Bob Lucas visitó Buenos Aires hace tres semanas. Dio una conferencia en una universidad privada y un reportaje al diario La Nación. Quedan como testimonios de su paso por el país un post de alguien que estuvo presente en la conferencia y que describe a Lucas como un típico profesor norteamericano que intenta con toda honestidad encontrar una respuesta a sucesos desafiantes, un post que contiene comentarios divertidos sobre las respuestas de Lucas al reportaje de La Nación, si bien algo ingenuas e insolentes, y el mismo reportaje.

En el reportaje Lucas dice tres cosas de interés: a) que la expropiación de las AFJP es como robarle la plata a la gente y que después de esta salvajada no va a venir un solo dólar al país, con o sin blanqueo; b) que la mejor solución para la crisis económica de EEUU es la política monetaria, como la viene practicando la Reserva Federal, y c) que la política fiscal es mala por "invasiva". Demás está decir que comparto las opiniones de Lucas. Aunque debo aclarar algo respecto de los puntos b) y c).
Los principales analistas económicos internacionales se han convencido en las últimas semanas de que la crisis bancaria ha tocado fondo en EEUU. Esto significa que no deberían observarse nuevas caídas de bancos de inversión ni corridas de depositantes y, en especial, que los spreads entre los rendimientos de los bonos emitidos por bancos privados y públicos, como las agencias inmobiliarias estatales Fannie Mae y Freddie Mac, y por empresas industriales, como General Motors, habrían tocado un techo y empezarían a caer en los próximos meses. Todo esto gracias a la enérgica intervención de la Reserva Federal. Si ahora establecemos una equivalencia entre dichos spreads y la prima de riesgo-argentino, que es el spread entre el bono en dólares del Tesoro argentino y el bono de igual madurez del Tesoro americano, estaremos en mejor condición de entender lo que está sucediendo en EEUU.
A medida que se afiance la confianza en la capacidad de pago de bancos y empresas norteamericanas, que cuentan con el decidido apoyo de la Reserva Federal como prestamista de última instancia, caerán los spreads que pagan por sus bonos y commercial papers, se abaratará y expandirá el crédito, y en forma lenta y morosa aumentará la demanda de consumo e inversión y se iniciará la fase expansiva. ¿Cuándo ocurrirá esto? Nadie puede saberlo. Los optimistas esperan ver señales de una reactivación a fines de 2009 y los pesimistas, en 2010. Creo que esto es lo que quiere decir Lucas en su breve respuesta a La Nación. De acuerdo con este enfoque, la política fiscal es innecesaria. Puesto que un aumento del gasto público actúa sobre las consecuencias del fenómeno (refuerza la demanda agregada) en lugar de actuar sobre sus causas (el aumento de los spreads de los bonos y commercial papers de bancos y empresas comerciales). Por otra parte, Lucas sostiene que la política fiscal es invasiva. Quiere decir que involucra el ingreso del Estado en los directorios de las empresas privadas y que el aumento del gasto público crea intereses que impiden el regreso al statu quo una vez superada la recesión. El New Deal de F.D. Roosevelt, en la década de 1930, aumentó la presencia del Estado y el gasto público considerablemente y por varias décadas (hasta la presidencia de R. Reagan) en EEUU.
Como despedida del post, voy a dar mi impresión sobre este notable economista con quien tuve un trato lejano pero amistoso y cotidiano por espacio de cuatro años. Conocí a Lucas en septiembre de 1980, apenas llegué a la Universidad de Chicago para hacer un Ph.D. en Economía. Tenía 42 años de edad y ya era una celebridad mundial. George Stigler, quien ganó uno de los muchos Premios Nobeles que acaparó el Departamento de Economía de la Universidad en el período 1970-1990, aseguraba a quien lo quisiera escuchar que en los estantes de la Fundación Nobel ya tenían listos los premios para Gary Becker y Lucas. Bob Lucas había publicado en 1972 y 1973 el par de papers por los que ganó en 1995 su Premio Nobel. Estaba a cargo de dos cursos de Theory of Money (nombre que recibe en Chicago la Macroeconomía); uno versaba sobre fluctuaciones económicas y el otro, sobre crecimiento. Había heredado de Friedman la dirección del seminario semanal sobre ese campo, pero quien creyera que Lucas era el continuador de Friedman sufriría un chasco de primer orden.
Lucas llamaba la atención desde el primer momento tanto por su apariencia física como por su comportamiento. En el típico ambiente de las universidades de élite de EEUU, poblado de apellidos de origen alemán y judío-centroeuropeo, un apellido aparentemente inglés como el suyo y, en especial, su aspecto físico despertaban mucha curiosidad. A primera vista, uno tenía la impresión de estar frente a un argentino medio, quizá oriundo de Corrientes o el Chaco. Cetrino, de pelo crespo y muy oscuro, ojos marrones y alrededor de 1,75 m de estatura. Cuando alguien le preguntaba sobre su origen, él respondía sin entrar en detalles: plain american. El tema parecía molestarle. (Raro; para un argentino esa pregunta es natural y motivo de conversación animada.) Durante cuatro años lo vi vestido con la misma ropa. Saco de tweed marrón, camisa celeste con botones en el cuello, corbata finita de color rojo apagado, un par de pantalones de franela gris y un par de zapatos marrones abotinados. Tenía una personalidad magnética. Era un hombre concentrado y comprometido con su trabajo de investigación y docencia. Saltaba a la vista su honestidad. Preparaba sus clases y conferencias en forma meticulosa. Llegaba a clase con un attaché de cuero, lo dejaba en un costado del escritorio y sacaba de él un trapo con el que limpiaba frenéticamente la superficie del escritorio, que estaba normalmente cubierta de polvo de tiza. Luego sacaba un enorme cenicero de vidrio, lo depositaba en el centro del escritorio y prendía el primer cigarrillo. A continuación, sacaba los apuntes de la clase, los repasaba por un instante y procedía a dividir el pizarrón en secciones verticales. De esta forma se iniciaba su clase de 1 hora 20. Hablaba con un acento parecido al de Humphrey Bogart, en voz baja, y era entretenido. En las primeras clases de sus cursos repasaba temas matemáticos, como ecuaciones en diferencia. Decía que el grado de desarrollo de las técnicas matemáticas fija el límite del conocimiento económico. No discutía la coyuntura económica; le molestaba, por ejemplo, que un alumno le preguntara sobre el nivel de la tasa de interés de corto plazo. Una pregunta así era desubicada para él y merecía una respuesta como esta: who cares about reality? Un curso de Lucas podía consistir en el desarrollo de apenas nueve papers. Los vertía en un molde matemático común y de esta manera los alumnos podían apreciar de inmediato la esencia de cada contribución.
Fue un privilegio conocerlo en sus años de plenitud. Pero no puedo dejar de consignar que Lucas me resultó un chasco. Fui a Chicago a aprender a pensar bajo la guía de distinguidos economistas interesados en los grandes problemas del momento, capaces de ponerlos en perspectiva histórica e institucional; en fin, con simpatía por el mundo real y las cuestiones macroeconómicas en un sentido amplio. Lucas no es un macroeconomista. Heredó preguntas que se había hecho, y contestado a su modo, Friedman, y trató de probarlas haciendo uso de un arsenal matemático de vastísimo alcance, de forma que no quedaran dudas. A la demostración exhaustiva de las proposiciones de Friedman y de Edmund Phelps debe su Premio Nobel. Lucas es un teórico de equilibrio general especializado en temas macroeconómicos, como Arrow lo es en economía del bienestar.
Larry Sjaastad me salvó la vida en Chicago. Gracias a este gran profesor no desperdicié un período crucial de mi formación. Sjaastad es un sofisticado monetarista y macroeconomista de economía abierta. Ya jubilado, guía a los alumnos que escriben tesis doctorales. Para Sjaastad, economics is meant to be useful.



