La Argentina es el problema. El mundo es la solución.

Febrero 24, 2006

Velocidad de circulación e Hiperinflación

Filed under: Periodística — Jorge Avila @ 8:00 pm

PUBLICADO POR AMBITO FINANCIERO, 29 DE ENERO DE 2002

Flotación es sinónimo de hiperinflación. Esta tajante afirmación no es cierta en países avalados por una larga tradición de estabilidad monetaria; tal vez, ni siquiera sea cierta en países bastante inestables, como Brasil o México. Creo, sin embargo, que es peligrosamente cierta en la Argentina.

El propósito de esta nota es destacar una falla fundamental en la política cambiaria y monetaria del ministro Remes Lenicov. Como buen converso, Remes se ha transformado en un monetarista duro; apuesta al monetarismo original de Irving Fisher, el padre de la teoría cuantitativa del dinero. Fisher afirmaba que sólo hay inflación cuando hay emisión de dinero, y que la tasa de inflación es más o menos igual a la tasa de emisión. Cuando se refiere a un país estable, Fisher tiene razón, pero cuando se trata de un país inestable, Fisher está equivocado. Creo que el ministro perderá la apuesta. Porque aunque no haya emisión la economía argentina puede financiar un vertiginoso aumento del tipo de cambio y una gran inflación. La causa es el volátil comportamiento de la velocidad de circulación del dinero.

No hace falta mucha ciencia para entender mi argumento. Basta remitirse a la ecuación de cambio de Fisher: M.V = P.Q. Según la ecuación, la oferta de dinero (M) multiplicada por la velocidad de circulación del dinero (V, que mide la cantidad promedio de veces que usamos el peso en un cierto período) es siempre igual al nivel de precios (P) multiplicado por el PBI real del país (Q). En otras palabras, la oferta monetaria ajustada por la velocidad es igual al PBI nominal. Según Remes, la política monetaria será estrictísima, y el PBI real caerá un 2% en 2002. Supongamos, por simplicidad, que el ministro es capaz de congelar la oferta monetaria en su actual nivel y que el PBI real se mantiene constante. La siguiente tabla ilustra el potencial inflacionario de cambios de la velocidad de circulación, mientras M y Q permanecen constantes.

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Una duplicación de la velocidad de circulación en la primera vuelta, provocaría una duplicación del nivel de precios y, por consiguiente, una inflación del 100%, mientras el tipo de cambio sobre-reacciona. Una nueva duplicación de V, en la segunda vuelta, traería aparejado otro golpe inflacionario del 100%, en tanto el tipo de cambio sigue ganándole al nivel de precios. Y así sucesivamente. No hay límite para el aumento de V, ni para el aumento de P, que pueden duplicarse una y otra vez ad infinitum. Así lo demostró la experiencia argentina de 1985-1989. En enero de 1986, cenit del plan Austral, cada austral rotaba en promedio 12,5 veces por año, y en la primera semana de julio de 1989, clímax de la hiperinflación, cada austral rotaba 100 veces. (En 1948, apogeo del peronismo, cada peso rotaba apenas 2,5 veces por año.) En un inicio, la hiperinflación no fue obra de la emisión monetaria, sino del fuerte aumento de la velocidad de circulación. Este fue el “golpe de mercado” que desalojó al expresidente Alfonsín del poder. Luego, la inflación fue tan aguda y su impacto sobre las cuentas fiscales tan letal, que la emisión se descontroló inevitablemente.

Esta posibilidad teórica, que se vuelve dramáticamente real en una economía en estado de hiperinflación latente, es la justificación pura y simple de la convertibilidad monetaria, y de la eventual dolarización. Cuando el nivel de precios puede subir indefinidamente aun sin emisión de dinero, se impone fijar el tipo de cambio. La fijación del tipo de cambio fija, de hecho y a la larga, el nivel de precios local, el cual no es otra cosa que el nivel de precios de EEUU multiplicado por el tipo de cambio. Con moneda convertible, o con dolarización, toda variación de la velocidad será neutralizada por igual variación en sentido contrario de la oferta monetaria. Por esta razón, la política monetaria se vuelve pasiva, o pasa a estar determinada por las fluctuaciones de la velocidad. ¿Qué hay detrás de V?

La velocidad de circulación es la inversa de la cantidad de dinero (circulante y cuentas corrientes en pesos) que el público demanda. En 1948, la demanda de dinero ascendía a 40% del PBI. Por cambios en la organización económica y en la tecnología de pagos, y sobre todo por la creciente inflación, el coeficiente de monetización cayó sostenidamente en los años subsiguientes. En enero de 1986, llegaba a 8% del PBI, y en la primera semana de julio de 1989 a 1%. En un país estable, V es prácticamente una constante, en virtud de cuatro razones:

1. La demanda de moneda nacional es grande. El agregado monetario M1 representa cerca del 15% del PBI en EEUU y del 30% en Japón. Por tanto, si el déficit fiscal fuera a cubrirse con emisión monetaria, la inflación resultante sería correspondientemente baja. Pero niveles de monetización tan altos revelan una elevada confianza, y con confianza hay crédito, y con crédito el gobierno tiene la posibilidad de colocar títulos públicos para cubrir su déficit, de modo que en un país estable las expectativas de emisión y de inflación son lógicamente bajas. Rige allí un círculo virtuoso; no hay incentivos para el aumento de V. En la actual Argentina rige un círculo vicioso. La monetización asciende a 5% del PBI y el déficit fiscal también asciende a 5% del PBI. Por si esto fuera poco, la pesificación y la devolución escalonada de los depósitos bancarios congelados exigiría una emisión de pesos equivalente a 5-10 puntos adicionales del PBI este año.

2. La demanda de moneda nacional es inelástica. Puesto en otras palabras, por restricciones legales o de hábitos, la moneda nacional no tiene sustitutos evidentes. Este hecho dificulta las fluctuaciones de la velocidad de circulación. Por el contrario, la dolarización, el carácter bimonetario de nuestra economía, implica una curva de demanda de pesos muy elástica. De lo cual se infiere que en la Argentina es posible que el público vacíe la demanda de pesos ante la expectativa de una depreciación moderada del peso. El vaciamiento de la demanda de pesos, o el aumento de V, producirá inflación, aun cuando la expectativa de emisión de dinero resulte equivocada.

3. Las expectativas de inflación son lerdas; miran el pasado. En un país estable, no hay motivo para esperar grandes emisiones de dinero ni grandes inflaciones. Por ejemplo, en noviembre de 1992 Italia depreció la lira un 30% y la tasa de inflación del país en el año subsiguiente no pestañeó. Por el contrario, el público argentino tiende a la sobre-reacción. Está dispuesto a pagar un seguro para ponerse a salvo de lo peor.

4. La inflación se ajusta lentamente a los cambios en la emisión monetaria. Como en un país estable hay confianza y horizonte, se firman toda clase de contratos, entre empleadores y empleados, empresas y proveedores, empresas y clientes, fenómeno que confiere rigidez al nivel de precios. Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, ha señalado varias veces que los cambios de la política monetaria tardan unos 18 meses en reflejarse en la inflación de los EEUU. Por ello, aun cuando las tres razones arriba citadas hubieran creado el incentivo para una huida del dinero en aquel país, la suba de V no podría materializarse antes de un año y medio, pues este es el tiempo que tarda el aumento del nivel de precios en licuar la cantidad de dinero excedente. La experiencia indica que la velocidad de ajuste del nivel de precios en la Argentina es mucho más rápida. En 1986-1988, la inflación reflejaba los aumentos en la emisión monetaria en tres meses; en junio-julio de 1989, ese lapso se había acortado a tres semanas. Rumbo a la hiperinflación, los contratos formales fueron reemplazados por contratos informales, de palabra o en negro. Este fenómeno explica la facilidad con que la inflación sigue a la devaluación en nuestro país, a diferencia del caso italiano.

Como se aprecia, en nuestro país no se cumple ninguna de las cuatro razones necesarias para que V permanezca constante. En consecuencia, es muy probable que las compuertas de la hiperinflación sigan abiertas. Frente a esta realidad, la promesa de una “política monetaria estrictísima” es irrelevante. Máxime, cuando viene de un gobierno de transición, guiado por una filosofía populista, que ha violado los derechos de propiedad de tenedores de pesos, de depósitos y de bonos públicos, y que está a merced de un clima de gran tensión social. El objetivo de la flotación del peso, moneda que murió en 1989, revela, más que una doctrina nacional y popular, una sorprendente ignorancia de hechos y de teoría económica básica.

Por qué estoy a favor del ALCA

Filed under: Periodística — Jorge Avila @ 7:43 pm

PUBLICADO POR EL CRONISTA, OCTUBRE 2001. (Esta versión tiene retoques mínimos.)

Está demostrado que el riesgo-país gobierna la inversión y el crecimiento económico argentino. También está demostrado que una de las principales causas del riesgo-país es el cociente entre la deuda pública externa y las exportaciones. Corea, Malasia y Tailandia, países de bajo riesgo-país y fuerte crecimiento, necesitan cuatro meses de exportación para cancelar sus deudas. Chile y México, países de riesgo un poco más alto pero con grado de inversión, necesitan ocho meses. Argentina, que exhibe el más alto riesgo-país del mundo, necesita 41 meses.

O nuestra deuda es colosal o nuestras exportaciones son una miseria. Me inclino por la segunda hipótesis. Para un país como España, una deuda como la argentina no es alta; para uno con nuestra historia de incumplimientos, la misma deuda es muy alta, y para uno que exporta apenas 8% del PBI, esa deuda es difícil de tolerar. Por esta razón se impone una revolución exportadora.

Estoy a favor de un ingreso rápido e incondicional de Argentina en el ALCA por dos motivos. Primero, el ALCA es irreversible; una vez adentro se hace muy costoso salir, de lo cual podemos inferir que este acuerdo comercial sería un factor de certidumbre. Segundo, el ALCA es sinónimo de libre importación, por lo cual constituye la llave de un boom exportador. Entre 1913 y 1930, las exportaciones superaban el 35% del PBI porque había pocas restricciones a la importación. A partir de 1930, las exportaciones cayeron a menos del 10% del PBI debido al proteccionismo más aldeano: aranceles prohibitivos, cuotas, requisitos de contenido nacional, controles de cambio y una parafernalia de restricciones a la importación. El desempeño de las exportaciones a lo largo del siglo confirma el principio de simetría de Lerner. Este dice que un impuesto a la importación es un impuesto a la exportación, que si el gobierno impide de una u otra forma la importación, también impedirá la exportación; podemos sintetizarlo en un mandamiento: “exportarás lo que importes”.

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¿Por qué razón la libre importación provocaría un boom de las exportaciones? Según estimaciones de Larry Sjaastad (profesor de la Universidad de Chicago) y de Jorge Medina (economista del INTA), el boom ocurriría de esta manera:

1º) El libre comercio abaratará la producción industrial importable en un 37%, aproximadamente.

2º) Este hecho impulsará una deflación que abaratará la producción de servicios en alrededor de un 22%.

3º) Luego, las exportaciones aumentarán porque su precio mejorará un 60% con respecto a la producción importable y un 30% con respecto a la producción de servicios.

Es cierto, para generar estos cambios de precios relativos no hace falta ingresar al ALCA; basta declarar el libre comercio en forma unilateral, como hizo Chile. En este país la sola declaración unilateral fue suficiente para canalizar en forma masiva la inversión hacia el sector exportador, porque en la historia chilena las políticas económicas han sido más estables e irreversibles que en la argentina. Sin el marco de contención del ALCA, el riesgo de reversión de la apertura será muy grande en nuestro país y, por tanto, el crecimiento de las exportaciones será lento y tentativo.

A juzgar por nuestra propia historia, por la experiencia mexicana en relación con el Nafta y por la experiencia española en relación con la Unión Europea, las exportaciones argentinas podrían elevarse del 8% al 30% del PBI en el marco del ALCA. Esto implica un volumen de exportaciones cercano a 90.000 millones de dólares por año, y la posibilidad de cancelar la deuda pública externa en doce meses. El impacto bajista sobre la prima de riesgo-argentino sería demoledor, y no tardaría demasiado. México, que en el momento de partida ya doblaba el coeficiente de apertura argentino, pudo duplicar sus exportaciones en apenas cinco años.

Prominentes analistas locales dicen que cuando propongo el ingreso al ALCA padezco de irrealidad. Esgrimen cuatro argumentos: a) Que Argentina no exportaría mucho más a EEUU porque sus economías son complementarias y porque EEUU abriría mezquinamente sus mercados a nuestros productos; b) Que el Nafta no nos conviene porque Argentina tiene un déficit comercial bilateral con EEUU; c) Que en las disputas bilaterales prevalecería el interés norteamericano; d) Que la forma de estimular las exportaciones es reducir el gasto público.

El primer argumento es falaz porque el ALCA vale la pena aunque no podamos exportar un solo dólar a EEUU. La gracia de ingresar a un bloque comercial tan grande, y tan abierto, a pesar de restricciones puntuales, es que la obligada apertura que involucra el ingreso al bloque nos habilitará a exportar lo que sea a quien fuere, en virtud del principio de simetría. La paralela evolución de las exportaciones y las importaciones a lo largo del siglo XX muestra a las claras que cuando se importa también se exporta por un valor equivalente.

Del segundo argumento se deduce ignorancia. Los balances bilaterales son irrelevantes; lo único que importa es el balance comercial total, que no es un fenómeno comercial sino financiero. Con esto quiero decir que cuando al país le va mal, y hay fuga de capitales, como en la Primera Guerra Mundial o en los años 80, el balance es superavitario, y que cuando al país le va bien, y hay entrada de capitales, como en los años 20 ó 90, el balance es deficitario.

El tercer argumento no es verdad. Según Felipe de la Balze (especialista en economía internacional del CARI), sobre 100 disputas entre EEUU y México, 55 fueron zanjadas a favor del primero y 45 a favor del segundo; una proporción bastante equilibrada.

El cuarto argumento es un error. Aun cuando lográramos el Estado más pequeño y eficiente posible, si la economía quedara atrapada dentro de los murallones del proteccionismo puedo asegurar que no exportará más que lo que exporta en la actualidad.

Pero los beneficios del ingreso al ALCA no se agotan en el boom exportador. Tan importante como el boom es apreciar que el comercio internacional provee los cimientos de la verdadera política exterior de un país. Con el MERCOSUR, la Argentina sigue a la intemperie, a merced de los vaivenes de las finanzas mundiales y al margen de los grandes acontecimientos. Por todo esto, creo que se impone que el país ingrese a un gran club. En los tiempos que corren, ese club es el ALCA, como hace cien años lo fue el Commonwealth británico, del que participamos en un pie de igualdad con Australia, un miembro nato de la comunidad anglosajona.

Escribo para revalidar una larga tradición de argentinos pragmáticos. De viaje por EEUU, Sarmiento en 1847 advirtió el nacimiento de una nueva civilización mundial; Juan B. Justo en 1893 encontró progreso popular en vez de plusvalía y un ejército de reserva; Pellegrini en 1902 entendió que debería haber impulsado la reforma política mucho antes, y Pinedo en 1941 se percató de que el eje del mundo se había desplazado de Londres a Nueva York. La aspiración a una relación especial con EEUU es antigua; nuestro ingreso al ALCA es una asignatura pendiente hace 60 años.

Febrero 17, 2006

La cerrazón es el punto

Filed under: Cotidiana — Jorge Avila @ 6:43 pm

La Argentina perdió una gran oportunidad de progreso al desperdiciar la pasada Cumbre de Mar del Plata. Y me parece que el gobierno de Kirchner no tuvo la más pálida idea de lo que realmente estaba en juego. La Cumbre no fue una asamblea de estudiantes universitarios ansiosos por dejar en claro sus convicciones. Fue una regia oportunidad para empezar a resolver una de las falencias más graves que arrastra nuestro país desde 1930.

El dato que el gobierno no ponderó porque no lo conoce o porque desconoce lo que significa, es que Argentina, apenas un escalón por debajo de nuestro dilecto amigo y socio el Brasil, tiene la economía más cerrada del mundo. Demás está señalar las consecuencias de esta situación sobre el bienestar de los consumidores y el nivel de las exportaciones, e incluso sobre la adopción de nueva tecnología y la estabilidad de las instituciones económicas, porque el comercio internacional puede reforzar hasta estos aspectos menos tangibles pero vitales de un país.

El gráfico que sigue lo dice todo. Ilustra, en forma de escalera descendente, el grado de apertura de una muestra de 69 países con datos del período 1990-2003. Los más abiertos del mundo son Hong Kong, Luxemburgo y Malasia, que exportan cerca de un 100% del PBI. La explicación es una mezcla de libre comercio y pequeñez; mientras más chica es una economía respecto del PBI mundial, más abierta tiende a ser.

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Con exportaciones cercanas a 40% del PBI, figuran Chile y Uruguay. (La exportación argentina era un 45% del PBI hacia 1914, justo antes de la Primera Guerra Mundial.) Países relativamente grandes, como Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia, tienen exportaciones en torno de 25% del PBI. En el extremo opuesto, figuran India (14%), EEUU (11%), Irán (10.5%), Argentina (10%), Japón (9%) y Brasil (8.8%).

India, hace dos décadas el segundo país más cerrado del mundo después de Brasil, elevó mucho sus exportaciones a raíz de una notable apertura o liberalización de las importaciones. EEUU exporta poco porque su economía representa casi un 28% del PBI mundial (note que, en el extremo, el mundo exporta un 0%). Japón exporta muy poco también; algo que no llama la atención dado que produce casi un 13% del PBI mundial. Más llamativo es el caso de Irán, que exporta tan poco a pesar de tener una economía tan pobre; pero Irán es, o era hasta hace poco tiempo, una teocracia, con todo lo que esto implica en términos de restricciones al comercio internacional. Pues bien, los dos hermanos mayores del Mercosur exportan menos todavía que la teocracia iraní. Dios los cría y ellos se juntan.

P.D.1 Forma parte del discurso político, empresario y sindical que Menem dio cancha libre a las importaciones, abriendo insensatamente la economía argentina. En efecto, el promedio de exportaciones e importaciones pasó de un 6% del PBI en la década de 1980 a un 9% en la de 1990. ¡El coeficiente de apertura comercial subió así un 50%! Ahora bien, ¿qué es un 50% de casi nada?

P.D.2 Por más detalles sobre mi preferencia por el ALCA, haga click aquí.

Febrero 16, 2006

¿Estamos mejor o peor?

Filed under: Cotidiana — Jorge Avila @ 8:19 pm

El domingo pasado Malú Kikuchi me formuló esta pregunta frente a la cámara de televisión. No me sorprendió que lo hiciera; es una pregunta de rigor, máxime en la era Kirchner. Pero no es sencillo dar una respuesta convincente para el gran público.

Como es natural, la respuesta dependerá del punto de vista que se adopte. Tendrá un sesgo u otro de acuerdo con el sector de la economía en el que trabaje la persona, o del plazo que considere conveniente evaluar.

Desde del punto de vista sectorial, está clarísimo que la política económica inaugurada por Duhalde en 2002 y seguida con pocas variantes por Kirchner hasta la fecha, arroja grandes ganadores y grandes perdedores. Los primeros ganadores son los empresarios agrupados en la Unión Industrial Argentina. Usufructúan la devaluación, las expeditivas restricciones a las importaciones de Brasil, no pagan retenciones, no se les congelan los precios de sus productos ni sufren la condena pública del presidente de la Nación, y licuaron sus deudas. Los segundos ganadores son los exportadores agropecuarios y de naftas y petróleo, que aunque capturaron algunos beneficios, pagan grandes retenciones. Los terceros ganadores pertenecen a un grupo no muy grande de trabajadores de la industria, el campo y el petróleo.

Los primeros perdedores son los trabajadores que quedaron desempleados y los pequeños empresarios que fueron a la quiebra por la crisis. Los segundos perdedores son los empresarios y los trabajadores de bancos y empresas privatizadas de servicios públicos; estos son objeto de una marcada hostilidad por parte del gobierno debido a que "ganaron demasiado en la década del ’90 y ahora no quieren poner la plata sobre la mesa". Los terceros perdedores son los empresarios y los trabajadores en el resto de los servicios privados (comercio, atención de la salud, educación, restaurants), que sufren el impacto del dólar alto.

Como el grupo de ganadores tiene más poder de prensa que el de los perdedores, y como la gente de la calle aprecia el clima de recuperación económica y de estabilidad financiera, el presidente Kirchner sería reelecto en 2007 con la fusta bajo el brazo.

Pero hay un sector grande de la opinión pública profundamente disgustado con este gobierno. Por motivos ideológicos, por su carácter divisivo, por su poca preocupación, sino desprecio, por el futuro, y porque no depara ilusión.

A mí me molesta, sobre todo, el creciente aislamiento e insignificancia a la que se reduce la Argentina día tras día (el ejemplo máximo fue la contracumbre de Mar del Plata), el atraso de la infraestructura de energía y transporte, y el sentimiento de omnipotencia anti-republicana del que hace gala cotidianamente el presidente de la Nación.

De Kirchner se decía en 2003 que sería el Chirolita de Duhalde. No lo fue; reconstituyó el mando presidencial; este es su gran mérito. También es un mérito suyo la política de superávit fiscal. Todo lo demás es, en mi opinión, negativo.

¿Sigue la reactivación?

Filed under: Cotidiana — Jorge Avila @ 6:30 pm

Cuando llega el momento de pronosticar la evolución del PBI, yo no creo en la influencia de los precios internacionales de los productos agropecuarios, ni en las bondades de la cosecha, ni mucho menos en el fine tuning fiscal y monetario (manejo de la demanda agregada a cargo del Ministerio de Economía y el BCRA). Sólo creo en el poder de la prima de riesgo-argentino. No digo que las variables tradionales no ejerzan ninguna influencia; señalo que su impacto sobre la actividad económica es secundario.

El gráfico que sigue muestra la notable correlación existente en nuestro país entre las fluctuaciones anuales de la prima de riesgo-argentino y las fluctuaciones anuales del PBI, en el período 1998-2005. Antes que nada, note que las fluctuaciones de la prima se miden sobre el eje vertical izquierdo y que las del PBI se miden sobre el derecho.

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Entre el 1º trim. de 1998 y el 2º trim. de 1999, la prima subió y el PBI pasó de una tasa de crecimiento anual de casi 8% a una de -5%. ¿Las razones de la suba de la prima? Es fácil recordarlas: las devaluaciones en el Sudeste asiático, el default ruso y la devaluación brasileña.

Entre el 3º trim. de 1999 y el 2º trim. de 2000, la prima dejó de subir y el PBI dejó de caer, para estancarse (¡el estancamiento es mejor que la recesión!). ¿Las razones de la estabilización de la prima? Duhalde, que había declarado que sería lindo dejar de pagar la deuda por un tiempo, fue derrotado por De la Rúa, que había declarado su propósito de mantener la convertibilidad.

Entre el 3º trim. de 2000 y el 3º trim. de 2002, la prima registró la mayor explosión de la historia argentina y el PBI, una de las mayores contracciones de todos los tiempos. ¿Las razones de la explosión de la prima? Un pánico bancario sin precedente, el así llamado corralito, el mayor default de la historia mundial, la devaluación asimétrica y la licuación de depósitos y préstamos bancarios.

Entre el 3º trim. de 2002 y el 4º trim. de 2005, la prima cayó marcadamente y el PBI creció un promedio de 9% anual. ¿Las razones de la sostenida reducción de la prima? La desaparición de los fantasmas de la anarquía y la hiperinflación, la convertibilidad informal del peso, el superávit fiscal y la salida del default.

En los últimos seis meses, la prima se muestra reticente a seguir bajando; de hecho, ahora está bien arriba de la brasileña (370 vs. 220 p.b.). Si esta situación no variara en el curso de 2006, el crecimiento del PBI registraría un apreciable descenso, hasta ubicarse en un 2%-3% anual, una tasa que corresponde al crecimiento vegetativo del país (crecimiento demográfico + mejora tecnológica importada).

Pero si la prima continuara reduciéndose al ritmo observado desde 2002 (alrededor de 50% anual), no habría impedimentos serios para que el PBI creciera en 2006 al ritmo del trienio pasado. La menor certidumbre cambiaria reciente (por la depreciación del peso y la fuerte caída de las reservas internacionales por el pago al FMI) y la peligrosa política anti-inflacionaria (por los controles de precios y la condena pública de empresarios), no corren, ciertamente, en la dirección apropiada para inducir una caída de la prima de riesgo-país. Salvo un golpe de timón, que no creo probable, el crecimiento fuerte depende ahora de que la liquidez internacional haga caer aun más las primas de riesgo-país de los países emergentes.

(Por un enfoque más técnico de la relación entre riesgo-país y actividad económica, haga click aquí.)

Febrero 15, 2006

Riesgo-País & Actividad Económica

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 7:59 pm

Academia Nacional de Ciencias Económicas

Perspectivas de Crecimiento de la Economía Argentina

23 de septiembre de 2003

Casi todo lo que voy a decir en esta oportunidad procede de Riesgo-Argentino (1), un breve libro que me llevó muchos años pensar y escribir y que resultó una amalgama de economía, historia, estadísticas y matemáticas con un triple objetivo: definir el concepto de riesgo-país, medir su costo de eficiencia, e investigar su influencia sobre el ciclo y el crecimiento económico argentinos. El libro llega a tres conclusiones importantes. La primera es que el riesgo-argentino constituye una distorsión de primer orden, cuyo costo de eficiencia es mucho más grande que el de cualquiera de las distorsiones convencionales (proteccionismo industrial, malos impuestos, monopolios privados o empresas estatales). La segunda es que el riesgo-país, y no el agotamiento de la pampa húmeda, el agotamiento del proceso de sustitución de importaciones o el bajo nivel educativo de la población, ha sido la principal restricción que enfrenta la acumulación de capital y, por consiguiente, el crecimiento económico del país. La tercera conclusión es que la prima de riesgo-argentino es la variable fundamental en la explicación del ciclo económico argentino.(2) De estas conclusiones surge como mensaje que la tarea prioritaria de los economistas, historiadores, juristas e intelectuales argentinos debería ser la identificación de instituciones que sirvan como antídotos de la incertidumbre sistémica. El lema sería el siguiente: toda regla o institución que posibilite una reducción permanente de la prima de riesgo-país es buena.

Voy a dividir la presentación en dos partes. En la primera, presentaré un gráfico que muestra la fuerte correlación existente en nuestro país entre el riesgo-país y el PBI; luego examinaré los resultados econométricos que me llevan a creer que la prima de riesgo-país es la variable explicativa fundamental del ciclo económico argentino. En la segunda parte, evaluaré la capacidad de pronóstico del enfoque del riesgo-país por medio de una comparación de las variaciones del PBI histórico y el PBI pronosticado, según los coeficientes que surgen de una nueva regresión con del perído 1993-2003; a renglón seguido, presentaré un pronóstico sobre la evolución del PBI argentino en el período 2004-2007. Mi hipótesis de trabajo para este pronóstico es que la prima de riesgo-argentino se comportará como la prima de riesgo-ruso en el período 1998-2002.

Primera parte: Diágnóstico

Gráfico del trade-off entre la prima de riesgo-argentino y el PBI: Surge una relación muy ajustada pese a que no refiné las variables; en rigor, en vez de la prima de riesgo-argentino (PRA) debí considerar la tasa interna de retorno (TIR) de los bonos privilegiados del gobierno argentino, y en vez de la serie del PBI con estacionalidad debí considerar la serie desestacionalizada. Salta a la vista un paralelo entre este trade-off, que bauticé curva de Keynes, y la curva de Phillips (correlación negativa entre tasa de inflación y tasa de desempleo). Mientras en la curva de Phillips subyace la idea de sacarle partido a la incertidumbre (expansiones sorpresivas de la oferta monetaria que aumentan la demanda agregada), en la curva de Keynes subyace la idea de que una menor incertidumbre sobre el futuro es la causa básica de la reactivación.

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Regresiones

Según este enfoque el gran disparador del ciclo económico en un país pequeño y abierto al movimiento internacional de capitales como la Argentina o cualquier país latinoamericano, es la prima de riesgo-país. Un aumento de la prima provoca una salida de capitales del país, una contracción de la demanda agregada y una recesión, con tendencia deflacionaria en caso de tipo de cambio fijo. Una caída de la prima provoca un ingreso de capitales, una expansión de la demanda agregada y una reactivación, con tendencia inflacionaria en caso de tipo de cambio fijo. La correa de transmisión entre el flujo de capitales y la demanda agregada es la prima de riesgo-país.

Datos: Observaciones trimestrales correspondientes al período IV.1985-IV.1997 para estas variables: 1) riesgo-país, en puntos porcentuales (TIR promedio de series de Bonex menos tasa libo hasta julio de 1993 y TIR del FRB menos tasa libo desde el mes siguiente); 2) PBI; 3) inversión bruta fija interna; 4) consumo. Preferí trabajar con series viejas (año base 1986) pero largas y homogéneas, en vez de series nuevas pero cortas o emparchadas.

Prinipales conlusiones del análisis estadístico

a) El signo del coeficiente de la prima en las regresiones que explican el PBI, el consumo o la inversión es negativo y estadísticamente significativo, tanto para la prima contemporánea como para la prima rezagada 4 trimestres. El coeficiente expresa la elasticidad del agregado macroeconómico con respecto a la prima (series logarítmicas).

b) La magnitud de la elasticidad es importante. Un aumento de la prima del 20% (si la prima aumentara de 5 puntos porcentuales a 6) que dure un año, provoca una caída del PBI de 3,8%, una caída del consumo del 4% y una caída de la inversión del 10,2%, en relación con las medias de las series respectivas.

c) La calidad de las regresiones es excelente. Una sola variable, con la asistencia de una variable de tendencia, es suficiente para explicar más del 90% de la volatilidad del PBI, del consumo o de la inversión. En la estimación del PBI no hay problemas de correlación serial; en las del consumo y la inversión es necesario corregir por auto-regresividad de orden uno, o bien simplemente agregar la variable dependiente rezagada un trimestre.

d) El test de causalidad de Granger arroja resultados inequívocos. La causalidad corre de la prima a las variables macroeconómicas, para rezagos de 1 a 6 trimestres. Este resultado es abrumador en el caso de la inversión.

e) La sensibilidad de las variables macroeconómicas con respecto a las fluctuaciones de la prima de riesgo-argentino declina a medida que se incorporan datos anteriores a 1985. Es máxima cuando se incluyen los datos del período 1989-1990 (la hiperinflación).

f) De hecho, una reciente regresión para el período 1993-2003, con las nuevas series oficiales de cuentas nacionales que arrancan en 1993, arroja un R2 igual a 71% y una elasticidad algo menor. (La reducción del R2 y la disminución de la elasticidad puede deberse a la mayor participación en el PBI que ganó el sector servicios en la década de 1990; aumentó tanto su producción física como su precio relativo con respecto al año base anterior. La producción de servicios es mucho menos sensible al riesgo-país que la producción industrial sustitutiva de importaciones.)

Segunda parte: Pronóstico

a) Gráfico comparativo I.1994-II.2003: El pronóstico sale de una regresión del PBI basada en el mismo modelo que presenté arriba; pero ahora la serie de la prima es la del banco J. P. Morgan,(3) y la serie del PBI es la nueva serie oficial con año base 1993. La vieja regresión no pronostica bien el año 2003. La nueva regresión lo pronostica un poco mejor; adelanta la reactivación al 3º trimestre de 2003. (Según la serie del INDEC la reactivación empezó en el 1º trimestre.)

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b) Gráfico de pronóstico 2004-2007: La línea vertical, que cae en la mitad de 2003, separa la parte histórica (riesgo-argentino y PBI) de la parte de pronósticos. Después del desvío inicial por el empalme, la trayectoria escalonada descendente que he supuesto para la PRA causaría una trayectoria creciente del PBI, variable que pasaría de una tasa de crecimiento del 5% anual en el 4º trimestre de 2003 a una tasa del 14% anual en el 4º trimestre de 2007.

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La reducción de la prima que he supuesto para el período 2004-2007 es menos marcada que la reducción que experimentó el riesgo ruso en los cuatro años que le siguieron al default de agosto de 1998. Entonces, el riesgo-ruso era apenas inferior a 6.000 puntos básicos (según J. P. Morgan) y en agosto de 2002 era apenas 450 puntos; actualmente, se aproxima a 300 puntos. Rusia se estabilizó políticamente, renegoció su deuda pública, estabilizó el rublo, se entiende mejor con EEUU y solucionó conflictos con países vecinos.(4)


1. Jorge Ávila: Riesgo-Argentino & Performance Macroeconómica, Universidad del CEMA, 2000.

2. La prima de riesgo-país es una medida estadística de la incertidumbre sistémica de un país. Es el costo financiero de la desconfianza que inspira un país como oportunidad de inversión fija en el mediano o largo plazo. La prima es igual a la diferencia en puntos porcentuales entre el rendimiento bruto de un bono en dólares emitido por la Tesorería del país en cuestión y la tasa de interés implícita de un bono similar emitido por la Tesorería de EEUU.

3. A fines de la década de 1990 se generalizó el uso de la serie que publica diariamente el Banco Morgan. La prima de riesgo-país es ahora un promedio ponderado de las diferencias entre los rendimientos brutos de varios bonos en dólares emitidos por la Tesorería del país en cuestión y los rendimientos implícitos de bonos similares emitidos por la Tesorería de los EEUU. Vea www.morganmarkets.jpmorgan.com

4. Sobre la evolución de la prima de riesgo-ruso, vea el website del Banco Morgan antes citado. Con respecto a los progresos del país en años recientes, vea: “What Russia wants”, The Economist, May 18th, 2002. Páginas 24-26.

¿A qué se debe la inflación?

Filed under: Cotidiana — Jorge Avila @ 4:34 pm

Hace un año, desde que se despertó la inflación, he sentido la necesidad de escribir sobre la naturaleza del actual fenómeno inflacionario argentino. No lo hice hasta la fecha porque su explicación me pareció, y me sigue pareciendo, demasiado evidente para alguien que haya prestado atención al desempeño de la Tablita (1978-1981) y de la Convertibilidad (1991-2001), los dos grandes planes de estabilización monetaria que se aplicaron en el país en los últimos 30 años. Por otra parte, algunos articulistas, entre ellos, Enrique Blasco Garma y Marco Rebozov, explicaron muy bien el fenómeno en el diario Ambito Financiero. Sin embargo, la creciente preocupación del público por el tema y la contradictoria e ineficiente política anti-inflacionaria del gobierno me han convencido de la utilidad de sumar mi opinión al respecto.

La inflación hasta octubre de 2005 se explicaba, sobre todo, por la recuperación del precio (en dólares) del sector servicios mientras bajaba la prima de riesgo-argentino, el país dejaba de expulsar capitales y empezaba a recibirlos y la demanda agregada se recuperaba en sintonía. A esta tendencia de fondo, en los últimos tres meses se ha sumado una devaluación del peso contra el dólar del 7%, que conducirá a un alza equivalente del precio de la producción exportable e importable. Otro factor que ha añadido presión inflacionaria durante 2005 es la continua depreciación del peso contra el real. Desde un tipo de cambio de 1×1 hace tres años, el real cotiza actualmente $1,41, o sea que nuestra moneda se ha depreciado un 41% contra la brasileña, hecho que aumenta el precio local de la producción que se exporta o se importa de Brasil.

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El gráfico es útil para entender cómo se forma el nivel de precios al consumidor (IPC) y el nivel de precios mayoristas (IPM) y, en consecuencia, cómo se explica la tasa de variación de estos índices, es decir, la tasa de inflación que nos desvela.

La diferencia sustantiva entre el IPC y el IPM es el peso de los servicios. En términos aproximados, en el IPC se eleva a un 80% de la canasta y en el IPM cae a un 20%. O sea que el sector transable de la economía (que produce las mercaderías exportables y las importables) pesa poco en el índice al consumidor y mucho en el mayorista.

El nivel de precios argentino resulta de multiplicar el índice de precios mayoristas de EEUU (WPI), puesto que el dólar americano es nuestra moneda de referencia, por el tipo de cambio del peso con respecto al dólar. Así surge el nivel de precios básico del país. A partir de este, el IPC será más alto o más bajo según la afluencia de capitales y el consecuente ritmo de expansión de la demanda agregada. (Por una explicación más técnica, haga click aquí.)

Fije la atención en el período que va de enero de 1998 a marzo de 2001. La serie de devaluaciones en el Sudeste asiático en el 3er. trimestre de 1997 golpeó de manera no despreciable a la economía argentina. A principios de 1998, el PBI crecía con buen ritmo aunque con menos fuerza que en 1997 y se iniciaba una temporaria deflación mayorista y una leve deflación minorista (IPC) que se acentuaría hacia 2001.

En enero de 2002, se abandonó la Convertibilidad y el peso saltó de $1 por dólar a $3,7 en pocos meses. Como era previsible, el IPM acusó el mayor impacto; registra un aumento hasta enero de 2006 de 143%. Por su parte, el IPC registra un aumento de sólo 67%. Si antes de la devaluación me hubieran dicho que las tasas de inflación iban a ser tan bajas, habría sonreído descreidamente. Después de experimentar en carne propia la mayor explosión de riesgo-argentino de la historia, sé porqué resultó así. Frente a semejante colapso de la demanda agregada, fue imposible remarcar los precios que cobran los restaurants, las tarifas de la atención médica y la educación, o sostener el margen de ganancia del comercio o aumentar los alquileres. Todos estos rubros son servicios que dependen vitalmente de la demanda interna. El aumento del IPM fue mayor porque en su canasta los servicios pesan poco y las materias primas transables mucho.

La inflación argentina actual es mayormente residual. Es una manifestación tardía de la devaluación de 2002, debida a la recuperación del precio de los servicios, el cual, como el agua en el experimento de los vasos comunicantes, busca su nivel natural. Buenos Aires, cuatro años después de la devaluación, sigue siendo una de las ciudades más baratas del mundo; el dólar sigue estando muy avanzado (que es lo contrario a atrasado).

De cara a esta situación, el gobierno tiene dos alternativas: a) fijar el dólar en $3, por ejemplo, y aceptar la inflación residual que todavía falta para normalizar los salarios y el precio de los servicios privados y públicos; b) no intervenir más en el mercado de cambios y dejar que el peso se aprecie; esta política frenaría en seco a la inflación residual aunque resultaría menos expansiva que la primer alternativa.

Contra toda lógica económica, el gobierno ha optado por 1º) aplicar controles de precios, 2º) devaluar el peso y 3º) frenar las importaciones de Brasil. Lo primero es un gasto de energía inútil en vista de que los aumentos de precios no se deben a maniobras monopólicas sino al principio de los vasos comunicantes. Lo segundo acentúa el aumento del IPM y el IPC por las relaciones establecidas arriba. Lo tercero eleva en directa proporción los precios de las telas, el calzado, la indumentaria, las heladeras y los calefones que fabrican los empresarios nacionales que quieren seguir viviendo de un mercado chico pero cautivo.

Febrero 14, 2006

Inflación Residual

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 7:56 pm

(Tomado del apéndice de Internacionalización Monetaria y Bancaria, 2004.)

Gran parte de la profesión económica y de la dirigencia empresaria y política argentina está persuadida de que la devaluación de principios de 2002 fue un considerable éxito, pues no acarreó tanta inflación como se esperaba y, de esta manera, se ha podido mantener un elevado tipo real de cambio. Esa frívola devaluación no será fácil de olvidar por diversas razones: a) quebró un régimen de moneda convertible que era querido por la población; b) fue grande y descontrolada, aun para Argentina; c) fue acompañada por una pesificación asimétrica que puso de manifiesto un desprecio por los contratos sin antecedentes en nuestra historia; cada dólar de depósito se convirtió en 1.40 pesos ajustados por la variación del índice de precios al consumidor, y cuando el público interpuso amparos judiciales los bancos fueron obligados a devolver cada dólar al tipo de cambio de mercado, que cotizaba más de 3 pesos; mientras tanto, el dólar de préstamo quedaba congelado en un peso; d) produjo un aumento explosivo de la prima de riesgo-argentino: de un promedio de 8 puntos porcentuales (EMBI plus, Banco Morgan) en los doce meses anteriores a julio de 2001, esta variable saltó a un máximo histórico de 70 puntos porcentuales a principios de julio de 2002. En rigor, esta cuarta razón no vale por si misma dado que es una consecuencia de las tres primeras.

La gran suba del riesgo-argentino es nuestra explicación del “éxito” de la devaluación. La prima está correlacionada en forma negativa con el ingreso internacional de capitales, la absorción y el PBI, y en forma positiva con el tipo real de cambio.* En otras palabras, un aumento de la prima reduce el ingreso de capitales, la absorción y el PBI, y eleva el tipo real de cambio. Aquella gran suba provocó una salida de capitales más grande aun que la registrada en ocasión de la hiperinflación. De recibir un promedio de 300 millones de dólares mensuales en los doce meses anteriores a julio de 2001, la economía argentina pasó a expulsar 3100 millones por mes entre febrero y abril de 2002; este giro determinó una contracción de la absorción próxima a 30% en dicho trimestre y una casi triplicación del tipo real de cambio.

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La ecuación 11 informa que el tipo real de cambio, e, es un cociente entre el nivel de precios mayoristas del área monetaria de referencia, P*, multiplicado por el tipo de cambio nominal, E, y el nivel de precios al consumidor del país, P. La devaluación elevó por vía directa el nivel de precios de los bienes comerciados (aproximado por E.P*) y contuvo por vía indirecta el nivel de precios de los bienes no comerciados (aproximado por P). La primera parte de esta afirmación está explicada por la ecuación y es producto del arbitraje internacional de mercaderías. La segunda parte está explicada por el colapso de la demanda de servicios.

El cuadro 5 sintetiza el comportamiento temporal de estas variables. El punto de partida corresponde a diciembre de 2001, el mes anterior a la devaluación. Note sobre todo las trayectorias del tipo de cambio nominal y el nivel de precios al consumidor. En junio de 2002, el tipo de cambio había aumentado un 263% y el nivel de precios al consumidor, apenas un 31%, mientras el tipo real de cambio se ubicaba un 181% por encima del nivel de diciembre, muy cerca del nivel promedio de las décadas de 1970 y 1980, cuando Argentina expulsaba capitales casi sin interrupción. También contribuyeron a contener la inflación el congelamiento de las tarifas de los servicios públicos y el establecimiento de retenciones a la exportación de productos agropecuarios e hidrocarburos. Advierta, asimismo, que el tipo real de cambio fue cayendo a medida que la salida de capitales se desvanecía hasta anularse en diciembre de 2003.

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Cabe preguntarse, finalmente, por qué motivo se redujo la salida de capitales a partir de abril de 2002. Nuestra tesis es la siguiente. A fines de abril o principios de mayo sucedieron dos cosas importantes desde el punto de vista monetario. El tipo de cambio se escapó por encima de 4 pesos por dólar y el gobierno entró en estado de pánico; el gobierno predicaba que seguiría una política de “libre flotación” pero sabía muy bien que la depreciación del peso se reflejaría en una mayor inflación, mayor cantidad de personas por debajo de la línea de pobreza, asaltos a supermercados y eventuales problemas de gobernabilidad (recuerdos de la hiperinflación). A la vez, la misma suba del tipo de cambio permitió que las reducidas reservas internacionales del BCRA (expresadas en pesos) igualaran e incluso superaran a la base monetaria. Sin ningún tipo de anuncio oficial, los agentes financieros fueron infiriendo desde junio la verdadera política cambiaria a partir de las intervenciones diarias del BCRA en el mercado de cambios. A mediados de 2003, resultaba claro para el mercado financiero que el gobierno aplicaba una convertibilidad informal, con un tipo de cambio que fluctuaba acotadamente en torno de 3 pesos por dólar y con la base monetaria respaldada en un 100% por los dólares contantes y sonantes que atesoraba el BCRA. Esta nueva convertibilidad, aunque informal y menos limpia que la original, proveyó la estabilidad y la gobernabilidad que explican la reducción de la prima de riesgo-argentino (medida por el bono post-default BODEN 2012), la reducción de la salida de capitales y la fuerte reactivación de los años 2003 y 2004.


* La absorción es una parte de la demanda agregada; es igual a la suma del consumo privado, la inversión privada y el gasto público. O sea que excluye la demanda de exportaciones.

Febrero 13, 2006

Informe Asegurador I

Filed under: Periodística — Jorge Avila @ 5:13 pm
Publicado el 30 de diciembre de 2005

1. ¿Qué gana y qué pierde Argentina con la entrada de Felisa Miceli en reemplazo de Roberto Lavagna en el Ministerio de Economía?

Con la designación de Miceli, el presidente Kirchner gana obediencia. Con la salida de Lavagna, el gobierno pierde un hombre de consejo y oficio, alguien consciente de los límites que una política económica no debe transgredir. En un mar calmo, el cambio de ministro no debería sentirse demasiado, pero en uno tormentoso la diferencia puede ser significativa.

2. ¿Considera que la inflación es un problema preocupante y de desarrollo sostenido o sólo responde a una situación coyuntural y pasajera? ¿Existen riesgos de que el país se encamine a una hiperinflación?

Mientras el dólar cueste tres pesos, lo cual exige un superávit fiscal y un stock de reservas internacionales apropiados, la inflación será coyuntural y pasajera, es decir, residual. Será una manifestación tardía de la devaluación de 2002, debida a la recuperación del precio en dólares de los servicios privados y públicos. Si se la enfrentara con inteligencia, no tendría que aumentar el índice de pobreza. Con este propósito, el gobierno debería seguir una política salarial lo más descentralizada posible en el sector privado, y los aumentos de salarios en el público deberían quedar subordinados al aumento de la recaudación y a la meta de superávit.

3. ¿Cómo evalúa la política del Gobierno en materia de precios y, en particular, las discusiones que el presidente mantiene con los supermercadistas? ¿Hay cartelización de las empresas o intervencionismo del Estado?

La política de control de precios y de condena pública de empresarios son una expresión de demagogia o el producto de la falta de comprensión del fenómeno inflacionario actual. Los cárteles no provocan inflación. ¿Por qué motivo la provocarían recién ahora y no cuando se constituyeron como tales hace muchos años? Los cárteles venden a mayores precios que las empresas que operan en mercados competitivos; es decir, provocan un aumento de una vez y para siempre de ciertos precios, pero la inflación es otra cosa: un aumento sostenido del nivel general de precios. En la Argentina presente, el peligro no es la inflación; el peligro es la acción del gobierno contra la inflación.

4. ¿Cómo analiza la situación de los servicios en materia de Energía, Agua y Transporte?

Con mucha preocupación, pues la situación es crítica. Es lisa y llanamente incomprensible que a cuatro años de una devaluación del 200% las tarifas permanezcan congeladas en los niveles de la década pasada. El bajo precio relativo de la energía, el agua y el transporte aumenta la demanda y reduce la oferta; el saldo es la crisis. Salvo la industria, gran parte de la economía argentina está seriamente discriminada vía retenciones, congelamientos o falta de compensaciones por la pesificación asimétrica.

5. ¿Cuál es la economía que viene en el corto y mediano plazo?

El gobierno seguirá cumpliendo el programa económico de la UIA: dólar alto, superávit fiscal alto y aranceles y trabas de importación expeditivos para amparar a la producción local de la competencia extranjera, incluso de la competencia brasileña. En el corto plazo, veo estabilidad macroeconómica e inversiones de reposición y en la industria protegida; en el largo, veo pocos proyectos de inversión en gran escala (transporte, agua, energía).

6. ¿Cómo analiza el anuncio del Presidente sobre la cancelación de la deuda con el FMI?

Por primera vez en mi vida coincido con un comunicado económico del comité central de la UCR. Este dice que la decisión del gobierno es innecesaria y peligrosa. Lo primero, porque cancela en un pago una deuda que podía pagarse en cuotas o bien refinanciarse por medio de un acuerdo cuyas principales condiciones el gobierno cumple por decisión propia hace tiempo. Lo segundo, porque invierte en la cancelación casi el 40% de las reservas internacionales que tiene el BCRA para sostener el tipo de cambio en caso de corrida, evento de probabilidad nunca despreciable en la historia argentina.

El superávit fiscal y la convertibilidad informal del peso que rige hasta la fecha son los dos factores que aseguran la estabilidad macroeconómica que goza la Argentina desde 2002. El poder del segundo ha quedado socavado por esta decisión.

Propuesta de Federalismo Fiscal

Filed under: Académica — Jorge Avila @ 4:44 pm

Los dos grandes intentos de estabilización del último cuarto de siglo, la tablita y la convertibilidad, terminaron en tragedia. En ambos casos, el gasto público fue la causa más importante de la devaluación. Para desafiar el paso del tiempo y sobrevivir, el tercer intento exigirá la aplicación de una regla de déficit cero, circunstancia que supone una reforma del Estado. Ahora bien, ¿qué es el Estado? En los grandes números, el Estado a reformar es la suma de las erogaciones de provincias y municipios, o gasto público subnacional. El gasto subnacional representa nada menos que 75% del gasto público que podría ser racionalizado. Excluyo el gasto nacional pues está compuesto primordialmente por jubilaciones e intereses de la deuda, que son rubros no racionalizables.

La pregunta es cómo se hace la reforma en un país federal. Muchos observadores, en su mayoría porteños, han propuesto que el país se regionalice; en otras palabras, que dos, tres o cuatro provincias chicas fusionen partes de sus respectivas administraciones a fin de reducir sus costos de funcionamiento. No comparto esta visión del problema. Es lesiva de las autonomías provinciales, es voluntarista, y es miope en el plano fiscal y en el del desarrollo de las democracias provinciales.

I

A principios del siglo XX regía en nuestro país una clara estructura de imputabilidad fiscal. La Nación financiaba sólo un 5% del gasto público provincial. Este hecho aseguraba un auténtico federalismo fiscal y garantizaba la vigencia del principio de correspondencia. En buen romance, hay correspondencia fiscal cuando existe un vínculo entre las decisiones de gasto del gobierno provincial y el esfuerzo contributivo de los votantes provinciales. La correspondencia fiscal es la llave para una buena gestión del gasto público; sólo ella nos asegura que el gasto no excederá el nivel que los votantes están dispuestos a pagar y nos garantiza que su composición se ajustará a las demandas de la población.

A partir de 1935, pese a la crítica de prestigiosos constitucionalistas, las provincias cedieron potestades tributarias sustantivas a la Nación. Como consecuencia, la Nación pasó a fijar bases de imposición y alícuotas, y a recaudar y coparticipar recursos a las provincias. En la actualidad, más del 60% del gasto público de las provincias reconoce financiamiento nacional, circunstancia más propia de una organización unitaria que de una federal. En casos extremos, como los de Catamarca, La Rioja y Formosa, el 93% del gasto provincial se financia con remesas nacionales. El principio de correspondencia fiscal está quebrado. Sus consecuencias son graves y conocidas por todos.

Magnifica el gasto público provincial. Vivo en Buenos Aires pero vengo de San Juan. En una ocasión, de llegada a la casa de mi madre reparé en una obra de mejora de una plaza cercana a su domicilio. Después de saludarla, le pregunté qué le parecía la obra; me dijo que no estaba al tanto del tema. Le pregunté, entonces, si el gobierno le había cobrado alguna contribución especial; me respondió que no. Volví a la carga; le pregunté si no prefería que el gobierno invirtiera ese dinero en la construcción de un ala nueva en el hospital Rawson o aulas adicionales para la escuela Sarmiento. Entre franca y harta del interrogatorio, ella exclamó: "¡Que mejoren la plaza no más! Total, es plata de Buenos Aires." Sabemos que no es plata de Buenos Aires, ya que la coparticipación federal y los otros fondos comunes que reparte la Nación se alimentan de impuestos recaudados a lo largo y ancho del país; sin embargo, el razonamiento de mi madre es impecable. Ella está al día con sus impuestos, pero no advierte ninguna conexión entre las decisiones de gasto adicional de la provincia y su esfuerzo tributario, y no la advierte porque no existe. La Nación afronta el costo político de recaudar, la provincia recibe el beneficio político de gastar, y el ciudadano mira con indiferencia el ir y venir de fondos. Nada lo incentiva a controlar, indignarse y reclamar una buena gestión del gasto público en su jurisdicción. A caballo regalado no se le miran los dientes.

Reduce el cumplimiento impositivo. La evasión impositiva es muy elevada en nuestro país. Sus causas son varias y complejas, pero el régimen de coparticipación no está exento de culpa. ¿Qué incentivo tiene, por ejemplo, el gobernador de San Juan para colaborar con los inspectores de la AFIP en la detección de evasores, cuando por cada $100 que se recauden gracias a la movilización de su policía y el cierre de negocios locales la provincia recibiría apenas $1,90? (El gobernador hace esta cuenta: $100 multiplicados por 0,57, que es la participación primaria de las provincias, multiplicados por 0.0338, que es la participación secundaria de San Juan, es igual a $1,90.) Con respecto a la Nación, aunque la distorsión de incentivos en este caso es menor, cabe preguntar: ¿no se esforzaría más la AFIP si de cada $100 recaudados la Nación pudiera gastar $100 en vez de los $43 que le asigna el régimen de coparticipación?

Premia el lobby. Con regímenes de distribución de fondos como la coparticipación, existe un poderoso incentivo para que los gobernadores inviertan mucho ingenio, esfuerzo y tiempo en Buenos Aires, en el intento de modificar las reglas de juego a su favor. Un ejemplo en tal sentido es la promoción industrial basada en exenciones de grandes tributos nacionales sujetos a coparticipación, como IVA y Ganancias. De cada $100 que le cuestan las exenciones al país, una provincia como San Juan pierde $1,90 y gana la radicación industrial, y con ella una variedad de beneficios sobre el empleo, la actividad económica y las rentas generales de la jurisdicción. El saldo es netamente favorable a la provincia, y su consecuencia es obvia e inevitable.

Perpetúa las presiones de salvataje. Cuando el gasto público provincial se financia en tan alta proporción con recursos nacionales, la Nación sufre una consecuencia sutil pero recurrente. A los ojos de las provincias, el gobierno nacional se convierte en el responsable último de las caídas de las remesas de fondos, cualquiera fuera su causa. La paradoja es que históricamente la Nación ha asumido tal responsabilidad y ha convalidado los déficit de las provincias. Esta actitud sesga las finanzas provinciales hacia la bancarrota.

Crea un laberinto fiscal. En la actualidad rige un complejo sistema de remesas basado en: a) la coparticipación federal de impuestos, que distribuye la recaudación de los tres principales impuestos nacionales (Valor Agregado, Ganancias e Internos) de acuerdo con ponderadores “mágicos”, después de descontarle una pre-coparticipación para las grandes urbes y otra para el sistema previsional; b) varias coparticipaciones menores y paralelas, que distribuyen otras recaudaciones según criterios ad hoc, y c) aportes del Tesoro Nacional distribuidos en forma discrecional. No existe un criterio único de reparto, ni existe un organismo único que administre el reparto. Nos movemos dentro de un laberinto fiscal que hace imposible que el votante-contribuyente pueda identificar qué nivel de gobierno o cuál organismo estatal es el que gasta o grava y con qué fin. Está rota una relación beneficio-costo indispensable para asegurar la eficiente provisión de bienes públicos.

II

Sobre la base de datos de 1998, el último año normal de la economía argentina, la propuesta consiste en sustituir una suma cercana a $25.000 millones anuales que reciben las provincias por la aplicación de un par de impuestos obsoletos (Ingresos Brutos y Sellos) y en concepto de remesas nacionales (coparticipación federal de impuestos, otros fondos comunes y aportes del Tesoro Nacional), por una recaudación provincial propia de igual monto. Esto requiere tres cosas: a) implementar un nuevo sistema tributario provincial capaz de recaudar $25.000 millones por año de manera eficiente; b) rebajar la presión tributaria nacional, en vista de que la Nación dejaría de remesar fondos a las provincias; c) implementar un nuevo sistema tributario nacional que sea la imagen especular del nuevo sistema provincial.(1)

Con tal fin, proponemos lo siguiente. Primero, dividir el IVA en dos partes; un IVA nacional con una alícuota del 11% y un IVA provincial con una alícuota sugerida del 10%. Segundo, dividir el impuesto a las ganancias por mitades; un Ganancias Empresario, que recaudaría la Nación sobre el excedente empresario, con deducción automática del 100% de la inversión, y con una alícuota del 33%; un Ganancias Personales, que recaudarían las provincias sobre los ingresos laborales exclusivamente con una alícuota progresiva que promediaría el 11,4%; este tributo no gravaría ganancias de capital ni intereses sobre depósitos, rentas o alquileres. Tercero, dividir los impuestos internos y a los combustibles en una fase mayorista, que recaudaría la Nación en fábricas y destilerías, y en una fase minorista, que recaudarían las provincias en supermercados y estaciones de servicio; tanto la Nación como las provincias respetarían las alícuotas presentes.

Los impuestos provinciales serían recaudados separadamente por cada provincia. Que las provincias afronten el costo político de recaudar sus propios impuestos no es un detalle menor; por el contrario, es esencial para asegurar la vigencia del principio de correspondencia fiscal. La tabla que sigue ilustra cómo lucirían las finanzas nacionales y provinciales con la reforma en funcionamiento.

III

Por diseño, la completa descentralización que proponemos no alteraría el déficit fiscal de la Nación ni el del conjunto de las provincias. Pero cuando se evalúa su impacto en forma desagregada, salta a la vista un amplio abanico de desequilibrios. Desde un superávit equivalente al 150% del gasto provincial en la Ciudad de Buenos Aires, hasta déficits cercanos al 75% en jurisdicciones como Catamarca, La Rioja y Formosa. Con los niveles de gasto público de 1998 y aplicando las alícuotas sugeridas para los nuevos impuestos, surgirían tres grupos de provincias: el superavitario (Ciudad de Buenos Aires, provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza), el neutro (La Pampa, San Luis, Río Negro, Neuquen, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego) y el deficitario (todo el arco norte del país, desde San Juan hasta Entre Ríos, pasando por Jujuy y Misiones). Según nuestras proyecciones, el grupo superavitario acumularía un sobrante de $5.000 millones por año, en tanto el grupo deficitario incurriría en un faltante de igual magnitud.

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IV

La implementación de la propuesta nos obligaría a crear dos nuevas instituciones. Por un lado, deberíamos adoptar un nuevo sistema de transferencias interprovinciales, con el fin de hacer viable política y financieramente la reforma. Por el otro, deberíamos poner en funcionamiento un nuevo organismo, el fideicomiso federal, a fin de que el nuevo sistema de transferencias sea una promesa jurídicamente creíble.

El cálculo de las transferencias saldría de la siguiente fórmula:

(Gasto provincial per cápita promedio – Recaudación potencial per cápita de X) * Población de X

Es decir, la transferencia a la provincia deficitaria X sería igual a la cantidad de habitantes de la provincia multiplicada por la diferencia entre el gasto público provincial promedio del país y la recaudación potencial por habitante en la provincia X. La fórmula es equitativa, ya que si la provincia X gastara más que el promedio nacional, la transferencia no convalidaría tal política, y si gastara menos que el promedio la transferencia haría posible que elevara su gasto hasta el promedio. Incentiva el esfuerzo recaudatorio, puesto que si la provincia X recaudara menos que su recaudación potencial, la transferencia no convalidaría tal política, y si recaudara más que la recaudación potencial la transferencia le permitiría reducir su presión tributaria. Respeta el principio de correspondencia fiscal; como el monto de la transferencia es fijo, todo gasto adicional de la provincia X debería cubrirse con una mayor recaudación propia. Por último, las transferencias son autoextinguibles; las provincias  muy pobres las recibirían por décadas, pero las no tan pobres las recibirían durante un período no tan largo.

Esta fórmula combina aspectos de la experiencia canadiense, en cuanto al tratamiento de la equidad, y de la experiencia alemana, en cuanto consagra un sistema horizontal, entre provincias con superávit y provincias con déficit, sin la mediación de la Nación.

El fideicomiso federal juega en la descentralización tributaria un papel tan crucial como el sistema de transferencias horizontales. La Nación quedaría al margen del nuevo organismo, operativa y financieramente. La idea es aislarla de las presiones de salvataje tan frecuentes en nuestra historia. El fideicomiso estaría integrado por representantes de todas las provincias, calcularía y revisaría periódicamente el monto de las transferencias, y garantizaría que las transferencias sean prioritarias en los presupuestos de las provincias con superávit, que estas provincias no sean objeto de exigencias mayores que las pactadas y que no hayan gravámenes confiscatorios. En casos límite, las provincias que no cumplieran las normas podrían ser expulsadas del nuevo acuerdo federal y quedarían inhabilitadas para recaudar los nuevos tributos.

V

Nuestra propuesta no demanda una reforma constitucional. La constitución nacional de 1994 autoriza el régimen de coparticipación federal de impuestos, pero no lo impone. En consecuencia, para la adopción de la propuesta bastaría que el Congreso sancionara una ley convenio y que las legislaturas provinciales adhirieran a ella.

Cabe reflexionar, por último, sobre el profundo cambio organizativo que promovería nuestra propuesta de descentralización. En el presente, todas las jurisdicciones, salvo la Ciudad de Buenos Aires, reciben transferencias de la Nación. Con nuestra propuesta, las doce jurisdicciones más ricas del país, que suman el 75% de la población y el 86% del PBI, pasarían a moverse en un contexto de autonomía tributaria, independencia financiera y correspondencia fiscal. Y las doce jurisdicciones más pobres, si bien seguirían dependiendo de transferencias, también pasarían a moverse en ese contexto de autonomía tributaria y de respeto del principio de correspondencia fiscal, puesto que los aumentos del gasto público deberían cubrirse con similares aumentos de la recaudación propia. En suma, esta propuesta busca acercar nuestra organización fiscal federal al tipo de organización vigente en países definidamente federales como EEUU, Suiza o Canadá. En otras palabras, pretendemos que las legislaturas recuperen funciones elementales tales como el examen y la discusión de los impuestos y el gasto provincial, y que en este proceso la regionalización surja naturalmente como una posibilidad.

(En julio de 2009 volví a escribir sobre el tema. Para leer un extracto de lo que pienso ahora, haga click aquí.)

(1) La propuesta fue desarrollada en colaboración con Enrique Bulit Goñi, Oscar Libonatti, Horacio Piffano y Mario Salinardi, por encargo del Consejo Empresario Argentino. Por detalles, consulte el libro Propuesta de Federalismo Fiscal publicado por el CEA en noviembre de 2000.

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