Por fin esta semana un político de peso salió a decir que se opone a la estatización de Aerolíneas Argentinas. Tenía la impresión de que la iban a estatizar sin que a nadie se le moviera un pelo. Pero Macri alzó su voz para destacar que la empresa debía quedar en manos privadas. Un mes antes, A. Rodríguez Saá había opinado tajantemente que el gobierno no debía comprar ni expropiar ni salvar a AA; que lo mejor era dejar que la empresa quebrara.
Rodríguez Saá me sacó las palabras de la punta de la lengua. Qué tiempos estos. Fue necesario que un peronista del interior, un conservador-populista, levantara la antorcha privatista en medio de una larga y oscura noche poblada de oportunistas, camaleones, cobardes y confundidos. Porque toda la oposición, hasta este par de declaraciones, se inclinaba por la estatización lisa y llana en la medida que se cumplieran dos requisitos: a) que el secretario de Transportes Jaime y el grupo Marsans no hicieran su negociado y b) que los 9.000 empleados de AA y Austral conservaran sus puestos de trabajo. Por cierto, el cumplimiento de ambos requisitos es muy bueno para la salud moral y social del país. Pero ¿qué hay de la salud económica? ¿Es que no sabemos hasta el hartazgo que una empresa estatal es por naturaleza ineficiente, deficitaria y corrupta por el mero hecho de no tener dueño?
Una empresa del Estado está predestinada a la quiebra. Aunque rara vez caiga en ella en razón de que el Estado nacional la subsidia a perpetuidad. Esto significa que mucha gente que no puede viajar en avión tiene que pagar parte de los pasajes de los ricos y de las prebendas que gozan los sindicalistas del transporte aerocomercial. Alicia Castro y su sucesor, Ricardo Frescia, se relamen. Defienden la estatización con argumentos de hace medio siglo, que no resisten el menor análisis: soberanía nacional, que atribuyen a la línea de bandera, y solidaridad, que según ellos debemos tener para con aquellos argentinos que viven sobre rutas no rentables que una empresa privada no atendería.
Son pavadas. Hay cantidad de empresas en las gateras esperando la oportunidad de entrar en el mercado aerocomercial argentino. LAN estaría encantada de hacerlo. Mata, el empresario español que solicita hace años al gobierno, sin suerte, que se le permita volar en nuestro país, ocuparía con gusto el vacío que deje AA. Lo único que hay que asegurarles es una tarifa realista y que el gobierno dejará de fogonear las huelgas de pilotos y cualquier otro tipo de personal. Las empresas que esperan en las gateras pagarían el canon de las rutas, contratarían parte del personal y se lanzarían a alquilar o comprar suficiente cantidad de aviones. En poco tiempo, nadie se acordaría del tema. Algunos como yo, sin embargo, se tomarán el trabajo de recordarle al gran público que este problema lo armó el ex-presidente Kirchner. Los españoles de Marsans quizá sean corruptos; debo señalar, no obstante, que no hay corruptos sin socios del otro lado del mostrador.


