban las clases y se perdían), envuelto en un poncho de vicuña y con pose de orador radical, para hablar “en nombre del pueblo de la provincia de Buenos Aires” y pedirnos que concurriéramos a no sé qué manifestación. No volví a verlo hasta 1979, cuando empezó a trabajar como funcionario de la Secretaría de Hacienda de la Nación y nos convertimos en compañeros de oficina.

Fue un amigo entrañable. Tenía con él un canal especial de comunicación. (Acabo de descubrir que cada uno de sus amigos sentía tener el mismo tipo de comunicación con él.) Era ocurrente, cordial y divertido. Había nacido en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, hijo de un director departamental de escuelas. Heredó del padre la pasión por la lectura, la veneración de Urquiza, el respeto a Sarmiento y el sentimiento radical. Yo le aconsejé que leyera Bases, de Alberdi. Tiempo después, agarrándose la cabeza, se preguntaba cómo era posible que no le hubieran hecho leer ese gran libro en la escuela secundaria.

En materia económica, evolucionó de socialdemócrata a librecambista. De seguidor de las doctrinas radicales de Lebensohn pasó a simpatizar con el pensamiento económico de Alem. No fue un liberal y nunca aceptó el gobierno de Menem, pero valoraba su reforma económica y el clima de convivencia política que caracterizó a los años 90.

Su vida tuvo muchos altibajos. Imagino que fue feliz en Concepción del Uruguay, en vida de su padre. Participó de lleno en la política universitaria, en la ciudad más politizada del país y en los años más febriles en varias generaciones. Fue director de YPF durante la gestión del presidente Alfonsín y fue asesor de la Secretaría de Agricultura durante la presidencia de De la Rúa. Como él decía, no había estudiado Economía para ganar plata sino para pensar políticas al servicio del Estado.

En los últimos 15 años sufrió muchos golpes. Personales, profesionales y políticos. El cigarrillo agravó su asma y la depresión contribuyó a minar su salud. Su muerte no sorprendió a quienes lo tratábamos con frecuencia. En los 70, la marea montonera lo arrasó en su papel de militante, pero fue para él un aprendizaje del que renació fortalecido. En los 2000, la marea kirchnerista, hija de aquella montonera, lo sepultó.

Siguen algunas semblanzas escritas por amigos de muchos años, que ayudan a pintar un fresco de su carácter y su carrera. Otro post contiene una narración escrita por él sobre su intensa experiencia en la política universitaria de los años 70 y sus impresiones respecto de la Juventud Maravillosa del general Perón.

 

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En su mejor momento, allá por 1987

 

por Alfonso Martínez

Conocí al Pato a su regreso de EEUU, al principio de los 80. Seguí la amistad cuando estuvo en YPF, en Bunge, en Agricultura, en el Banco de Crédito y en Concepción.

Una primera impresión: nunca le dio importancia a su rol, siempre estuvo interesado en escuchar al otro para ver si había algo que se le había escapado.

Una segunda impresión: se supo rodear de gente bien preparada a quien él respetaba por su conocimiento complementario. Lo que yo recuerdo de sus colaboradores es que tomaban la responsabilidad sin sentir restricción alguna por parte del Pato.

La docencia también le gustaba. Tenía un gran respeto por quienes habían sido sus maestros. Tuve la oportunidad de compartir un curso en la Universidad Católica de Salta y recuerdo que los alumnos habían quedado muy contentos con las clases del Pato.

Sin duda, su fuerte era la microeconomía y, dentro de ella, la organización industrial. Escucharlo describir un negocio era como ver un manual de micro aplicada.

El se molestaría porque yo lo diga, pero hoy hace falta aclararlo: era una persona íntegra. En los últimos tiempos compartíamos descripciones de la macroeconomía. Si bien no era su fuerte, de la lectura de sus informes siempre encontré una buena descripción con una enseñanza para el lector.

Hablaba más de lo que escribía y es por eso que hoy tenemos más recuerdos que material escrito.

Aun cuando la salud no lo acompañaba en sus últimos años, siempre anheló una  Argentina mejor. Tenía una clara vocación de servicio y sentía la responsabilidad de imaginar soluciones a los numerosos problemas del país.

Supo ganarse el cariño de sus amigos y sin avisar nos dejó sin hacer ruido, como a él le gustaba.

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por Roberto Zorgno

Conocí al “Pato” Soto hace ya algún tiempo cuando nos encontramos cursando Historia Económica en la Universidad Nacional de La Plata. Creo que fue en 1978 y ya había terminado el Mundial de Fútbol que se disputó en nuestro país. Recuerdo que en la clase no éramos más de 10 personas, ya que en ese entonces la Licenciatura en Economía era una carrera mucho más nueva de lo que es en la actualidad. Y así un día apareció el “Pato”, preguntando ceremoniosamente sobre el programa de la materia y si era factible darla libre, para ir cerrando su carrera. Considerando que el profesor de entonces pretendía ser una extraña combinación de un James Bond jubilado y un Martín Fierro “aggiornado”, las pocas veces que nuestro amigo concurrió a esas clases fue para iniciar debates que, inexorablemente, las hacían mucho más entretenidas y llevaderas.

Nos volvimos a encontrar en la Dirección Nacional de Análisis Fiscal de la Secretaría de Hacienda a fines de 1980. Tuve la suerte de que fuera mi jefe directo, de quien no sólo aprendí a evaluar la Programación Financiera del Tesoro Nacional desde un punto de vista económico, a encontrar aspectos novedosos en los áridos problemas de las Finanzas Públicas, sino también a enfocar las relaciones interpersonales con un aire más campechano e intimista.

El “Pato” era básicamente un humanista en el más amplio sentido de la palabra. Apreciaba sobre todo las discusiones de política económica y jamás rehuía ni los debates sobre los más variados tópicos ni los placeres de la buena mesa. Lo conocí como consumado tenista y wing derecho aplicado que disfrutaba de los partidos interminables que solíamos jugar en el Club de Amigos con la “banda” de la Secretaría de Hacienda. Era, a su modo, un estudioso de la historia económica, considerando los detalles y el factor humano como eufemismos de las acciones más entretenidas. Consideraba a la microeconomía, en sus distintas vertientes, como  una fuente inagotable de respuestas originales a problemas aparentemente más complejos.

Si tuviera que hacer un semblante sumario de Luis, creo la figura que más le cabría sería la de un político por vocación y profesión, que soñaba con recrear el espíritu de la Constitución de 1853 y los valores de hombres como Sarmiento, Urquiza y Alberdi. Sin embargo, cuando descendía al discurso proselitista le gustaba priorizar los retratos de Leandro N. Alem e Hipólito Irigoyen, que se ajustaban más a los preceptos de su juventud. Las cosas de la vida, que le impusieron pruebas y obstáculos que hicieron que su destino divergiera de su vocación, seguramente también le hicieron partir antes de su tiempo.

Hoy, elevemos una plegaria, celebremos su recuerdo, apreciemos los momentos más felices que compartimos con él y permitamos que una sonrisa nos ilumine en el instante menos pensado.

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por Daniel Artana

Conocí circunstancialmente al Pato en los últimos años de la carrera de Economía en La Plata. En verdad, mi relación con él empezó a finales del año 1980 cuando entré a trabajar como categoría 19 en la Secretaría de Hacienda y el Pato, con su categoría 21, era uno de mis jefes. Con él veía los temas de promoción industrial y con mi otro jefe, Mario Salinardi, los relativos a la recaudación del impuesto a los combustibles.

El Pato era un tipo muy querible, muy amable, pero también un analista profundo que todos respetábamos. Cuando fui a estudiar a UCLA en 1983, él estaba haciendo el postgrado desde un año antes y, con la cordialidad que lo caracterizaba, me hospedó (junto con Margarita, la que era su esposa) en su casa hasta que consiguiera un departamento. En el cuarto pequeño donde estudiaba, tenía un gran mapa de Estados Unidos y lo primero que me preguntó fue ¿cuál es la capital de Luisiana? Ante mi error de decir Nueva Orleans, me corrigió diciendo que era Batton Rouge y así me mostró que las ciudades grandes no eran habitualmente las capitales de los estados americanos.

El Pato me ayudó dándome consejo de qué materias tomar y cómo moverse en un mundo diferente para cualquiera de nosotros que hablábamos un inglés medio atarzanado.

Allí recuerdo que en su segundo año (mi primero) lo internaron por los problemas de asma que ya lo tenían a maltraer.

Cuando volví a la Argentina en 1985, él siguió siendo mi jefe en Hacienda y recuerdo que publicamos (junto a María Luisa Duarte) la que sería mi primera nota en el Cronista, explicando el problema del free riding de las provincias promocionadas que otorgaban rebajas en impuestos nacionales.

Unos pocos años más tarde, ganamos juntos el premio Adeba y publicamos nuestro libro Desregulación y Crecimiento, que extendía el trabajo premiado. Ahí pusimos en el papel buena parte de lo que aprendimos en los cursos de Industrial Organization en la UCLA.

También recuerdo otro trabajo que escribimos sobre licitaciones de áreas petroleras con la idea de licitar al que ofreciera el mayor pago en cuotas anuales, idea que habíamos discutido con Marc Robinson, quien fuera profesor de ambos en UCLA. Ese trabajo lo publicó Alieto Guadagni en un libro editado por él en 1987. La idea era combinar la ventaja del bonus bidding pero reduciendo el gasto hundido inicial.

Luego de que yo entrara a trabajar a FIEL, el Pato hizo algunos trabajos con nosotros hasta que se fue a trabajar a un banco.

Hemos perdido a un gran profesional pero sobre todo a una gran persona. Todos lo vamos a extrañar.

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por Carlos Rivas

Queridos amigos: yo no conocí al Pato como ustedes y sólo lo compartí con ustedes. Rescato su humor y una actitud muy especial que valoro enormemente: el Pato no era competitivo, no tengo idea si lo habrá sido de más chico. Se interesaba genuinamente por el otro, como el Toto [Viglione].

Por los dos quiero compartir con ustedes una poesía famosa: la preferida de una audiencia de un programa de poesías de la BBC. Léanla, es muy cortita; su autor tiene algo importante que comparte con nuestros queridos muertos: es anónimo, no en el sentido de no ser nadie sino en el de que él no importa más que el otro.

Por las dudas, les aclaro que no estoy chupado. Un gran abrazo,

Indian Prayer

When I am dead
Cry for me a little
Think of me sometimes
But not too much.
Think of me now and again
As I was in life
At some moments it’s pleasant to recall
But not for long.
Leave me in peace
And I shall leave you in peace
And while you live
Let your thoughts be with the living.

agosto 28, 2014

Tipo de conversión y dólar paralelo

Filed under: Gráfica — Jorge Avila @ 3:08 pm

Gastón Utrera, un economista que no tengo el gusto de conocer, publicó en estos días el gráfico de abajo. Muestra la trayectoria del tipo de cambio del peso en el mercado paralelo y el tipo de cambio de conversión (líneas negra y roja, respectivam.), entre noviembre de 2011 y agosto de 2014. Como bien sabemos, el nivel del tipo de conversión depende crucialmente de los pasivos monetarios del BCRA que computemos en el numerador del cociente y del stosk de reservas de dólares que computemos en el denominador. Utrera pone en el numerador la base monetaria y en el denominador, la reservas internacionales sin deducciones, tal cual aparecen en el balance de la entidad.

Este método de pronóstico del tipo paralelo parece tener probada eficacia. Por ejemplo, en marzo de 1990 la loca carrera ascendente del paralelo se detuvo en seco. ¿Qué había pasado? Pues que el tipo de cambio paralelo había alcanzado en esos días un nivel tal que multiplicado por las escasas reservas intern’les del BCRA le permitía a éste retirar hasta el 135% de la base monetaria. Con este dato en la mano, los arbitrajistas de la calle San Martín, donde se inician y se frenan todas las corridas bancarias y cambiarias de Argentina, se convencieron de que era muy peligroso apostar a la suba del paralelo. El Central podía intervenir el mercado, fijar este tipo de cambio en un nivel significativamente inferior e infligirles severas pérdidas de capital. El mismo razonamiento explica el “milagro de Bresciani-Turroni”, que ocurriera en Alemania en el año 1923.

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Utrera arriba a la siguiente conclusión: “Si la Base Monetaria llegara a fin de año a los $ 450.000 millones (supuesto conservador, ya que implicaría un aumento de sólo 20% en el año), y las reservas se mantuvieran en torno a los u$s 28,000 (otro supuesto conservador, teniendo en cuenta la escasez de divisas), el dólar de convertibilidad estaría a fin de año en torno a los $ 16, casi $ 2 más que hoy.”

Agrego que si en vez de la base monetaria solamente, computáramos en el numerador la suma de la base y otros pasivos del BCRA (Lebacs y Nobacs), el tipo de conversión subiría bastante. Este viejo post muestra cómo se comportaba el tipo de conversión antes de 2011, según varias definiciones de los pasivos monetarios que el BCRA debería “cubrir” en una eventual crisis.

agosto 22, 2014

Cómo negociar con los buitres

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 3:22 pm

 

buitre

 

Recibí esta fotografía de mi amigo y colega Enrique Bour. La política que propone Cachito no es menos seria que el tratamiento que el gobierno le ha dado al fallo del juez Griesa sobre la deuda con los hold-outs.

julio 8, 2014

La tesis de Piketty

Filed under: Libros y papers — Jorge Avila @ 3:10 pm

El economista francés Thomas Piketty publicó Capital in the Twenty-First Century hace un par de meses, en EEUU. Había sido publicado el año pasado en francés sin mayor repercusión. La publicación en inglés, no obstante, ha tenido un éxito espectacular. Parece claro que tocó un nervio sensible. La distribución del ingreso es un tema cotidiano y tradicional en Francia; quiero decir que no es nada nuevo allí. En EEUU es otra cosa. En este país no es común el debate sobre temas distributivos; recién en los últimos años, a raíz de la campaña presidencial de 2012 y el estancamiento que experimenta el salario real desde la década de 1980 (atribuido en parte a la emergencia económica de China e India), el tema ha cobrado interés y divide agriamente a “conservatives” y “liberals”.

Piketty

Aparte del libro de D. Acemoglu y J. Robinson (Why Nations Fail 2012), no recuerdo otro gran libro de investigación económica (científica) que produjera tantas olas en los últimos 30 años. Ambos, el libro de A&R y el de Piketty, presentan sus respectivas tesis desde el principio, desarrollan sus interpretaciones económicas con muy buena prosa e intuición e intentan probar meticulosamente sus tesis por medio del uso de grandes fuentes de datos estadísticos e históricos. Y ambos tratan cuestiones clásicas, tales como el crecimiento, el desempleo o la distribución. Esta suma de cualidades los convierte en lecturas fascinantes. El libro de Piketty tiene dos atractivos adicionales: emplea referencias literarias para ilustrar el grado de concentración de la riqueza en Francia e Inglaterra en los siglos XVIII y XIX, y permite a los economistas formados en la tradición anglo-sajona apreciar “el punto de vista económico francés”.

Desde abril se suceden comentarios del libro por parte de renombrados economistas. Son tantos y tan buenos que me siento eximido de la obligación de dedicarle uno acabado a la obra de Piketty, la cual, por otra parte, no trata un problema específicamente argentino. Por una explicación en cuatro párrafos de la tesis de Piketty, lea el artículo de The Economist. Por una opinión extasiada y progresista, lea el artículo de P. Krugman en The New York Times. Por una interesante crítica liberal, lea el ensayo de T. Cowen en Foreign Affairs. Por un comentario apreciativo y profundo, lea el ensayo de L. Summers en Democracy. Por un examen crítico y técnico, lea el paper de X. Sala i Martín. Y por una opinión argentina, lea el ensayo de J.C. de Pablo.

La tesis de Piketty dice que el capital (también llamado riqueza) crece a la tasa de retorno del capital, la cual es normalmente mayor que la tasa de crecimiento económico. Por tanto, los países tenderán a exhibir una creciente relación entre la riqueza y el ingreso nacional, a menos que ocurran catástrofes como las dos guerras mundiales y la Gran Depresión. Y como la riqueza está altamente concentrada, Piketty infiere que la desigualdad tenderá a aumentar sin límite en tanto no se apliquen políticas que la prevengan o algún tipo de perturbación interfiera el proceso de acumulación. Esta conclusión se formaliza con una simple desigualdad: r>g (la tasa de retorno del capital excede a la tasa de crecimiento económico).

De este resumen de la tesis de Piketty, que tomé de Summers, me interesa repasar dos aspectos. Primero: la remuneración del capital, como fracción del ingreso nacional, está predestinada a aumentar sin límite; esto implica que la fracción del ingreso asignada al trabajo está predestinada a disminuir sin límite. Segundo: el ingreso de los ricos respecto del ingreso del resto de la sociedad está predestinado a incrementarse cada vez más, agravándose la desigualdad en un proceso sin fin. Luego, los países estarían predestinados a ser gobernados por mega-ricos. Tan grande sería la gravitación de su poderío económico que una democracia abierta y competitiva se tornaría imposible. Los plutócratas manejarían las tapas de los diarios, fijarían la agenda pública e influirían en los debates del Congreso en razón de sus ilimitados recursos. A la larga, o surgiría un demagogo (cambio pacífico) o habría una revolución (cambio violento). En ambos casos, sin embargo, el estancamiento económico sería la consecuencia. Entonces, a fin de salvar el capitalismo de su dinámica autodestructiva, Piketty sugiere aplicar un impuesto mundial progresivo a la riqueza.

Aunque el libro me parece recomendable, confieso que su argumentación se me atragantó en los primeros capítulos, en cuanto leí sobre la posibilidad de que la remuneración del capital como fracción del ingreso nacional aumentase ilimitadamente, posibilidad que es directa consecuencia de la desigualdad r>g. Este escenario contraría las regularidades empíricas de N. Kaldor (1963), que han sido aceptadas por el grueso de la profesión económica:

i) El producto por trabajador tiende a crecer a tasa constante a lo largo del tiempo.

ii) El capital por trabajador tiende a crecer a tasa constante a lo largo del tiempo.

iii) La tasa de retorno del capital se mantiene aprox. constante a lo largo del tiempo.

iv) La relación capital-producto se mantiene aprox. constante a lo largo del tiempo.

v) La remuneración del capital como fracción del ingreso (relación capital-producto multiplicada por tasa de retorno del capital) se mantiene aprox. constante a lo largo del tiempo. Lo mismo vale para la remuneración del trabajo.

vi) La tasa de crecimiento del ingreso (producto) varía entre países.

La tesis de Piketty respeta la regularidad iii) pero contraría la iv) y, en consecuencia, también la v), que es igual a la iii) multiplicada por la iv). Tampoco es consistente con el modelo clásico de crecimiento de R. Solow (1956) ni con los modelos neoclásicos posteriores. Estos modelos pronostican el cumplimiento de aquellas regularidades. Destacan que la remuneración del capital como fracción del ingreso será una constante; por ejemplo, si la tasa de retorno del capital subiera, la intensidad de uso del capital disminuiría en proporción y la fracción del ingreso nacional que captura el capital se mantendría constante. Este resultado obedece al uso de una función de producción Cobb-Douglas con rendimientos constantes a escala.

Antes que una “ley fundamental del capitalismo”, la desigualdad r>g es una condición de convergencia de los modelos de crecimiento óptimo. En otras palabras, la desigualdad de Piketty antes que una ley es un supuesto que puede cumplirse o no en la realidad. Por eso sus críticos se concentraron en las razones por las cuales la tasa r podría ser menor o el stock de capital crecer a una tasa menor que r, la tasa g podría ser mayor, o la medición del stock de capital podría estar sobre-estimada. Sigue un extracto de las principales críticas:

* Como parte del interés que devenga el capital se consume, la tasa de crecimiento del stock de capital debe ser menor que la tasa de retorno.

* La tasa de retorno del capital no es tan elevada si se deduce de ella la tasa de depreciación del capital; que debe ser deducida pues estamos hablando de acumulación de capital.

* También hay que deducir la prima de riesgo comercial o país, que los capitalistas cargan en previsión de futuros siniestros que, cuando ocurran, los descapitalizarán.

* La tasa de crecimiento económico es superior a la que arrojan los actuales métodos de contabilidad nacional debido a una subestimación del efecto del progreso tecnológico sobre el sector servicios (Sala i Martín).

* El capital residencial, que tiene mucho peso en el stock total de capital, puede estar sobrestimado. Un grupo de economistas franceses recalcularon la relación capital-producto para Gran Bretaña, Francia, Canadá, Estados Unidos y Alemania en el período 1950-2010, valuando a las viviendas no por su valor de mercado sino por el valor presente de los alquileres. Concluyeron que el capital total, en vez de aumentar, se habría mantenido constante en el período (Sala i Martín).

Si estas críticas fueran incorporadas a la hoja de cálculo de Piketty, sobre todo la referida a la valuación de las viviendas, estaríamos de regreso en el mundo de Kaldor y de Solow, en el cual los capitalistas se llevan a una parte constante del ingreso (y la riqueza).

Sobre la segunda conclusión del libro, Summers es terminante: “Después del trabajo de Piketty y sus colaboradores no pueden subsistir dudas acerca del fenómeno de la desigualdad en la distribución del ingreso y su ubicuidad. La participación en el ingreso nacional del primer 1% de la población de EEUU ha aumentado desde menos del 10% a más del 20% en años recientes. (…) El único grupo que ha superado al primer 1% ha sido el primer 0.1% de la población.” Agrega en otra parte que la brecha que se ha abierto entre el primer 0.1% y el resto del primer 10% de la población es mucho más grande que la brecha que se ha abierto entre el primer 10% y el resto de la población. Esta clase de desigualdad es la que realmente preocupa a Summers.

Pero bien saben Summers y Sala i Martín que la tasa de rotación en las listas de mega-ricos de EEUU de la revista Forbes es muy alta. De hecho, ¡menos del 10% de los mega-ricos que integraba la lista de 1982 seguía figurando en la 2012! Incluso más. Se observa una fuerte caída de los “herederos” en las listas de Forbes, fenómeno que relativizaría el temor de Piketty al desarrollo de un “capitalismo patrimonialista”.

¿Qué nos queda de este gran libro? Además del placer de la narración, una clara noción de la abismal desigualdad que pareciera caracterizar a los países avanzados. De parte de sus críticos, nos queda el mensaje respecto del atenuante que suponen los mercados abiertos y competitivos, pues éstos hacen posible, a un mismo tiempo, la creación de mucha riqueza y su veloz rotación entre familias.

mayo 10, 2014

La tesis de Acemoglu & Robinson

Filed under: Libros y papers — Jorge Avila @ 9:20 pm

WhyNationsFail

En marzo de 2012, Daron Acemoglu y James Robinson publicaron Why Nations Fail, un soberbio libro sobre desarrollo económico que acaparó la atención de medio mundo. Recibió los mejores comentarios de varios ganadores del Premio Nobel de Economía (Becker, Arrow, Diamond, Solow, Spence y Akerloff), de ascendentes economistas que aún no ganaron dicho premio (Levitt y Rodrik) y famosos politólogos (como Fukuyama) y escritores especializados (C. Mann, J. Diamond y N. Ferguson). La obra es el fruto de una corriente de investigación especializada en el análisis de grandes bases de datos estadísticos e históricos, que tomó vuelo a mediados de la década de 1990 gracias al desarrollo informático.

Se trata de una fascinante narración analítica de las causas institucionales del auge y la declinación de diversas sociedades. La narración es una rara mezcla: un 10% de análisis económico, un 30% de análisis político y un 60% de análisis histórico. Los autores reconocen la fuerte influencia de Douglass North, el historiador económico que ganó el premio Nobel por explicar las raíces institucionales del desarrollo capitalista de Occidente. Pero agregan mucho de su propia cosecha. Por ejemplo: a) una serie de ilustrativos e interesantes ejemplos históricos a partir de la Revolución Neolítica en el año 9500 AC (desde la civilización Maya hasta la moderna Botswana, pasando por los casos de la República Veneciana c. año 1000, Gran Bretaña c. año 1700 y la URSS en el s. XX, entre otros), y b) una teoría sobre la formación de las instituciones que pusieron a esas sociedades en el camino del desarrollo o el estancamiento. Con independencia de la exactitud de los datos empleados en los ejemplos y el carácter monocausal de la teoría, rescato el valor de ambas contribuciones.

En dos palabras, la teoría lineal de A&R afirma que: 1) el curso de la historia moldea a las instituciones políticas; 2) las instituciones políticas determinan el comportamiento político; 3) el comportamiento político moldea a las instituciones económicas; 4) las instituciones económicas determinan el comportamiento económico. Y agrega que para que las instituciones políticas cambien para mejor, volviéndose más inclusivas (más pluralistas y competitivas), hacen falta dos cosas: por un lado, una “coyuntura crítica”, es decir, un fuerte shock político, económico, bélico o sanitario; por el otro, una sociedad cuyas instituciones tengan alguna puerta abierta al cambio. Una sociedad de instituciones cerradamente extractivas (autoritaria, plagada de monopolios, sin libertad de prensa ni sistema legal) podría resistir incluso el sacudón de un fuerte shock.

Prefiero dejar la crítica de la teoría de A&R a cargo de economistas y politógos que conocen de cerca el pensamiento de los autores. Voy a criticar el olímpico juicio que les merece el caso argentino. A&R afirman que tanto Argentina como la URSS fracasaron por tener instituciones extractivas. Rusia y la URSS las tuvieron, bajo el zarismo, el comunismo y, ahora, el capitalismo de amigos de Putin. Sin embargo, ¿puede tomarse el caso argentino en bloque? Tengo la impresión que no. En el período 1860-1930, el país recibió oleadas de inmigrantes atraídos por altos salarios, la posibilidad de educar a sus hijos y una chance de volverse propietarios rurales. Si digo que a partir de 1930 el país es otro no creo exagerar. Hasta entonces, tenía instituciones más bien inclusivas; desde entonces, las tiene más bien extractivas. ¿No es acaso el cartel compuesto por gobernadores, intendentes y legisladores peronistas, enriquecidos a costa de los presupuestos públicos, y la asociación UIA-CGT, enriquecida gracias al proteccionismo industrial, la verdadera oligarquía que gobierna el país hace 70 años?

En los links que siguen encontrarán las mejores críticas que encontré al libro de A&R. Aquí está la crítica de Jeffrey Sachs; aquí está la destemplada respuesta de A&R y aquí está la elaborada respuesta de Sachs. Aquí está el interesante comentario de Fukuyama y aquí está la respuesta de A&R. Tanto el libro de A&R como estas discusiones deberían formar parte del programa de lecturas de la materia Desarrollo Económico de la licenciatura en Economía.

mayo 8, 2014

Gary S. Becker 1930-2014

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 7:11 pm

El pasado sábado 3 falleció Gary Becker, premio Nobel de Economía de 1992, originalísimo e intuitivo economista de la Universidad de Chicago, profesor e investigador incansable, autor de 12 libros y 50 artículos científicos que abrieron nuevos rumbos. Becker sucedió en la cátedra de Teoría de los Precios del 1er. año del programa de doctorado de dicha Universidad nada menos que a George Stigler, quien vino después de Milton Friedman, quien siguió a Frank Knight, quien reemplazó a Jacob Viner. Teoría de los Precios es la materia clave del programa de doctorado de Chicago. En ella se enseña a los estudiantes recién ingresados el enfoque económico distintivo de la Universidad.

BeckerandStudent

Fui alumno de Becker en el Spring Quarter de 1981. Su presencia distante (en apariencia), su aspecto concentrado y circunspecto, su voz grave y, sobre todo, su enorme prestigio, podían resultar intimidantes. Su clase empezaba a las 13 hs, en punto, siempre llevaba unos apuntes amarillentos que miraba de vez en cuando para orientarse, siempre tenía a mano una lista con los estudiantes anotados en el curso de donde elegía al azar algún nombre para formularle una pregunta que uno, por lo general, no sabía por dónde agarrar, y cuando uno se atrevía a hacerle una pregunta él respondía con su clásico Why? No repreguntaba para intimidar sino por curiosidad y para invitar a pensar. También acostumbraba anunciar el primer día de clase que quien aprobara su curso con una B aprobaría también el examen general de Teoría Económica (Core Exam), que se toma en dos partes en el mes de julio y define si el alumno aprueba o no el primer año y si sigue en carrera o no hacia el doctorado. En ese curso entendí de qué se trata la Economía y supe que aprobaría el terrible Core Exam.

Siento mucho su muerte sobre todo porque era una persona buena, dispuesta a dar una mano cuando se lo pedían. Su obra ya estaba virtualmente completa en 1981 cuando publicó Un Tratado sobre la Familia. Becker fue quizás el microeconomista más importante de la segunda mitad del siglo pasado. Su impacto sobre la teoría económica ha sido por lo menos equivalente a los de Frank Knight, John Hicks o Ronald Coase. Mi reconocimiento del calibre de Becker consiste en enseñar Teoría de los Precios en la Universidad del CEMA siguiendo el libro que recopila las notas de las clases que él mismo dio casi hasta el final de su vida.

En este par de links hay fotografías, anécdotas y detalles de su personalidad y de sus contribuciones al pensamiento económico: Foco Económico y Universidad de Chicago.

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