Claudio Chavez publicó en Infobae hace siete años un artículo premonitorio. La delincuencia y el narcotráfico no se veían entonces como grandes peligros. La brutalidad de los recientes sucesos de Río de Janeiro y la escalada de violencia que se observa en México y Argentina nos enseñan que son grandes peligros y que hace falta una solución.
El delito y el narcotráfico, más rápido que tarde, serán los problemas centrales a resolver. Quienes no aborden el asunto con la severidad que merece, serán superados por los acontecimientos que lamentablemente sufriremos todos, los que son responsables del problema y los que no lo son.
En la historia de nuestra golpeada patria el combate al delito no es novedoso. El país padeció en el siglo XIX el largo drama del indio. Las intermitentes entradas de la marginalidad pampeana sobre las poblaciones indefensas ocasionaron males imborrables y odios inextinguibles. Ciudades como Tapalqué, Azul, Tandil, 25 de Mayo, Junín, Pergamino, así como Río Cuarto, Villa Mercedes, San Rafael y tantas otras, vivieron años de horror y desesperanza. Las entradas indígenas ocasionaban todo tipo de males. Robaban cuanto podían, incluyendo el secuestro de hombres, mujeres y niños que usaban en sus tolderías para las labores más viles, lograban venderlos por monedas en Chile, o pedían rescate a sus familiares directos.
Extorsionaron sistemáticamente a los distintos gobiernos para lograr de ellos una paga que comprara su irrecuperable conducta.
Plagados están nuestros archivos históricos de estos acuerdos pampas. Sueldos para los caciques, sueldos para los caciquejos, sueldos para los capitanejos y sueldos para todos. Un regalo inexplicable para mantener una paz que jamás se cumplía. Se les regalaba, también, azúcar, yerba, tabaco, alcohol y ganado. Fortunas inmensas se gastaban para comprar su extorsión.
Los florecientes pueblos y villorrios recostados sobre las fronteras de la civilización sufrían el permanente acoso de los malones pedían a gritos una solución definitiva. Ya en épocas pasadas (1833), el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Don Juan Manuel de Rosas, había intentado una Campaña, exitosa en parte, sobre los indios del sur de Mendoza, sur de San Luis, sur de Córdoba y sobre los de su provincia. Había encomendado la conducción de dicha guerra a su amigo y caudillo el riojano Facundo Quiroga a quién le informaba sobre la necesidad de "acabar con todos los indios". Facundo rechazó el ofrecimiento aduciendo desconocer sobre este tipo de guerra. Sin embargo, el riojano no se desentendió totalmente del problema. Le llamaba la atención que la columna del centro, comandada por el General Ruiz Huidobro y los hermanos Reinafé, Jefes de su Estado Mayor y políticos de la Provincia de Córdoba -uno de ellos Gobernador- cuando planificaban caer sobre los toldos del cacique Yanquetruz, misteriosamente, los indígenas se hacían humo. Esto llevó a Facundo a acusar a los Reinafé de cómplices y buchones del cacique, y las razones que lo asistían eran muy simples: participaban del negocio del robo de ganado ejecutado por los ranqueles y reducido por éstos. La frontera era una delgada línea donde todo se confundía y todo se arreglaba.
Así estaban las cosas en aquel país y para colmo, empeoraron. En la década de 1870 el asunto indígena era la principal preocupación de la vida pública. La Argentina se encaminaba a su objetivo de nación agro exportadora y el clima de inseguridad no podía continuar. Quien resolviera el drama se colocaba en el centro de la escena nacional.
El vicepresidente Alsina elaboró, entonces, un plan que consistió en un avance lento y permanente sobre el desierto "el plan del Poder Ejecutivo es ir ganando zonas por medio de líneas sucesivas". En una palabra, una lenta evolución que provocaría la resignación y la natural incorporación del indígena a la vida social, al verse atropellado por la civilización. Completaba esta alucinación la loca idea de construir una zanja de 650 kilómetros de extensión, dos metros de profundidad y tres metros de ancho. Con ella pensaba persuadir al indio de la inconveniencia de sus robos, ya que la zanja les impidiría huir con el ganado arrebatado. El disparate estaba fundado en la idea de que esta campaña era contra el desierto y no contra el indio. El garantismo del siglo XIX se dio de bruces con la realidad.
El Coronel Roca, a la sazón Comandante de la frontera de Río Cuarto, polemizó con su superior en periódicos de la época y objetó su idea en los siguientes términos:
"Los indios mirarán este plan como un ataque a sus derechos, pues consideran suyos estos campos, y aún los que actualmente ocupamos. Nos acusarán de ser nosotros los primeros en faltar a la fe de los tratados y se prepararán a oponernos la más tenaz resistencia."
De manera que a juicio de Roca el proyecto Alsina contra el Desierto y no contra el indio era tan solo una ilusión. La respuesta indígena al vicepresidente Alsina, no se hizo esperar. En 1876 se produjo lo que se conoce como la "invasión grande". Masivo y mortal ataque indígena sobre Azul, Tapalqué y Tandil, que provocó más de 400 muertos, 500 secuestrados cautivos y 300.000 cabezas de ganado en manos de la marginalidad.
Fue muy perniciosa la acción de Alsina y si se quiere ingenua al pensar que el indio vería avanzar la civilización sin defenderse. No quedaba más que el plan de Roca:
"Vamos pues a disputarles sus propias guaridas, lo que no conseguiremos sino por medio de la fuerza. A mi juicio el mejor sistema de concluir con los indios es el de la guerra ofensiva. Hay que ir a buscarlos a sus guaridas y causarles un terror y un espanto indescriptibles."
Roca tenía en claro que solo el Ejército estaba en condiciones de una guerra ofensiva para concluir con el problema del delito indígena, las viejas Guardias Nacionales -especie de Policías de Provincias- estaban, invariablemente, complicadas con el robo o absolutamente superadas por la capacidad militar del indio. Roca aseguraba, asimismo, que era inadmisible la existencia de "fronteras interiores", es decir, territorios donde el Estado Nacional no ejercía ningún control.
En consecuencia, a más de cien años de aquellos acontecimientos nos hallamos a fojas cero. En Brasil la delincuencia ha golpeado en una de las ciudades más pujantes y populosas de América del Sur. Es sólo un aviso.
¿Continuaremos esperando que el tiempo solucione lo que los hombres no se animan a solucionar? La Argentina no está inmune de acontecimientos similares.
Los santuarios del delito son impenetrables por las fuerzas de seguridad y el Estado. Ciertas favelas y algunas villas son las actuales "fronteras interiores". Alguien debe penetrar en ellas y terminar con la delincuencia agazapada. ¿Lo hará la Policía?
Debemos pasar a la ofensiva “hay que ir a buscarlos a sus guaridas y causarles un terror y un espanto indescriptibles”
Es un enorme disparate alejar a las Fuerzas Armadas del conflicto con el narcotráfico y la narcodelincuencia. Pagaremos muy caro este error gigantesco.



