En la mañana de ayer, asistí a la Jornada organizada por la Asociación Empresaria Argentina sobre Políticas de Desarrollo y Contexto Internacional. Ricardo Arriazu, el prestigioso consultor argentino, y Dani Rodrik, el famoso profesor de la Universidad de Harvard, hablaron más de una hora larga cada uno.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba perdiendo mi tiempo. Aparte de saludar a una cantidad de apreciados amigos y colegas que no veía hace tiempo, pude escuchar y entender en detalle el pensamiento de Arriazu sobre la crisis bancaria de EEUU y el precio de los commodities, y el de Rodrik sobre el crecimiento económico asiático que él supone que experimenta Argentina desde la gran devaluación y por la gran devaluación. Ambas conferencias fueron muy profesionales.
Arriazu presentó una formidable masa de estadísticas, bien procesada y examinada. Terminó por señalar que EEUU entró en recesión a fines del último trimestre de 2007 y que la economía americana podría repuntar en el último trimestre de 2008 (aclaró que hablaba con optimismo). De paso, destacó que los precios de los commodities caerán cuando se normalice la situación financiera mundial a niveles superiores a los vigentes en la década de 1990, debido a la permanencia de la gran demanda de China e India y de los productores de biocombustibles. Enfatizó que la brusca depreciación del dólar en el mundo (de 0.80 por euro a 1.60) fue un grave error de EEUU y una catástrofe para el mundo. O sea que la caída de los precios será consecuencia de un proceso de apreciación del dólar, que determinará un cambio de la cartera financiera mundial en contra de los commodities. (Traté el tema en este post; vea el punto 12 al final.)
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Rodrik es un hombre relativamente joven, desgarbado, con formación previa en ciencias políticas y descendiente de una familia de origen español que emigró a Turquía tres generaciones atrás. Ayer mismo por la tarde publicó un extracto de su conferencia en su blog. Para Rodrik, la causa del fuerte crecimiento argentino es el alto tipo real de cambio. Un alto TRC genera crecimiento, en su opinión, porque el valor social de la producción industrial es mayor que su valor privado, pues este tipo de producción estimula la creación de instituciones favorables al desarrollo capitalista, además de generar más oportunidades de trabajo y de incorporación de tecnología. Un alto TRC vendría, entonces, a funcionar como una suerte de subsidio a la industria que corrige aquella distorsión y estimula el crecimiento económico nacional.
Rodrik no argumentó directamente a favor de una sostenida devaluación del peso. Sugirió, en cambio, que el TRC se debía mantener alto por medio de un exceso de ahorro sobre inversión, como se hace en el sudeste asiático. Para lo cual, en vista de que la tasa de ahorro argentina es menor que la asiática, sería clave que el gobierno aumentara el superávit fiscal.
El argumento industrialista montado sobre la externalidad positiva de la producción manufacturera es viejo. Hace 15 años, otro economista de Harvard, Larry Summers, escribió un paper en el que sostenía que la inversión en maquinaria industrial debe subsidiarse porque genera efectos benéficos sobre el resto de la economía. Es fácil argumentar en tal sentido; es difícil comprobarlo empíricamente. Pero incluso cuando la hipótesis fuera cierta, cabe preguntarse ¿cómo se calcularían los subsidios?, ¿quién los administraría?, ¿quiénes los recibirían? Estas son preguntas harto relevantes en un país que ha sido capaz de incurrir en un acto de barbarie como el del INDEK.
Pero Rodrik no pide subsidios microeconómicos para la industria; pide un subsidio de tipo macroeconómico: elevado superávit fiscal para que el TRC sea alto y la industria adquiera competitividad. No me parece una mala sugerencia. No porque crea que vaya a estimular el desarrollo industrial sino porque un elevado superávit fiscal contribuiría a crear un clima de estabilidad financiera y monetaria, que es requisito indispensable para la acumulación de capital.
Pablo Gerchunoff, un economista argentino encargado de comentar su presentación, le hizo ver que el campo argentino es muy capitalista, que emplea una tecnología muy sofisticada y que, por tanto, es muy capaz de generar externalidades positivas comparables a las que Rodrik y Summers atribuyen a la industria. No hubo tiempo para que alguno de nosotros le recordara cuatro cuestiones: a) por lo menos desde 1930 la industria nacional está subsidiada por una protección rayana en la autarquía y, a pesar de ello, su desempeño ha sido muy pobre; b) el fuerte crecimiento que lo deslumbra siguió a una de las más profundas recesiones que sufrió el país en 100 años; c) la prima de riesgo-país se desplomó de 2200 puntos básicos en septiembre de 2002 a 180 en enero de 2007 y el efecto expansivo de este fenómeno no puede ser minimizado, y d) los precios de las materias primas subieron más de un 200% a partir de 2002.
Rodrik es un gran acuñador de frases. Esta vez se despachó con una que alude a un trade-off (dilema) que hace las delicias de economistas e industriales: confianza vs. competitividad. Si se concentrara en los meandros de una economía sujeta a elevada volatilidad como la argentina, descubriría que el trade-off no es tal y que la confianza es todo.