Ricardo Romano, peronista opositor y redactor de una carta sobre la situación política nacional que recibo con regularidad, escribió esta vez, con prosa mordaz y militante, sobre la secuencia de errores de política exterior del gobierno del presidente Kirchner. A continuación, reproduzco algunos pasajes de la carta.
Pingüino o pingüina. Lo mismo da: el resultado de las giras kirchneristas es siempre el bochorno. Uno lo lee y no lo cree. Integrantes de la comitiva de la Primera Dama, le explicaron a Clarín que, con la visita de Cristina Fernández de Kirchner, “Argentina se acerca a México en momentos de polémica con Brasil” y que el gobierno promueve el ingreso del país azteca al Mercosur porque “podría balancear el peso de Brasil en el bloque”. Dos páginas más adelante, los mismos cráneos explican que el gobierno espera que la llegada de Lula a nuestro país –inmediatamente después del viaje de la Senadora- sirva para “relanzar la relación privilegiada con Brasil”, pues así Kirchner “pretende desprender su estrategia geopolítica de lo que aparecería casi como un ancla exclusiva: Venezuela”.
A ver si se entiende: vamos a México para molestar a Brasil y después nos reunimos con Brasil para despegar de Venezuela. Brillante. Con un solo “viaje de instalación internacional” de la candidata oficial, el kirchnerismo logró hacernos quedar mal con México, Brasil y Venezuela…
La respuesta no se hizo esperar. Al día siguiente, desde Santiago, Lula da Silva dijo “yo quiero tener una relación primorosa con Chile pero no para crear contrapeso contra quien quiera que sea”. En simultáneo, Thomas Shannon, secretario de Estado adjunto de EEUU para el Hemisferio Occidental, afirmaba: “Brasil es tan grande que no tiene contrapeso (y) va a tener un papel muy importante en definir el futuro de América del Sur, con o sin otros países”. Calderón y Chávez no hablaron (todavía). No significa que no hayan tomado nota de cómo considera el actual gobierno argentino a sus países. Tarde o temprano pasarán la factura.
El periódico antes citado calificó las pobres tretas kirchneristas como “jugada en el tablero de la política internacional”. En realidad, las jugadas están hechas y la Argentina gobernada por Kirchner sólo las padece porque hoy los jugadores son otros. Se lo está diciendo Shannon con todas las letras: el papel que antes desempeñó Fox, hoy lo cumple Lula, en lo que por supuesto no es un avance sino un retroceso para la región. Kirchner todavía no se enteró, por eso fue a México creyendo poder así competir con algo que ya se consumó. Por eso luego recibió a Lula con desesperación, acorralado además por la crisis en su provincia, el escándalo Skanska y las encuestas en Capital. El brasileño, generoso, dio su apoyo a la reelección del santacruceño: que siga el idiota útil. Porque en verdad, Lula ya vino como gerente.
El Mercosur, o lo que queda de él, enfrenta una maniobra de pinzas: por izquierda, Hugo Chávez organiza el ALBA y, por derecha, Brasil intermedia a todos en la relación con Washington. Ahora vino para que Argentina se sume a su agenda energética –los biocombustibles- pero ésta, en vez de hacerlo directamente con EEUU, lo tiene que hacer a través de Lula.
Liderazgos de ayer a hoy
Néstor Kirchner inauguró su gestión proclamando, a través de su entonces canciller, Rafael Bielsa, que “la Argentina tiene que admitir que Brasil es el líder del Mercosur y de Sudamérica”. Poco después, despechado, el ministro anunciaba que se instalaría un mes en Nueva York para desplegar una estrategia anti-brasileña –impedir que obtuviese un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU- y que, a partir de entonces, negociaría con el vecino “a cara de perro”. Al final de su mandato, Kirchner termina como empezó: aceptando la conducción brasileña. Sólo que Lula no es líder sino patrón.
Durante los años 90, en el “ta-te-ti” de la relación Estados Unidos, Brasil, Argentina, nuestro país se colocó siempre en el medio, en el conocimiento de que toda la lucha política se resume en la ocupación del centro. Como lo señaló Fernando Henrique Cardoso, al visitar Argentina en junio de 2004, el mérito del gobierno de Carlos Menem fue el de haber sido capaz de llevarse bien con Estados Unidos y Brasil a la vez.
“Argentina se había ido de América Latina prácticamente”, dijo sin embargo la senadora Fernández en México. Zoncera que repite siempre el canciller Taiana: “Argentina ha vuelto al mundo luego del aislamiento con Latinoamérica que produjo el gobierno de Menem” (del cual él era funcionario y embajador).
La Alianza llegó al gobierno a fines del 99 con el mismo espíritu: según sus referentes, había que “refundar” un Mercosur que ya existía y que conoció sus mejores años en los 90. De 3.000 millones de dólares de comercio intrazonal se pasó, a fines de 1999, a 24.000 millones en un bloque que actuó como poderoso polo de atracción de inversiones extranjeras. Con todo, el principal éxito del Mercosur fue político y su manifestación más clara tuvo lugar en 1998, cuando Londres pretendió inmiscuirse en los asuntos internos de uno de sus países miembros –Chile- a través del arresto de un ex presidente de facto y la pretensión de entregarlo a la justicia española, es decir, a un tribunal extranjero sin la menor legitimidad para juzgar hechos acaecidos en una Nación soberana. Expertos en sembrar la división, los ingleses hasta se encargaron de removernos el cuchillo en la herida revelando detalles de cómo Augusto Pinochet había colaborado con ellos durante la guerra de Malvinas. No funcionó. Argentina se puso a la vanguardia del reclamo ante Londres y abroqueló detrás suyo a toda la región. Resultado: los chilenos no sólo hicieron una autocrítica pública de su papel en aquella guerra, sino que cancelaron los vuelos hacia las islas desde su territorio. Inglaterra tuvo que dar marcha atrás. Algo más importante aún: se resolvieron en un santiamén los últimos diferendos fronterizos con Chile y en forma satisfactoria para nuestro país; detalle que los mezquinos Kirchner, que gustaban de fotografiarse en los Hielos Continentales, siempre “olvidan” mencionar.
Argentina actuó como un factor de unidad en la región y por eso la maniobra británica tuvo una consecuencia exactamente opuesta a la deseada. Pero entonces había estadistas en los gobiernos del Mercosur (Sanguinetti, Cardoso, Menem, Frei…), no muchachones. En aquella coyuntura, el progresismo local demostró una vez más su hipocresía. Furibundamente “antiimperialista” en los papeles, en la práctica adhirió sin pruritos a la causa de quienes pretendían violar la soberanía jurídica de los Estados sudamericanos con el argumento de que se trataba de “la cara buena de la globalización”. Mientras denunciaba la supuesta obsecuencia del gobierno de entonces en materia de política exterior, se convertía al “blairismo” y a la “tercera vía” y pedía justicia en inglés. (…)
El mundo, en cambio, se notificó muy bien de lo que pasaba: “Los países latinoamericanos están más unidos que nunca antes en su historia”, se lamentaban los consejeros kelpers en vísperas de poner fin al veto del ingreso de argentinos a Malvinas.
Campaña antiargentina
Hoy, como signo de nuestro regreso al mundo de la mano del kirchnerismo, mientras la Primera Dama estaba en México, en Santiago de Chile se daban cita los principales hombres de negocios y políticos de la región, convocados por el Foro de Davos, institución que agrupa a las 500 mayores empresas del mundo. El clima antiargentino que el kirchnerismo supo conseguir se reflejaba en el ránking de los países más atractivos para invertir en infraestructura en el cual Argentina aparecía en el puesto Nº 9 entre 12 países, detrás de Chile, Brasil, Colombia, Perú, México y Uruguay y sólo superando a Venezuela, Bolivia y República Dominicana. (…)
Moraleja: los gobiernos pasan; los países quedan
Pero la senadora Fernández participa de la falta de conciencia histórica del progresismo y por eso lanzó su campaña presidencial criticando a su país en el mundo. En efecto, en México utilizó todas las tribunas que tuvo a su disposición para hablar mal de la Argentina en la persona de dos presidentes anteriores y de un canciller ya fallecido. De éste en particular, se quejó porque decía que Argentina no debía tener amigos pobres sino socios ricos, justo antes de salir corriendo a fotografiarse con el segundo hombre más rico del planeta, el empresario mexicano Carlos Slim, en lo que sus laderos ordenaron presentar en los medios como el evento más importante de su gira…. Aquel canciller –Guido Di Tella- tenía la costumbre de caricaturizar las situaciones con un humor que escapa al entendimiento del actual oficialismo que en cambio propone asociarnos –y no en broma- con delirantes como Hugo Chávez, jefe de campaña de Cristina. (…)
En los últimos años del franquismo, cuando los partidos políticos españoles empezaban a recomponerse, los socialistas ibéricos se volvieron hacia la muy poderosa socialdemocracia alemana en busca de respaldo, político y material. Referentes de distintas corrientes internas peregrinaban hacia Bonn tratando de que el favor de sus socios germanos los ayudase a conquistar el liderazgo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Tras escuchar a todos, los alemanes decidieron darle su respaldo al único dirigente que, para abogar por su causa, no recurrió al expediente de hablar mal de sus otros camaradas. Se llamaba Felipe González.
Al felicitarse a sí mismos por la recomposición de la relación con México, los oficialistas aclaraban que Kirchner “nunca hizo buenas migas con Vicente Fox”, antecesor de Felipe Calderón. ¡Como si fuese un mérito! Pero además olvidan que ambos pertenecen al mismo partido y, en todo caso, la diferencia es que el primero ganó las elecciones en forma limpia e indiscutida. También olvidan que, fiel a su mala educación, Néstor Kirchner nunca felicitó a Calderón por su elección. El apoyaba a José Manuel López Obrador.