El pasado domingo 23 de diciembre, La Nación publicó un artículo del periodista Diego Cabot cuyo título es un gran acierto: "Transporte público. Mas estatal que privado." En efecto, la política kirchnerista para las empresas privatizadas ha consistido en restatizarlas de diversas maneras. A unas, como el Correo, de golpe y sin disimulo. A otras, como los peajes de las autopistas y los trenes, solapadamente, congelándoles las tarifas en pesos en forma indefinida luego de una gran devaluación, y recortándoles facultades esenciales, como las de inversión. Más o menos la misma política se les ha infligido a las empresas de gas y electricidad. Esta política ineficiente, demagógica y corrupta (pues cuando se concentran fondos y decisiones en pocas manos las coimas se vuelven inevitables) es la primera responsable de la crisis de suministro de agua, gas y luz y de la triste declinación de las autopistas y el transporte público y privado. Sí, también del transporte privado de pasajeros urbano e interurbano, ya que éste depende de un subsidio estatal para el gas-oil, paga salarios fijados por decreto y cobra boletos fijados por el gobierno en valores irrisorios. También esta política es la causa básica del enorme déficit que exhiben las empresas públicas y privadas intervenidas por el gobierno de los Kirchner.
A continuación, reproduzco algunos pasajes del informativo artículo de Cabot. Luego, un revelador pasaje de una nota conexa sobre la inutilidad de los subsidios como instrumento de estímulo de la inversión privada.
Cabot: El déficit es mayor ahora que antes de las privatizaciones
Dorados años ochenta. Por aquellos días se discutía si estaba bien o no, o mejor, si se justificaba el gasto que ocasionaban los déficits, que mensualmente arrastraban las empresas públicas. Y se ejemplificaba: el Estado utilizaba 1,5 millones de dólares diarios para mantener el sistema de transporte. En aquellas épocas, los únicos que necesitaban del combustible sagrado –fondos públicos– eran los viejos ferrocarriles, blancos, azules y colorados, que se arrastraban por las maltrechas vías de todo el país y los subtes porteños. Todo lo demás funcionaba con su propio sustento.
Dorado siglo XXI. Pasaron algo menos de 20 años y ya no hay discusiones por los déficits, porque hay pocas empresas públicas. Pero el dinero igual sale del fisco. El año 2007 cerrará con un número que abruma: el sistema de transporte argentino requiere actualmente una erogación diaria de por lo menos 3.012.000 millones de dólares. Y ahí no termina la cosa. De tener sólo los ferrocarriles subsidiados y ayudar a Aerolíneas Argentinas antes de las privatizaciones, que se dieron a principios de los noventa, el actual esquema de transporte argentino pasó a necesitar del dinero público ya no sólo para los trenes y los subtes, sino también para todos los colectivos urbanos y los ómnibus de larga distancia, los camiones y los aviones.
Desde 2002 en adelante, cuando se decretó la emergencia económica y posteriormente la del transporte, el dinero que empezó a fluir con destino a la movilidad de los argentinos nunca se detuvo. De aquellos 301 millones de pesos que se distribuyeron en 2002 (…), 2007 finalizará con algo más de 2463 millones de pesos, alrededor de 718% más. Y habrá más. Todavía no se computó diciembre, un mes que, generalmente es muy importante a la hora del reparto de subsidios. (…) cabe preguntarse: ¿qué se subsidiaba antes y que se subsidia ahora? "Fácil, querido", se ufanó un ex secretario de Transporte al ser consultado el jueves por LA NACION. "Antes se subsidiaba el déficit de Ferrocarriles Argentinos, que era de alrededor de 450 millones de dólares por año, para que anden trenes, en mal estado, por todo el país. Y ahora se subsidia todo, pero con dos diferencias: la primera es que hay trenes en Buenos Aires; y la segunda es que la mayoría de la guita que sale del Estado es para que viajen los porteños y los bonaerenses", finalizó. Crudo resumen el del ex funcionario. Actualmente, hay sólo un puñado de ramales de larga distancia; todo lo demás, son accesos a Buenos Aires.
Días pasados, un empresario del transporte graficó a este cronista la situación de una de las empresas que tiene la concesión de un ramal ferroviario. "Actualmente son un gerenciador de un ramal, nada más que eso. Le digo más, lo que recaudo de boletos durante todo el año no me alcanza para pagar el sueldo de todos los boleteros que tengo que poner para venderlos y de los que controlan que se pague el boleto a la entrada y salida del anden. Me convendría no cobrar boleto. Ganaría plata", dijo el empresario.
Nota conexa: Vehemente ejemplo de que los empresarios confían más en los precios de mercado que en los subsidios
Ilustra otro empresario que pidió no ser identificado: Mis colectivos tardan un 35% más que hace cinco años para hacer el mismo recorrido. Y eso que varias de mis líneas son transversales al subterráneo. Si hubiera querido mantener la frecuencia hubiese tenido que aumentar el número de colectivos en un 30%. Y no puse un coche más.
Quien después de leer estos pasajes todavía crea que la crisis energética y la degradación del transporte público se deben a la avaricia de los empresarios, antes que a la desatinada política oficial, no ha logrado escaparse de las telarañas del pensamiento de políticos como el ex-presidente Alfonsín. En 1989, para Alfonsín la hiperinflación era consecuencia de un "golpe de mercado" y no de la gran cantidad de moneda que emitía su propio gobierno.
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Nota al margen: La semana pasada fui a Vision Express, sobre Av. Cabildo, a encargar un par de anteojos, y encontré el lugar en penumbras y muy caluroso. Le pregunté a una empleada por qué no habían prendido el aire acondicionado; me respondió que el aparato estaba descompuesto. Días después, acompañé a mi esposa a Jumbo, Unicenter, y volví a experimentar el mismo ambiente de penumbra y denso calor húmedo. Pregunté a la cajera por qué no habían prendido el aire acondicionado; me dijo que estaba roto y que ella no tenía nada más que agregar. Ayer fui a almorzar a Fame, sobre calle José Hernández, en Belgrano, y me topé con la misma situación e idéntica respuesta. En ningún caso me respondieron que el aire acondicionado no funcionara por falta de energía eléctrica o que un funcionario del gobierno hubiera llamado para "sugerir" que apagaran los aparatos. Me llama la atención, sin embargo, que en septiembre u octubre pasados, en días relativamente frescos, lugares similares a los citadas funcionaran a pleno: con mucha iluminación y aire polar. No obstante los fuertes subsidios a los servicios privatizados, hay crisis energética. Hasta ahora, la conocía de oído por los cortes de gas a la industria. Esta vez, la sufrí en carne propia.
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(Sobre el carácter intrínsecamente ineficiente de las empresas estatales, léa este post.)