Milton Friedman, 1912-2006
De acuerdo con el criterio de John Maynard Keynes, similar al que había establecido medio siglo antes Alfred Marshall, un gran economista debe combinar condiciones de matemático, historiador, filósofo y estadista. De un gran economista no se espera genialidad en cada una de estas áreas sino una rara y escasísima combinación de talentos. Sobrada evidencia señala que Milton Friedman fue uno de los grandes economistas del siglo XX, pues además de esa canasta de talentos, fue un hombre de suerte. Nació en el país justo, EEUU, donde se gestan las grandes corrientes mundiales, y llegó a su madurez en la época justa, alrededor de 1960, cuando comenzaba a fallar el paradigma keynesiano.
Decidí estudiar en la Universidad de Chicago porque quería conocer y escuchar a Friedman, el líder de la escuela económica de Chicago. Pero recién ingresé en la Universidad en 1980. Hacia entonces Friedman ya había ganado el premio Nobel, no era parte del staff permanente de profesores y se había convertido en una celebridad mundial. Mi viaje no fue en vano, desde luego. Me perdí el aspecto turístico, aunque no el sustantivo: allí continuaban enseñando y debatiendo sus colegas de décadas, había una visión económica coherente y la atmósfera social, intelectual y científica de la escuela era omnipresente. Durante mi estadía, Friedman visitó la Universidad dos veces y cada vez fue un acontecimiento importante. Una nube de profesores lo rodeaba y los estudiantes se agolpaban en los angostos pasillos del edificio de Ciencias Sociales. Tenía una presencia inusual y llamativa. Recuerdo en especial la primera vez que lo vi. Medía apenas 1 metro 60, era calvo y de cabeza grande (una versión pequeña de Jacobo Timerman); vestía desprolijamente; en aquella ocasión llevaba un traje celeste y la corbata bordó de acetato de la Universidad, y calzaba un par de botas de color naranja y gruesa suela de goma como las que usan los obreros y los estudiantes en el largo invierno de la ciudad de los vientos. En medio del enjambre de admiradores, iba a dar una conferencia en el salón de actos del edificio gótico, austero y no muy espacioso de Ciencias Sociales.

Friedman en su época dorada, alrededor de 1964
Subió al estrado de un salto (andaba entonces por los 68 años), se reclinó informalmente sobre el atril y preguntó a una audiencia que rebalsaba el salón de qué temas quería hablar. Un estudiante negro preguntó sobre la discriminación en el mercado laboral, una estudiante preguntó sobre una polémica ley de aborto y, entre muchas otras preguntas, alguien quiso saber sobre la marcha de política monetaria británica de Margaret Thatcher. Les contestó a todos con fluidez y ejemplos muy ilustrativos. Tenía fama de provocador y gran polemista; sin embargo, en aquella ocasión no fue necesario que esos atributos salieran a relucir; todos profesábamos la misma fe. De las respuestas sobre discriminación laboral y la ley de aborto no recuerdo nada que me sorprendiera; eran las clásicas de sus libros de difusión y de otros profesores. La respuesta sobre la política monetaria británica, en cambio, merecería que se la recordara con un monolito. Fue una síntesis perfecta de sofisticación monetaria y vuelo histórico. Arrancó definiendo la política de control de la oferta monetaria que se aplicaba en Gran Bretaña, luego destacó la incertidumbre que reinaba sobre el cumplimiento de las metas de crecimiento monetario, después identificó las divisiones que provocaba la nueva política en el gabinete de Thatcher y en el Parlamento, y por último reconstruyó el impacto de la composición del Parlamento británico sobre las políticas cambiaria y monetaria entre el gobierno de Thatcher y el del primer ministro Gladstone, a fines del siglo XIX. Sólo una vez más pude presenciar semejante virtuosismo; fue en el Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, a mediados de la década de 1990, cuando Henry Kissinger respondió a una pregunta sobre la situación rusa del momento remontándose hasta el Congreso de Berlín de 1878.
Su relación con los estudiantes argentinos fue muy buena y fructífera. Carlos Rodríguez lo definió para Ámbito Financiero como un gran teórico monetario y como un gran profesor que promovía el debate y mantenía la absoluta atención de estudiantes que desbordaban el aula, y agregó que no era un político sino un ideólogo. Adrián Guissarri y Víctor Elías dan su opinión sobre el gran hombre en las páginas de La Nación del día de la fecha. Pero antes de dejar estos párrafos de impresiones personales, quiero consignar dos circunstancias que facilitan el balance de su personalidad. Un compañero de estudios se acercó a hablar con él; apenas supo que era argentino le recriminó que el país protegiera a criminales nazis y de ahí en adelante la conversación fue imposible. Un alumno que alguna vez intentó hacer la tesis de doctorado bajo su dirección recibió una lección ruda pero invalorable. Había ido a verlo a su oficina con un paper preliminar; el profesor Friedman le preguntó cuál era el punto del paper y el alumno respondió que el paper tenía, en rigor, tres puntos; Friedman, presa de la indignación, golpeó el escritorio y exclamó: I only want a big point! La lección es que un paper debe tener sólo un punto, en lo posible trascendente; dos son fuente de confusión y tensión, y ninguno es simplemente una estafa.
En una magnífica nota necrológica de The New York Times, reproducida por La Nación en parte, Alan Greenspan señala que, “en el largo plazo, lo único importante serán sus aportes académicos, si bien no habría que despreciar el profundo impacto que sus opiniones ya han tenido sobre el público norteamericano”. Samuel Brittan, el famoso periodista británico que escribe sobre temas políticos y económicos, en otra de las tantas notas necrológicas que han invadido los diarios y las páginas de Internet, relata en el diario inglés Financial Times, con conocimientos de primera mano, su vida privada y profesional y su obra académica. Siguen sus principales contribuciones académicas:
1953: Ensayos sobre Economía Positiva. En el artículo sobre Metodología de la Economía Positiva argumenta que la utilidad de una teoría, en las ciencias naturales y en las sociales, depende del éxito de sus pronósticos y no del realismo descriptivo de sus supuestos. Uno de sus famosos ejemplos sobre esta proposición corre así: las hojas del árbol se expanden hasta maximizar el área de exposición al sol; el valor de la teoría depende de que la expansión de las hojas guarde relación con el pronóstico y no de que el árbol haga un esfuerzo consciente en tal sentido. Esta posición sobre el método científico generó una gran controversia.
1957: Teoría de la Función Consumo. Para algunos es su principal logro científico. Postula en teoría y prueba con evidencia empírica que el consumo depende del ingreso permanente. Es decir, el nivel del consumo de las familias y del país no depende de ingresos transitorios sino del ingreso esperado de largo plazo. Este resultado tiene dos implicancias importantes: a) no hay motivo para que el capitalismo sufra un estancamiento por sub-consumo, como el keynesianismo postulaba hasta entonces; b) la política fiscal contra-cíclica no debería tener un impacto apreciable sobre la actividad económica puesto que los consumidores ignorarán los cambios transitorios en el ingreso disponible asociados a rebajas o aumentos de tributos.
1963: Una Historia Monetaria de EEUU, 1867-1960, con Anna J. Schwartz. Para muchos, entre los que me cuento, es su obra maestra. Demuestra el papel activo que tuvo la oferta de dinero en la historia macroeconómica de EEUU y, en particular, en la Gran Depresión, que es atribuida a errores del directorio de la Reserva Federal y no a una inherente inestabilidad de la inversión en el sistema capitalista como se postulaba en la post-guerra.
1967: El Rol de la Política Monetaria. Este es el título de su discurso como presidente de la American Economic Association. Para muchos, un aporte más importante que sus estudios sobre historia y teoría monetaria. Con algunas líneas que se elevan a la poesía, este artículo elabora una predicción que Friedman hizo en la década de 1950, cuando sostenía que había una falla fundamental en la teoría macroeconómica keynesiana: “Esperen que el desempleo aumente y que la inflación suba, al mismo tiempo”. Para Paul Krugman este fue uno de los logros intelectuales decisivos de la post-guerra. Esa mezcla sin precedentes de desempleo e inflación crecientes se llamó stagflation y arrasó la credibilidad del keynesianismo en la década de 1970.
Milton Friedman sufrió muchas demostraciones de repudio a lo largo de su vida. De parte de izquierdistas, que le enrostraban su colaboración con el régimen de Pinochet olvidando que también asesoró al gobierno comunista de China; de parte de economistas académicos, para quienes era un simplón (un flat-earther, alguien que seguía creyendo que la Tierra es plana), o de parte de muchos otros para quienes era un lunático. No quiero opinar sobre la singular naturaleza de este hombre ahora. Los links que contiene el post le permitirán a cada uno que forme su opinión al respecto. Pero esta reseña estaría definitivamente incompleta si pasara por alto el carácter fogosamente libertario del personaje.
Friedman fue un firme y convencido defensor de las libertades individuales, y del derecho de propiedad, al que consideraba el aspecto fundamental de una organización económica. Escribió y militó a favor de la derogación del servicio militar, de la despenalización de la droga, de la eliminación de la educación pública (en su defecto, propiciaba un subsidio estatal vía voucher a la educación privada), del carnet para manejar automóviles o de la licencia para ejercer la medicina. En una ocasión, acusado de que se le había ido la mano en su campaña anti-estatista, respondió que "en cada generación tiene que haber alguien que vaya hasta el fondo, y eso es lo que creo que hago.” Fue un liberal clásico, o un libertario, como se dice en EEUU. Aparte de la defensa, la justicia y la seguridad, hasta donde llega mi conocimiento, el control de la oferta monetaria era la única función gubernamental a la que no se oponía.
Sólo me resta consignar que fue un hombre eminentemente feliz. Tuvo suerte en la vida; él mismo apuntó las razones: sus padres adolescentes emigraron a tiempo a EEUU y así pudo nacer como ciudadano pleno de este país; un profesor de geometría de la escuela secundaria le descubrió el paralelo entre la Ode to a Grecian Urn de Keats y el teorema de Pitágoras y así pudo apreciar la belleza matemática; ganó una beca para estudiar en la Universidad de Rutgers y así pudo conocer a dos profesores que le señalarían el camino profesional; en la primera clase como alumno en la Universidad de Chicago le tocó sentarse, por orden alfabético, al lado de Rose Director y así pudo conocer a su futura esposa y compañera hasta el día de su muerte. Pero no todo en su vida se debió a la buena suerte. George Stigler, el entrañable compañero de estudios y colega en la Universidad de Chicago, escribió que “Milton tenía un don maravilloso, que consistía en despertar el interés de la gente importante”. Como en toda vida exitosa, además de suerte, hubo talento, confianza en la propia capacidad de razonar y persuadir, perseverancia y una indispensable cuota de ingenuidad.