La semana pasada, el gobierno japonés informó que el PBI chino superó marginalmente al PBI japonés en el 2º trimestre de 2010. Ambas economías producen alrededor de u$s 5 billones anuales (sin ajuste por paridad de poder de compra), es decir, poco menos de 9% del PBI mundial cada una. De esta información se pueden sacar dos conclusiones: a) el nivel de vida chino es apenas 1/10 del nivel de vida japonés, razón por la cual China sigue siendo una economía pobre; b) el Estado chino dispone de una base imponible tan grande como la japonesa para financiar los proyectos políticos, militares, educativos o científicos que desee. De la primera observación podemos inferir que China debería seguir creciendo a paso agigantado en los próximos años. De la segunda observación podemos concluir que una China poderosa significa mucho más que manufacturas baratas y commodities caros; implica un cambio quizá radical en el orden mundial.
He tomado la tabla que sigue del FactBook de la CIA. Ordena en forma decreciente a los países según su PBI corregido por paridad de poder de compra. Esto significa que los productos y servicios finales de los países han sido valuados a los precios norteamericanos para obtener mediciones del PBI razonablemente comparables. Sabemos que el costo de vida en China es mucho más bajo que en Japón, por ejemplo. La corrección por PPC, aunque imperfecta, atenúa el impacto de las diferencias de costo de vida sobre las mediciones del PBI. Los datos corresponden al año 2009.

Por cierto, la tabla de la CIA corrobora lo que acaba de informar el gobierno japonés: "en el segundo trimestre de 2010 el PBI chino superó al japonés en valores corrientes". Pero hace rato que el PBI chino supera al japonés en paridad de poder de compra. En este contexto cobra relevancia una pregunta que Dani Rodrik se hizo hace poco en un artículo de La Nación. El economista de Harvard cree que "el crecimiento de la mano del autoritarismo es sólo un mito". Y apuesta a que los PBI por habitante de países como India, Brasil y Sudáfrica llegarán más alto que el chino en virtud de la flexibilidad, apertura ideológica y riqueza del debate de sus asentadas democracias. Extracté los siguientes párrafos del artículo de La Nación:
La relación entre política y perspectivas económicas es uno de los temas más importantes de todas las ciencias sociales. ¿Qué es mejor para el crecimiento? ¿Una mano fuerte o una pluralidad de intereses en competencia que fomenta nuevas ideas y protagonistas políticos?
Los ejemplos del Asia oriental parecen indicar lo primero, pero ¿cómo podemos explicar que casi todos los países ricos, excepto los que deben su riqueza a recursos naturales, sean democráticos? ¿Debería la apertura política preceder al crecimiento?
Cuando examinamos la documentación histórica, en lugar de los casos individuales, vemos que el autoritarismo consigue poco desde el punto de vista del crecimiento. Por cada país autoritario que ha logrado crecer, hay varios que han fracasado. Por cada Lee Kuan Yew de Singapur, hay muchos Mobutu Sese Seko del Congo.
Las democracias obtienen mejores resultados no sólo en materia de crecimiento. Dan una estabilidad económica mayor. Consiguen ajustarse mejor a las sacudidas económicas exteriores. Crean mayor inversión en salud y educación, y producen sociedades más equitativas.
Los regímenes autoritarios producen economías tan frágiles como sus sistemas políticos. Su potencia económica, cuando existe, descansa en la fuerza de sus dirigentes individuales o en circunstancias favorables, pero temporales. No pueden aspirar a una innovación económica continua.
China parece una excepción. Desde el final del decenio de 1970, después de que se acabaran los desastrosos experimentos de Mao, ha obtenido resultados buenos, pues ha tenido tasas sin par de crecimiento. Aunque ha democratizado en parte su proceso de adopción de decisiones locales, el Partido Comunista mantiene un control firme de la política nacional y el panorama en materia de derechos humanos queda empañado por abusos.
(Es una potencia económica) Pero China sigue siendo un país pobre. Su progreso futuro depende en no poca medida de si logra abrir su sistema político. Sin esa transformación, la falta de mecanismos institucionalizados para expresar la disidencia acabará provocando conflictos que superarán la capacidad del régimen para reprimir. Tanto la estabilidad política como el crecimiento se resentirán.
Para ver verdaderas superpotencias económicas prometedoras debemos dirigir la mirada a países como Brasil, la India y Sudáfrica, que han hecho sus transiciones democráticas y no es probable que retrocedan al respecto. Ninguno de esos países está exento de problemas. Brasil no ha encontrado una vía rápida al crecimiento. La democracia de la India puede ser exasperante con su resistencia al cambio económico y Sudáfrica padece un nivel elevado de desempleo.
Esas dificultades no son nada en comparación con las imponentes tareas de transformación que esperan a los países autoritarios. No deberemos asombrarnos de que Brasil haga morder el polvo a Turquía, Sudáfrica adelante con el tiempo a Rusia y la India supere a China.


