Este post forma parte de una serie dedicada a la evaluación de algunas aperturas comerciales clásicas. En esta ocasión trataré el caso japonés. Una férrea determinación nacional gobernó el caso chileno; el NAFTA jugó un papel decisivo en el caso mexicano; el rasgo distintivo del caso español fue su carácter supranacional. El de Japón, su carácter forzado. España importó instituciones en forma voluntaria de la UE; Japón las importó involuntariamente de EEUU. Pero tanto en el primero como en el segundo caso la percepción de irreversibilidad que se formaron los inversores fue tan acentuada que el crecimiento exportador y económico en general resultó fulminante (pese a grandes caídas del tipo real de cambio en ambos casos).
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La apertura forzada de Japón
Al término de la Segunda Guerra mundial, el empobrecimiento de Japón era alarmante. El país había perdido 36% de la riqueza nacional, la producción de bienes de consumo era 68% menor que en el período 1935-1937, y la producción minera, industrial y de bienes de capital era 92% menor que en ese período. (Ávila, 1989c.) El gobierno japonés aceptó los términos de la rendición incondicional establecidos en la Declaración de Postdam, firmó el respectivo documento en el buque de guerra norteamericano Missouri, anclado en la bahía de Tokio, en septiembre de 1945, y las Fuerzas Aliadas ocuparon el país de inmediato bajo el mando del general MacArthur. (Tsuru, 1993, pág. 11.) Así comenzó un largo proceso de vasta reforma institucional, normalización y apertura económica signada inicialmente por la presión de la Autoridad de Ocupación, y más tarde por un sentimiento nacional que llevó a Japón a conformar y a adaptarse a las prácticas democráticas y comerciales del Occidente capitalista.
Por segunda vez en menos de un siglo, el país iba a experimentar un giro en redondo desde la autarquía al libre comercio, además de un impresionante crecimiento económico, no por su propia voluntad sino por la ‘diplomacia del acorazado’ (O’Rourke y Williamson, 1999, pág. 54). En 1858, bajo la presión de los buques de guerra norteamericanos, Japón viró al libre comercio y recién recobró la plena autonomía arancelaria en 1899 (Tsuru, op. cit., pág. 42). Las exportaciones aumentaron en apenas quince años de casi nada a 7% del PBI (O’Rourke y Williamson, op. cit.). Advierta el poder de un arreglo irreversible de libre comercio para reasignar recursos a favor del sector exportable de un país.
La Autoridad de Ocupación dispuso desde el mismo inicio que la responsabilidad de la reconstrucción económica quedaba en manos de los japoneses, que la ruinosa situación del país era una consecuencia directa de su propia conducta, que los Aliados no se harían cargo del costo de reparación de los daños infligidos por los bombardeos y que no garantizarían el mantenimiento del nivel de vida de la población por encima del nivel de los países vecinos que habían sufrido la agresión japonesa. (Tsuru, op. cit., pág. 11.) En sintonía con esta filosofía, en el período 1945-1948, la Autoridad de Ocupación promovió reformas radicales en materia constitucional, educativa, industrial, fiscal, sindical y agraria que el parlamento japonés aprobó. Por ejemplo, Japón renunció en su nueva constitución al derecho soberano a la guerra; se prohibió la ideología militarista y nacionalista y se alentó una educación para la vida en democracia basada en el reconocimiento del valor y la dignidad del individuo y de la libertad académica (freedom of inquiry); se fijó el objetivo de disolver los zaibatsus (grupos semi-monopólicos multi-industriales) que según la Autoridad de Ocupación habían amasado grandes fortunas apoyando las invasiones del Japón imperial; se diseñó un sistema tributario que hacía hincapié en el auto-financiamiento de las prefecturas (equivalentes a las provincias) y establecía un IVA provincial; se estimuló la formación de sindicatos fuertes y la concesión de ventajas sustanciales a los trabajadores, aunque se prohibieron las huelgas de empleados públicos y de empleados en empresas de servicios públicos, y se propició la sustitución del pago en especie del canon de la tierra agrícola por el pago monetario y la desconcentración de la tenencia de la tierra. (Ibid, cap. I.)
A diferencia de la Reforma Meiji en el propio Japón de mediados del siglo XIX y de las aperturas de Chile, México y España, en el Japón de la segunda post-guerra no actuó un equipo de cambio local, es decir, un grupo de tecnócratas nacionales sensible a la realidad política y con capacidad para debatir, proponer e instrumentar reformas. En los casos arriba citados, las reformas se debieron a iniciativas de la Autoridad de Ocupación; hubo políticos y especialistas del país que opinaron o que opusieron alguna resistencia, pero en términos generales la dirigencia japonesa se hallaba en estado de postración psicológica y/o mental (Ibid, pág. 15).
En los primeros años de la post-guerra, la intervención oficial se ramificaba a todos los mercados. Controlaba, por ejemplo, el comercio internacional y el mercado de cambios. Sólo podían importarse materias primas (alimentos y algodón) y mercaderías necesarias para propósitos amigables y exportarse las mercaderías (textiles) justas para equilibrar la balanza de comercio. La economía japonesa era virtualmente autárquica. El gasto público, por su parte, aumentaba en forma descontrolada debido a compromisos militares asumidos durante la guerra y a préstamos para la reconversión industrial desde la economía de guerra a la de paz. En 1946 la inflación anual trepó a un 370%. Sucesivos planes de estabilización fracasaban. (Avila, op. cit.) La orientación general de la política económica era estatista y socializante. En diciembre de 1947, el senador William Knowlands declaró en el Congreso de EEUU que respondía a la inspiración de progresistas irresponsables (irresponsable New Deal radicals). (Tsuru, op. cit., pág. 41.)
La creciente impresión en Washington de que el enfoque económico de la Autoridad de Ocupación era un fracaso y, sobre todo, tres sucesos internacionales produjeron un brusco giro en la política económica para Japón. La exitosa marcha de los comunistas chinos hacia el poder, las tensiones cada vez mayores entre EEUU y URSS (principios de la guerra fría) y la erupción de la guerra de Corea (que aumentó la utilidad de las islas japonesas como bases de abastecimiento militar), convencieron a EEUU de que la venganza era demasiado costosa y que lo mejor era convertir a Japón en el ‘taller de Asia’ y en un baluarte contra el comunismo. (Ibid, cap. II.)
El gran giro empezó a concretarse en diciembre de 1948, con el Programa de los Nueve Puntos, y en febrero de 1949, con la llegada a Tokio del banquero Joseph Dodge, enviado especial del presidente Truman con rango de ministro. En esencia y semanas apenas, Dodge prescribió que el déficit fiscal debía transformarse en un superávit en 1949 y que había que ordenar el mercado de cambios; también se transmitió que la política de disolución de los zaibatsus se oponía al objetivo de hacer de Japón el taller de Asia y un efectivo aliado en la guerra fría. Se fijó de inmediato el tipo de cambio en 360 yenes por dólar, luego de años de debates inconducentes, aunque el control de cambios perduró un buen tiempo; se congeló el proceso de disolución de zaibatsus, y antes de cumplirse el año el superávit fiscal superaba los pronósticos más optimistas. Se empezó a rescatar deuda pública, la oferta monetaria se redujo inicialmente y luego pasó a crecer en forma consistente con la estabilidad de precios (la inflación en 1950 descendió a un 18% anual y en 1952, a un 2%), se suspendieron los préstamos oficiales para la reconversión y se eliminaron subsidios para la industria. (Avila, op. cit.)
En abril de 1952, Japón firmó un Tratado de Paz por separado con EEUU, las Fuerzas Aliadas desocuparon el país y éste reconquistó su independencia. En este especial contexto, las relaciones internacionales se transformaron en un tema sumamente importante. La paz por separado significaba que el país había quedado abrazado a uno de los antagonistas en la guerra fría y que se había convertido en poco menos que enemigo del otro. Dado que Japón era un país demasiado pequeño o débil para tomar iniciativas internacionales, aun como un líder moral, lo más aconsejable era asumir su posición y no perturbar en absoluto la paz mundial. Tal era el interés nacional básico. (Tsuru, pág. 64.) Ese mismo año, Japón ingresó a las Naciones Unidas, al FMI y al Banco Mundial y quedó en condiciones de acceder al crédito internacional, y en 1955 fue aceptado como miembro ordinario del GATT y empezó a recorrer el camino de la liberalización del comercio exterior y de capitales por consejo de dichos organismos internacionales. Altos funcionarios y tecnócratas de Japón pensaban que la apertura era demasiado prematura, pero se impuso la idea de que constituía el precio de volver a formar parte de la comunidad de naciones. (Kikuchi, 1993, pág. 132.) El gobierno tenía bien en claro que su plan de liberalización del comercio exterior era una promesa impostergable ante la comunidad de naciones. (Ibid, pág. 134.) Lo dicho en este párrafo revela la percepción de irreversibilidad que acompañó a la apertura japonesa, y en nuestra opinión es la razón básica de su éxito global: inversión, exportación y convergencia del ingreso per cápita japonés en el nivel del ingreso per cápita norteamericano.
El proceso de apertura puede dividirse en tres etapas: 1950-1958, 1959-1970 y 1971-década de 1980. Primera etapa: Prevaleció una secuencia de decisiones de carácter esencial, propia de un país que transita de la ocupación militar a la autonomía política. En 1950 se privatizó por completo el negocio de exportación e importación y se relajaron restricciones de importación; en 1953 se abrieron oficinas de información comercial en el exterior, y en 1955, por medio del GATT, se ganó concesiones arancelarias en 17 países sobre 288 ítems y se concedió concesiones sobre 248 ítems. Como consecuencia, las exportaciones a EEUU y Canadá aumentaron en forma sustancial.
Segunda etapa: Después de sucesivos booms de inversión privada y crecimiento económico, a fines de la década de 1950 Japón completó su recuperación. Por requerimiento del FMI y otros organismos internacionales, se aceleró la eliminación de cuotas de importación (aspecto clave en una liberalización comercial) y así el grado de apertura se elevó de 41% en 1960 a 88% en 1962. Se reemplazó el método de la lista positiva de restricciones cuantitativas por el de la lista negativa, cuya ventaja reside en que los ítems no nombrados gozan de libertad plena de importación, aunque pagando el arancel correspondiente. La cantidad de ítems no liberalizados cayó de 439 en 1962 a 40 en 1970. En 1963, Japón devino miembro pleno del GATT en reconocimiento al progreso de la apertura. En 1964, abolió los estímulos impositivos a la exportación, obtuvo el status del artículo VIII del FMI pues había eliminado todas las restricciones cambiarias sobre las transacciones corrientes, ingresó a la OECD y prometió liberalizar las transacciones de capital. En 1967, permitió la inversión extranjera directa en hasta 50% del capital de 33 sectores industriales; en 1971 el número de sectores liberalizados ascendía a 700 y en 1973 sólo el 20% de la industria retenía restricciones a la IED. Por último, entre 1968 y 1971 se practicaron sucesivas reducciones arancelarias de acuerdo con lo estipulado en la Ronda Kennedy del GATT. En esta etapa se enciman los pasos más importantes de la apertura japonesa.
Tercera etapa: Después de crecer con gran ritmo durante dos décadas hasta recuperar su gravitación de potencia mundial, Japón orientó su política comercial a la lucha contra las tendencias proteccionistas que se apoderaban del mundo por el shock petrolero, la turbulencia cambiaria y la recesión mundial pero también por el entendimiento de que su prosperidad dependía de manera crucial de la convivencia y la coordinación internacional. Así, en 1972 revocó la legislación sobre el ‘compre japonés’ y redujo en 20% los aranceles de 1865 ítems; en 1973 fue el país anfitrión de la Ronda Tokio e impulsó nuevas rebajas arancelarias sobre algunos ítems antes de lo programado, y a fin de aliviar las tensiones con EEUU y la CEE por el fuerte superávit comercial que acumulaba merced a la reactivación de la economía mundial, en 1976 aceptó auto-imponerse restricciones voluntarias a la exportación que afectaron al acero y los productos textiles en la década de 1970 y a los automóviles en la de 1980. En 1982 adelantó dos años las rebajas arancelarias previstas por la Ronda Tokio; en 1983 suprimió o redujo aranceles sobre 323 ítems y en 1984, aunque sus aranceles ya eran más bajos que los de otros países, llevó a cabo una eliminación y reducción adicional sobre 44 ítems que interesaban a los socios comerciales; en forma simultánea, adelantó un año la rebaja arancelaria prevista por la Ronda Tokio y eliminó o rebajó aranceles sobre 74 ítems (entre ellos, vinos, papeles y algunos productos agrícolas). (Avila, op. cit.)
La magnitud del suceso económico japonés es bien conocida o presumida por todos. El siguiente cuadro sintetiza la evolución de la participación de las exportaciones japonesas en las exportaciones mundiales (otra forma de medir el grado de apertura) y la convergencia del ingreso per cápita japonés en el ingreso per cápita de EEUU.

El coeficiente de apertura aumentó en forma sostenida de 7.6% del PBI en 1955 a 14% a principios de la década de 1970. El aumento de la participación de las exportaciones japonesas en las exportaciones mundiales fue incluso mucho más notable, como ilustra el cuadro. En productos manufacturados y en maquinaria y equipo, la participación japonesa se ubicaba en 16% y 22%, respectivamente, en 1975. (Tsuru, op. cit., pág. 85 y 183.) Por su parte, la convergencia del ingreso per cápita japonés en el ingreso de EEUU fue, asimismo, sostenida hasta la década de 1980, cuando el ciclo de fuerte apreciación y depreciación del dólar distorsionó la medición. Cabe consignar que durante el período considerado el tipo real de cambio (o poder de compra del dólar en el mercado interno japonés) cayó más de un 80%.
España importó voluntariamente instituciones políticas y económicas de la CEE; Japón las importó involuntariamente de EEUU. En ambos casos la percepción de irreversibilidad fue tan acentuada que provocó un boom de inversión y una intensa reasignación de recursos (trabajo, capital y capacidad empresarial) desde el sector sustitutivo de importaciones hacia el sector exportable. Esta es la hipótesis que pretendemos demostrar.
Referencia Bibliográfica
Avila, J. (1989c): Japón: De la Autarquía al Libre Comercio Lenta pero Linealmente, informe no publicado.
Kikuchi, K. (1993): El Origen del Poder (Historia de una Nación Llamada Japón), Editorial Sudamericana.
O’Rourke, K. y J. Williamson (1999): Globalization and History. MIT Press.
Tsuru, S. (1993): Japan’s Capitalism: Creative Defeat and Beyond. Cambridge University Press.