Robert Nozick, uno de los grandes filósofos de nuestro tiempo, profesor de la Universidad de Harvard, escribió hace algunos años un ensayo bajo el título: ¿Por qué los intelectuales se oponen al capitalismo? Marcos Gallacher, un economista amigo especializado en temas de organización de la producción y educación, lo encontró en la web, me lo giró y me sugirió que notara tres cosas: primero, la calidad del análisis económico que Nozick (un no economista) aplica al tema; segundo, la inteligencia del planteo; tercero, aunque Nozick no lo subraya, que los profesores debemos tener mucha prudencia cuando juzgamos a los alumnos por sus calificaciones exclusivamente.

Robert Nozick, 1938-2002
El ensayo es brillante. Abarca unas cinco apretadas páginas, está escrito en un inglés claro y lleno de vida, es el producto de una inteligencia luminosa. Hasta ahora no había leído nada de Nozick. Apenas lo conocía por las frecuentes citas de Mariano Grondona en los editoriales de La Nación. He quedado sorprendido por su manera de escribir y argumentar, tan llana y típica de los grandes economistas clásicos. Sigue a continuación una traducción libre de los párrafos que me llamaron la atención:
Es sorprendente que los intelectuales se opongan tanto al capitalismo. Otros grupos de comparable status socio-económico no exhiben el mismo grado de oposición. Desde este punto de vista, entonces, los intelectuales son una anomalía.
No todos los intelectuales son de "izquierda". Como ocurre con otros grupos, sus opiniones se distribuyen a lo largo de una curva. Pero en el caso de los intelectuales la curva está corrida y sesgada hacia la izquierda política.
Cuando digo intelectuales no me refiero a toda la gente inteligente o de cierto nivel educativo, sino a aquéllos que, por vocación, se ocupan de ideas expresadas en palabras y que dan forma al flujo de palabras que reciben los otros. La lista de estos herreros de la palabra (wordsmiths) incluye a poetas, novelistas, críticos literarios, periodistas de diarios y revistas y muchos profesores. No incluye a aquéllos que se ocupan primariamente de producir y transmitir información cuantitativa o formulada de manera matemática (los herreros del número); tampoco a aquéllos que trabajan en el periodismo gráfico, a los pintores, escultores, camarógrafos. Contrariamente a los herreros de la palabra, las personas que se desempeñan en estas ocupaciones no se oponen en forma desproporcionada al capitalismo. Los herreros de la palabra se concentran en determinados lugares, tales como las universidades, el periodismo y la burocracia gubernamental.
A los intelectuales de la palabra les va bien en la sociedad capitalista; en ella gozan de gran libertad para formular, descubrir y propagar nuevas ideas, para leer y discutirlas. Sus habilidades profesionales tienen demanda, sus ingresos son muy superiores a los del promedio. ¿Por qué, entonces, se oponen desproporcionadamente al capitalismo? En rigor, hay datos estadísticos que sugieren que mientras más próspero y exitoso es el intelectual, más probable es que se oponga al capitalismo. Esta oposición al capitalismo viene sobre todo de la izquierda pero no exclusivamente. Yeats, Eliot y Pound se opusieron a la sociedad de mercado desde la derecha.
La oposición de los intelectuales de la palabra al capitalismo es un hecho de trascendente significado social. Ellos moldean nuestras ideas e imágenes de la sociedad; ellos definen las políticas públicas alternativas que luego consideran las burocracias. Desde tratados a slogans, ellos suministran las frases con las que nosotros nos expresamos. La oposición de los intelectuales es importante, especialmente en una sociedad que depende en forma creciente de la formulación explícita y de la diseminación de la información.
El valor de los intelectuales
Los intelectuales descuentan que son las personas más valiosas en una sociedad, los de mayor prestigio y poder, aquéllos que reciben las mayores recompensas. Los intelectuales se sienten con derecho a todo esto. Pero una sociedad capitalista no honra a sus intelectuales. Ludwig von Mises explica el resentimiento especial de los intelectuales, en contraste con los obreros, cuando señala que aquéllos se mezclan socialmente con los capitalistas ricos, con quienes se comparan, y luego se sienten humillados por su menor status. Sin embargo, incluso aquellos intelectuales que no se mezclan socialmente con los ricos sienten también el mismo resentimiento. No les ocurre esto a otros grupos que proveen servicios a los capitalistas ricos, tales como los instructores de baile o deportes, quienes no son marcadamente anti-capitalistas.
¿Por qué los intelectuales contemporáneos se sienten con derecho a recibir las mayores recompensas que la sociedad tiene para ofrecer y caen en el resentimiento cuando no las reciben? Los intelectuales sienten que son la gente más valiosa, la del más alto mérito y que la sociedad debería recompensarlos de acuerdo con su valor y mérito. Pero una sociedad capitalista no satisface el principio de distribución que reza "a cada cual de acuerdo con su mérito o valor". Aparte de donaciones, herencias y loterías propias de una sociedad libre, el capitalismo recompensa a aquéllos que satisfacen las demandas de otros expresadas en el mercado, y el tamaño de las recompensas depende de cuánto se demande y de cuán grande sea la oferta del producto o servicio demandado. Los empresarios y obreros fracasados no sienten la misma animosidad contra el sistema capitalista que sienten los herreros de la palabra. Sólo el sentimiento de una superioridad no reconocida, de un derecho violado, puede producir esta animosidad.
La formación escolar de los intelectuales
¿Qué factor genera sentimientos de superioridad en los intelectuales? Me voy a concentrar en una institución en particular: la escuela. A medida que el conocimiento condensado en libros se volvió más y más importante, la escuela (educación de jóvenes reunidos en clases para leer y aprender de los libros) se extendió. Las escuelas se transformaron en la principal institución, fuera de la familia, dedicada a moldear las actitudes de los jóvenes, y casi todos aquéllos que más tarde se convertirían en intelectuales pasaron por la escuela. Allí fueron personas exitosas. Fueron comparados con otros y considerados superiores. Fueron alabados y recompensados, eran los favoritos del maestro. ¿Cómo evitar que no se consideraran superiores? A diario, experimentaban su mayor facilidad con las ideas y su rapidez mental. Las escuelas les dijeron y les demostraron que eran los mejores. La escuela les enseñó el principio de recompensa de acuerdo con el mérito (intelectual).
La más amplia sociedad de mercado, no obstante, enseñó una lección diferente. En ella la mayor recompensa no va a los verbalmente brillantes; la capacidad intelectual no es lo más valioso. Formados en la lección de que ellos eran los más valiosos, los que merecían las mayores recompensas, ¿cómo no iban los intelectuales a sentir resentimiento hacia una sociedad capitalista que les negaba beneficios justamente merecidos por su superioridad?
Cuando digo que los intelectuales se sienten con derecho a las mayores recompensas que la sociedad tiene para ofrecer (riqueza, status, etc.), no estoy diciendo que para los intelectuales estas recompensas sean los bienes más preciados. Quizá valoren más las recompensas intrínsecas de la actividad intelectual o la estima de los tiempos. Empero, se sienten con derecho a la más elevada consideración de la sociedad en general, a lo mejor que ella pueda suministrar, aun cuando esta recompensa sea pequeña. No pretendo enfatizar las recompensas monetarias. Las personas que se ven a sí mismas como intelectuales pueden resentir el hecho de que la actividad intelectual no sea altamente valuada y recompensada.
Los intelectuales quieren que la sociedad en su conjunto sea una escuela grande, como el medio ambiente en el que a ellos les fue tan bien y donde fueron tan apreciados. Al incorporar standards de evaluación y recompensa tan distintos a los de la más amplia sociedad, la escuela garantiza que algunos de sus alumnos destacados experimenten un descenso social más tarde. Aquéllos en la cima de la jerarquía escolar se sentirán con derecho a una posición en la cima, no sólo en esa micro-sociedad sino en la más amplia, una macro-sociedad cuyo sistema resentirán en cuanto no los trate conforme a derechos y necesidades auto-prescriptas. Por tanto, el sistema escolar genera sentimientos anti-capitalistas en los intelectuales. Mejor dicho, produce un sentimiento anti-capitalista entre los intelectuales verbalistas. ¿Por qué los herreros del número no desarrollan la misma actitud que los herreros de la palabra? Mi conjetura es que estos chicos cuantitativamente brillantes, aunque logran buenas calificaciones en los exámenes relevantes, no reciben el mismo trato personal y aprobación de los maestros que los chicos verbalmente brillantes. Es la habilidad verbal la que brinda estas recompensas del maestro y, en apariencia, este tipo de recompensa es la que genera el sentimiento de un derecho adquirido.
Hay un punto adicional a tener en cuenta. Los (futuros) herreros de la palabra tienen éxito dentro del sistema social formal u oficial de las escuelas, donde las recompensas son distribuídas por la autoridad central del maestro. Pero las escuelas contienen un sistema social informal en las aulas, los pasillos y los patios, dentro del cual las recompensas no son distribuídas por la dirección central sino según el placer y el capricho de los compañeros de clase. A los intelectuales no les va tan bien en este ámbito.
No debería sorprender, entonces, que la distribución de bienes y recompensas por medio de un mecanismo distributivo centralmente organizado les parezca a los intelectuales más apropiado que la "anarquía y el caos" del mercado. Pues la distribución en una sociedad socialista centralmente planificada versus la distribución en una sociedad capitalista es como la distribución del maestro versus la distribución en los pasillos y patios de la escuela.
Nuestra explicación no postula que los (futuros) intelectuales constituyen una mayoría aun en la clase alta de la escuela. Este grupo está compuesto mayormente por alumnos de habilidades librescas sustanciales (pero no abrumadoras), dotados de gracia social, fuerte inclinación a agradar, trato amigable, entradores y con habilidad para jugar según las reglas (o bien para simular que juegan según ellas). Estos alumnos también serán altamente considerados y recompensados por el maestro, y les irá extremadamente bien en la más amplia sociedad. (Y como también les fue bien dentro del sistema informal de la escuela, no valorarán tanto las normas del sistema formal de la escuela.) Nuestra hipótesis es que los (futuros) intelectuales representan una parte desproporcionadamente grande de la clase alta de la jerarquía escolar (oficial) que experimentará descenso social relativo. O, más bien, del grupo que pronostica para sí mismo una futura declinación. La animosidad surgirá antes del pasaje al gran mundo y de la experiencia de una efectiva caída de status, en el momento en que el muchacho inteligente comprende que probablemente no le irá tan bien en la macro-sociedad como en la escuela. Esta consecuencia no buscada del sistema escolar, esta animosidad anti-capitalista de los intelectuales, se ve reforzada, por cierto, cuando los alumnos leen o asisten a clases que dictan intelectuales con dichas actitudes anti-capitalistas.
Sin duda, algunos herreros de la palabra fueron alumnos irreverentes y cuestionadores y, por ende, desaprobados por sus maestros. ¿También éstos aprendieron la lección de que el mejor debería conseguir la máxima recompensa y piensan, no obstante sus maestros, que ellos fueron los mejores, lo cual los lleva a empezar su vida laboral con un temprano resentimiento contra la distribución del sistema escolar? Está claro que en este tema y en otros discutidos aquí necesitamos datos estadísticos sobre las experiencias escolares de los futuros herreros de la palabra para refinar y contrastar nuestras hipótesis.
Es difícil afirmar que las normas que rigen la vida escolar no afectarán las creencias normativas de la gente una vez que dejen la escuela. Las escuelas, después de todo, son la principal institución social no familiar en la que el chico aprende a operar; por tanto, la experiencia escolar constituye su preparación para moverse en la más amplia sociedad no familiar. No es una sorpresa, entonces, que aquéllos que tuvieron éxito según las normas del sistema escolar resientan una sociedad que adhiere a normas distintas que no les garantizan el mismo éxito. No sorprende así que aquéllos que van a moldear la imagen o la evaluación que la sociedad tiene de sí misma, que la parte de ella verbalmente hábil de la sociedad se vuelva en contra de ella. Si usted tuviera que diseñar una sociedad, trataría de evitar que los herreros de la palabra, en vista de toda su influencia, pasaran por un sistema escolar que genera animosidad contra las normas de la sociedad.
Algunas hipótesis adicionales
Se pueden señalar, sin embargo, algunas áreas donde nuestras hipótesis generarían consecuencias y predicciones contrastables: 1º Mientras más meritocrático sea el sistema escolar de un país, con mayor probabilidad sus intelectuales serán de izquierda (piense en Francia). 2º Los intelectuales que fueron late-bloomers (gente de logros tardíos) no desarrollarían igual sentimiento de derecho a las más altas recompensas; por tanto, el porcentaje de los intelectuales late-bloomers anti-capitalistas será menor que el de los early-bloomers (gente precoz). 3º Limitamos nuestra hipótesis a sociedades (distintas a la sociedad de castas de India) donde el alumno puede esperar un éxito comparable en la macro-sociedad. En Occidente, las mujeres hasta ahora no tienen tales expectativas; por tanto, no habría que esperar que las mujeres que integran la clase alta del sistema escolar formal y que luego experimentan movilidad social descendente, muestren la misma animosidad anti-capitalista que los intelectuales varones. Así, se puede pronosticar que a medida que la sociedad marche hacia la igualdad de oportunidades ocupacional entre mujeres y hombres, más intelectuales mujeres exhibirán el mismo desproporcionado anti-capitalismo que exhiben los intelectuales varones.
Algunos lectores dudarán de esta explicación del anti-capitalismo de los intelectuales. Sea lo que fuere, creo que se ha identificado un fenómeno importante. La generalización sociológica es intuitivamente convincente; algo de ella debe ser verdadero.
Conforme a la hipótesis de Nozick un economista adecuadamente entrenado no debería ser presa del resentimiento. Por dos motivos: a) por lo general, un economista moderno es más un herrero del número que de la palabra; b) por formación, un economista entiende el fenómeno del mercado y acepta que la distribución de ingresos resultante tiende a ser justa. De todos modos, entiendo exactamente a Nozick cuando se refiere a la envidia que puede despertar en una persona el amigo que, habiendo sido un "cuatrero" en la universidad, es ahora un empresario rico, mientras ella, que fue un estudiante brillante, debe ajustarse a un modesto pasar. Éste es, justamente, uno de los grandes beneficios de una buena educación económica: ayuda a pensar y así evita resentimiento.