Hoy al mediodía participé en una mesa redonda sobre Enfoques Analíticos de la Inflación Argentina, junto a tres distinguidos economistas y amigos: Mario Teijeiro, Fernando Navajas y Daniel Heymann. A raíz de la intervención del INDEC y el rápido aumento de precios en los últimos meses, la inflación se ha transformado en el problema Nº 1 de la agenda económica nacional. Sigue a continuación mi intervención en el panel.
Voy a aprovechar esta ocasión para hablar sobre la naturaleza de la inflación que sufre el país desde 2003. Hay un serio problema conceptual en la interpretación del actual proceso inflacionario. Lo compruebo cada día que pasa. Medio mundo cree que la inflación se debe a una expansión excesiva de la oferta monetaria. Parece que la mayor parte de la profesión económica argentina se ha vuelto monetarista en el sentido más primitivo del término. Estoy desconcertado. Soy monetarista desde chico y no opino así. La causa de la inflación que padecemos no es un aumento excesivo de la oferta de dinero sino, fundamentalmente, una reducción gradual del tipo real de cambio. Experimentamos una inflación residual.
Muchos economistas no terminan de entender que un régimen cambiario no necesariamente es lo que se anuncia. En 2002, el entonces ministro Lavagna anunció que se adoptaba una “libre flotación” del peso. Muchos colegas le creyeron puesto que no se había aprobado ninguna ley que estipulara una fijación. En consecuencia, pasaron a explicar la inflación de acuerdo con el crecimiento de diversos agregados monetarios: circulante, M1, M2, M3. Y se asustaron al comprobar que estos agregados crecían más rápidamente que el PBI.
No obstante las declaraciones de Lavagna, en 2003 Argentina entró en un régimen de tipo de cambio fijo sui generis, que hace mucho denominé convertibilidad informal, ya que, en vez de estar avalada por una ley, está avalada por las intervenciones diarias del BCRA en el mercado de cambios. Desde entonces, el BCRA no ha hecho más que comprar dólares en el mercado de cambios con el propósito de fijar el tipo de cambio en un determinado nivel. De esta manera, ha acumulado un gran stock de reservas internacionales y ha expandido mucho la oferta monetaria. Tal como lo pronostica el enfoque monetario del balance de pagos.
Las tres ecuaciones que siguen dicen la misma cosa de distinta manera:

La primera ecuación informa que el índice de precios minoristas es un promedio ponderado de los precios de la canasta de bienes transables (soja, carne, heladeras y celulares) y de la canasta de bienes no transables (educación, salud, transporte). La letra griega alfa mide el peso de la canasta de bienes transables en el índice de precios minorista. Esta ecuación vale siempre, con tipo de cambio fijo o flotante.
La segunda ecuación informa lo mismo, con la aclaración de que el precio de la canasta de bienes transables es igual a su precio internacional P*, multiplicado por el tipo de cambio E, ahora fijo, y por el arancel promedio t sobre el comercio exterior.
La tercera ecuación informa lo mismo, pero esta vez enfatiza que el índice de precios minorista es igual al precio interno de la canasta de bienes transables más una crema variable que es función inversa del tipo real de cambio e (o función directa del precio de los bienes no transables PNT).
Cuando rige un tipo de cambio fijo, la oferta monetaria responde al crecimiento económico, a la tasa de interés y a la inflación residual derivada de la reducción del tipo real de cambio. P sintetiza las trayectorias de E, P* y PNT. Pero como E ha permanecido más o menos fijo desde marzo de 2003 (entre $2,82 y $3,10 por dólar), la inflación interna ha sido igual a la suma de las tasas de aumento de P* y PNT, más las variaciones del arancel promedio t.
El nivel de e surge del juego de importantes fuerzas macroeconómicas: flujo internacional de capitales, gasto público, superávit fiscal y arancel promedio. El ingreso de capitales y el aumento del gasto público (como porcentaje del PBI) bajan el TRC, pero el superávit fiscal y las retenciones a las exportaciones lo aumentan.
Desde 2003 han prevalecido las dos primeras fuerzas. El giro del movimiento de capitales desde una masiva salida de capitales a una moderada entrada y un gasto público que ha crecido más rápidamente que el PBI nominal explicarían la baja del TRC. Este fenómeno se refleja en un aumento del precio de los bienes no transables, o sea, una inflación residual. Las conclusiones son:
1. La inflación argentina es un fenómeno monetario, pero no depende de la oferta monetaria argentina sino del crecimiento de la oferta monetaria de EEUU. Porque cuando un país fija su tipo de cambio en términos del dólar se integra al área monetaria de EEUU.
2. A la larga, la inflación argentina convergerá en la tasa de inflación mayorista de EEUU, si el tipo de cambio permaneciera fijo en su actual nivel.
3. En la transición, habrá inflación residual. Esta dependerá de dos fuerzas que empujan en el mismo sentido: el ingreso de fondos externos y el aumento del gasto público. La primera ha estado presente en todo momento desde 2003; la segunda ha gravitado especialmente desde 2005: saltó de 22% del PBI en 2002 a 23.5% en 2004, a 25% en 2005 y a 28.5% en 2006; es mayor en 2007. El grueso de la futura inflación residual provendría del ingreso de fondos, que es todavía moderado; el gasto público debería generar poca inflación residual pues ya se encuentra en un nivel demasiado alto.
4. Una devaluación sacaría a la inflación de la trayectoria referida. La devaluación podría concretarse por tres motivos: a) caída importante del precio de las exportaciones (que anula el superávit fiscal); b) corrida bancaria (que obliga al BCRA a emitir para rescatar la deuda con los bancos), y c) lobby industrial.
El gráfico que sigue ilustra el comportamiento de las variables mencionadas desde 1998. Note el sostenido aumento de e desde el default ruso (agosto de 1998) y la también sostenida reducción de P. Note asimismo, desde fines de 2002, la continua reducción de e y la también continua suba de P, mientras E permanece más o menos fijo.

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