Hace unas pocas semanas, Nora Bär, periodista de La Nación, escribió un interesante artículo sobre el ‘milagro’ económico de Nueva Zelanda. Ilustra el fenómeno con dos ejemplos: el notable aumento de las exportaciones de vinos y el impresionante desarrollo de las exportaciones de productos lácteos hasta capturar un tercio de las exportaciones mundiales.
Pero lo que hace al artículo atractivo y engañoso a un mismo tiempo, es la explicación del milagro. De acuerdo con ella, la política de apertura comercial que aplica Nueva Zelanda desde 1984 no tuvo arte ni parte en el boom exportador. Por encima de todo, éste sería consecuencia del estímulo oficial a la investigación científica aplicada, de la colaboración de grupos privados y gobierno, y de la voluntad de innovar y hacer las cosas bien.
Nadie en su sano juicio puede sentirse contrariado por esta interpretación del milagro. De hecho, fue aprobada, según parece, por muchos lectores del diario. Algo que no me extraña, puesto que apela al sentido común, a la voluntad de superación, a los beneficios del trabajo conjunto a largo plazo entre el gobierno y el sector privado y al espíritu sarmientino de nuestra clase media. Pocos días después, una carta de lector daba cuenta de la mezcla de deslumbramiento y desaliento que sintió el ingeniero que la había escrito luego de leer el artículo. Me enteré de la carta gracias a mi suegro, también ingeniero y propenso a creer que todo puede resolverse con voluntad y tecnología. El artículo despertó en él los mismos sentimientos que en su colega. Entre intrigado y resignado, mi suegro preguntó por qué ellos pueden y nosotros no, en vista del potencial argentino en materia vinícola y láctea y de la similitud de ambos países.
Entre otras cosas, el razonamiento económico nos sirve para evitar el desaliento y la resignación por motivos equivocados. Mucho del desaliento y la resignación que se adueña de la población se debe a que el periodismo y los políticos analizan temas esencialmente económicos con sentido común, en el mejor de los casos, y con voluntarismo casi siempre. El sentido común, por lo general, es la negación del criterio económico. Y el voluntarismo es la negación de las fuerzas impersonales que se expresan en los mercados.
La investigación aplicada y el desarrollo tecnológico fueron, en todo caso, condición necesaria para el aumento de las exportaciones de vinos y productos lácteos de Nueva Zelanda. La condición suficiente fue la apertura comercial del país. Si Nueva Zelanda no hubiera abierto sus puertas al libre comercio, no habríamos observado tal crecimiento exportador, y esos científicos y técnicos hubieran emigrado a otros países. Y si no hubieran dispuesto de esos científicos y técnicos, en una Nueva Zelanda abierta al libre comercio, los empresarios habrían detectado el negocio de producir para la exportación vinos y lácteos y habrían repatriado o contratado en el exterior los científicos y técnicos necesarios. La punta del ovillo no es la educación y la investigación sino el negocio exportador.
Todo impuesto a la importación es un impuesto a la exportación. Si el gobierno fijara un impuesto prohibitivo sobre todas las importaciones, las importaciones se anularían, igual que las exportaciones, aun cuando no hubiera retenciones sobre éstas. Un país que no puede importar no necesita exportar para generar divisas. En igual sentido, si el gobierno fijara una retención prohibitiva a las exportaciones, éstas desaparecerían, lo mismo que las importaciones, aun cuando no hubiera impuestos que penalizaran el ingreso de las últimas. Un país que no puede exportar no genera divisas para importar.
Lo contrario sucedería si el gobierno eliminara los aranceles y cuotas a la importación, además de las retenciones que obstaculizan la exportación. Aumentarían de la mano las importaciones y las exportaciones. El país se abriría así al comercio mundial.
En suma, en este campo vale una suerte de mandamiento que dice “exportarás lo que importes”. No es un invento mío. Se trata del principio de simetría de Lerner. La UIA no lo entiende, ni le conviene entenderlo. Aunque el mayor enigma económico-político de la Argentina es que ni siquiera la SRA lo entienda ni lo defienda. (Para leer el artículo de Bär, haga click aquí.)
Post Data: La reducción o eliminación de aranceles y cuotas a la importación aumenta la exportación y la importación (se contrae la producción local de alto costo relativo). La exportación aumenta dado que el costo de producción disminuye. Esto sucede por dos causas: 1) se abaratan los insumos importados; 2) se ‘adelanta’ el tipo de cambio; es decir, se reduce el costo en dólares de los servicios laborales y de otro tipo que se emplean en la actividad exportadora. La producción local disminuye y las importaciones aumentan debido a la reducción del precio interno de los productos importados.


