En 2002, el exministro Lavagna anunció con bombos y platillos que la convertibilidad del peso era cosa del pasado y que en adelante regiría una flotación administrada. Qué llevo a la profesión económica y al periodismo especializado a tomar como verdadero este anuncio, es algo que todavía no comprendo. Desde luego, comprendo que la UIA lo celebrara hasta el cansancio; una flotación administrada deja abierta la puerta a la devaluación y a la consiguiente licuación de los costos industriales (sueldos y salarios, impuestos, alquileres, servicios varios) medidos en dólares. Pero que los economistas y los periodistas se tragaran el anzuelo de que la devaluación genera reactivación de la economía ya es demasiado. ¿Cómo iba a ser factor de reactivación la reducción del precio relativo de un sector que representa casi 65% del PBI? Piense que cuando sube el precio relativo de la industria y el campo en virtud de la devaluación, baja el precio relativo de los servicios por necesidad lógica.
Entre marzo de 2003 y mayo de 2008, rigió una especie de tipo de cambio fijo o de convertibilidad informal. Fue ésto y no una flotación administrada por dos razones: 1º Las intervenciones diarias del BCRA en el mercado de cambios, de compra de dólares en los primeros años y de venta a partir del conflicto con el campo. 2º La existencia de un importante stock de reservas internacionales. Ninguna de estas condiciones debe cumplirse cuando el tipo de cambio flota. Pero ambas deben cumplirse cuando se lo fija.
Entre marzo de 2008 y marzo de 2009, el tipo de cambio subió un 17%. La causa del aumento no es la devaluación de la moneda brasileña ni la crisis subprime. Que nadie se llame a engaño. La devaluación del peso es una decisión del BCRA. Para no perder dólares, el BCRA sacrifica el valor del peso argentino. La UIA aplaude; el campo, cuyo descaro es menor, aprueba. ¿Qué gana el gobierno? Casi un 2% del PBI (u$s 4.800 millones) por año en concepto de impuesto inflacionario.
De acuerdo con el principio de paridad de poder adquisitivo, el nivel de precios de un país tiende a seguir el tipo de cambio. En otras palabras, el costo de una canasta de consumo en Argentina tiende a igualar el costo de una canasta equivalente en EEUU, expresado en la misma moneda:
Costo de canasta argentina = Costo de canasta americana * Tipo de cambio
En virtud de este principio, formulado en la década de 1920 por el economista sueco Gustav Cassel, la devaluación conduce tarde o temprano a la inflación. El BCRA está causando inflación. ¿Golpeará de inmediato? Es improbable. El aumento de la prima de riesgo-argentino ha provocado una salida de capitales y, con ella, una contracción de la demanda agregada. Si el BCRA no estuviera devaluando el peso, seguramente habría deflación, tal como el país la experimentó entre 1998 y 2001.
Pero cuando la economía se reactive (vaya uno a saber cuándo), notaremos una suba del nivel de precios, incluso con tipo de cambio fijo, como sucediera en 2003-2008. El BCRA aumentará entonces la oferta monetaria con el objeto de comprar dólares y así cobrar el impuesto inflacionario. No está demás agregar que una vez que el tipo real de cambio toque su nuevo nivel de equilibrio en la presente coyuntura de crisis, toda devaluación adicional se transformará inmediatamente en inflación y en recaudación inflacionaria. Mientras más rápido se devalúe, más rápido llegará ese momento.






