La Argentina es el problema. El mundo es la solución.

agosto 30, 2013

Friedman en ESEADE

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 8:24 pm

El pasado miércoles 31 de agosto, el ESEADE organizó una conferencia para celebrar el 101º aniversario del nacimiento de Milton Friedman. Compartí el panel con Osvaldo Schenone, un ex-alumno y admirador de Friedman. Fue grato escucharlo. Me enteré de aspectos para mí desconocidos de la personalidad y el pensamiento del padre del monetarismo. Sigue mi exposición, que repite partes de un post que escribí cuando Friedman murió.

Cuando Friedman arribó a Chicago en 1932, el líder del Departamento de Economía de la Universidad era Frank Knight, un economista filósofo. Knight pensaba que lo más probable era que el Estado, aun cuando quisiera hacer el bien, terminaría haciendo el mal. Era profundamente pesimista sobre el género humano y sus pretensiones altruistas. Creía que el rasgo dominante de la humanidad es la avaricia. A raíz de lo cual pensaba que era esencial construir un sistema económico que reconociera este hecho, encauzara la avaricia hacia propósitos útiles y de esta forma la dispersara entre muchos centros de poder que compitan entre sí. Opinaba que el gobierno debía mantenerse a un costado del proceso económico, incluyendo la creación de dinero. No le parecía conveniente que el gobierno se metiera en la cuestión monetaria porque, en vista de la inclinación a gastar de los políticos, generaría inflación y luego intentaría frenarla por medio de controles, después con amenazas y finalmente con estatizaciones que terminarían por aumentar el tamaño del Estado en la economía. Lo mejor, pensaba Knight, era que el verdadero dinero proviniera de las minas de oro. Esta doctrina, que Abba Lerner definió como capitalismo 100% puro, sintetizaba la filosofía predominante en Chicago cuando Friedman inició sus estudios de post-grado. Friedman hizo de esta filosofía su propia filosofía, con un único cambio: reemplazó el patrón oro por la ‘regla X’ de crecimiento monetario a cargo de un banco central.

La Escuela de Chicago nació con Knight y floreció con Friedman. Arnold Harberger, quien conoció a Knight y fue primero alumno y luego colega de Friedman en Chicago durante 25 años, ha redefinido la filosofía de la Escuela con estas tres proposiciones:

1) El mundo es realmente complicado. Necesitamos una teoría, o sea una abstracción, para poder apreciarlo y entenderlo.

2) La teoría no es buena si está aislada de las observaciones del mundo real.

3) En caso de duda, lo mejor es suponer que los mercados funcionan.

Para la Escuela de Chicago, las fuerzas de mercado son tan reales como el viento y las olas. Hay que vivir con ellas y sacar ventaja de ellas. No hay que desafiarlas, ya que las consecuencias pueden ser terribles.

Friedman fue un convencido defensor de las libertades individuales. Consideraba que el derecho de propiedad es la piedra angular de la organización económica capitalista y de la prosperidad. Escribió y militó a favor de la derogación del servicio militar, la legalización de la droga y el voucher escolar, y en contra de la regulación de la cantidad de médicos y el monopolio estatal en la concesión de licencias de conducir. Militaba a favor del ensanchamiento de los mercados. Cuando lo acusaban de que se le iba la mano en la campaña anti-estatista, acostumbraba replicar: "en cada generación hace falta alguien que vaya hasta el fondo y eso es lo que creo que hago". Fue un liberal clásico.

Sufrió ofensas y demostraciones de repudio durante gran parte de su vida. Los economistas académicos lo consideraban un flat-earther (el que cree que la Tierra es plana). Los izquierdistas le echaban en cara su colaboración con el régimen de Pinochet, olvidando que también había asesorado al gobierno comunista de China. Para otros era apenas un lunático. Hoy sabemos que Friedman fue el primer economista monetario de su tiempo (1950-75) y uno de los tres o cuatro grandes economistas del siglo pasado.

agosto 28, 2013

Federalismo en Aapresid

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 9:10 pm

El viernes 9 de agosto tuve oportunidad de hablarle a una nutrida concurrencia sobre federalismo fiscal. La conferencia era parte del XXI Congreso de AAPRESID (Asociación Argentina de Siembra Directa), que se realizó en Rosario. También expusieron sobre federaliso fiscal distinguidos colegas como Alberto Porto y Juan José Llach. Sigue mi exposición, que abreva en un post que escribí en 2009.

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Espero mi turno para exponer junto a Pilu Giraudo (Aapresid), lado izquierdo; el ex-gobernador H. Binner, a mi lado, y otras personas.

Tengo 15 minutos para hablar sobre la reversión de la pirámide de la coparticipación federal de impuestos. Realmente poco tiempo para una cuestión política y económica tan compleja. Pero suficiente para decir un párrafo significativo sobre cada uno de los cuatro aspectos del tema que creo imprescindible tratar.

Filosofía

En los años previos a 1787, cuando se sancionó la Constitución de EEUU, había en este país dos bandos en pugna: federalistas y antifederalistas. Los primeros querían un gobierno central fuerte. Los segundos querían preservar la confederación de pequeñas repúblicas libres que había funcionado desde la independencia.

Brutus, el antifederalista más notorio, se oponía a la cesión de potestades tributarias al gobierno central. Afirmaba que “la autoridad para establecer y recaudar tributos es la más importante de cuantas facultades pueden conferirse, pues se relaciona casi con todas las demás competencias o, al menos, con el paso del tiempo terminará arrastrando tras ella a todas las demás”. The Impartial Examiner, un autor menos conocido pero tan agudo como Brutus, era partidario de mantener el sistema de requisiciones, de acuerdo con el cual el congreso federal requiere a las legislaturas estaduales las sumas necesarias para solventar los gastos federales, y luego cada gobierno local tiene que recaudar en su estado, como crea conveniente, su porción de los gastos comunes. Otro antifederalista, Patrick Henry, exgobernador de Virginia, defendía el sistema de requisiciones porque le parecía el más compatible con el espíritu confederal.

La Constitución de 1787 resultó más centralista de lo que deseaban los antifederalistas, pero reconoce su influencia. Puesto que la constitución norteamericana sirvió de modelo a la argentina de 1853, nuestra constitución reconoce la influencia del pensamiento antifederalista.

Historia

La Constitución de 1853 sancionó una clara estructura de imputabilidad fiscal fundada en el criterio de separación de fuentes. Esto significa que las bases imponibles de la Nación y las provincias eran distintas y que la Nación y las provincias debían ocuparse, cada una por su cuenta, de recaudar los impuestos necesarios para financiar sus gastos. La autoridad que gastaba era la misma que recaudaba. Había correspondencia fiscal.

En 1890, los gobiernos provinciales gozaban de marcada autonomía puesto que apenas un 5% de sus erogaciones se financiaba con transferencias nacionales. En la actualidad, exhiben una marcada dependencia financiera y política del gobierno nacional pues el 65% de sus erogaciones se financia con transferencias nacionales. Es posible que esta fracción sea mayor en los últimos años del gobierno kirchnerista debido a la intensiva recaudación de recursos no coparticipables, tales como las retenciones, los aportes personales a la ANSES, el impuesto al cheque y el creciente impuesto inflacionario.

Propuesta

Es deseable que la organización fiscal argentina se aproxime a la de una confederación de pequeñas repúblicas provinciales. Hay dos vías de aproximación. Primera: las provincias concentran el poder recaudatorio y pagan ‘expensas comunes’ a la Nación, sin necesidad de establecer límites constitucionales al gasto nacional. Los contribuyentes ejercen así máximo control sobre el gasto provincial y el nacional, aunque se corre el riesgo de que algún gobierno provincial no quiera pagar sus expensas en situaciones de emergencia. Segunda (separación de fuentes): la Nación conserva poder recaudatorio sobre bases imponibles relativamente estrechas para cubrir gastos asignados en forma taxativa por una reforma constitucional.

La implementación de la primera vía es relativamente simple. Nos concentraremos en la segunda: 1º) Se reemplazan las transferencias nacionales (coparticipación federal de impuestos, otros fondos comunes y aportes del Tesoro), más la recaudación de los gravámenes provinciales que se quieran abolir, por una recaudación provincial propia de igual monto. 2º) Esto exige tres cosas: a) crear un sistema tributario provincial capaz de recaudar ese monto; b) rebajar la presión tributaria nacional puesto que la Nación deja de girar fondos a las provincias; c) implementar un nuevo sistema tributario nacional.

La necesaria reforma tributaria podría simplificarse de esta forma. Se divide (1) el IVA en dos partes: IVA nacional e IVA provincial; (2) el impuesto a las ganancias por mitades: Ganancias Empresarias, que recauda la Nación sobre el excedente empresario, y Ganancias Personales, que recaudan las provincias sobre ingresos laborales exclusivamente, y (3) los impuestos internos y a los combustibles en una fase mayorista, que recauda la Nación en fábricas y destilerías, y una minorista, que recaudan las provincias en supermercados y estaciones de servicio. Las provincias recaudan sus nuevos impuestos cada una por su cuenta.

Transferencias

Ahora bien, cuando se evalúa el impacto desagregado de la reforma queda a la vista un amplio abanico de desequilibrios. Este va desde un superávit de 150% del gasto en la CABA hasta déficits de 75% en Catamarca, La Rioja y Formosa.

Entonces, para asegurar la viabilidad financiera y política de la descentralización tributaria es indispensable aplicar un esquema horizontal y transitorio de transferencias. Debe ser horizontal (entre provincias) de forma que la Nación participe sólo en calidad de veedora. Y no debe ser permanente porque en tal caso las provincias favorecidas podrían quedar en una situación de dependencia política, además de fomentarse en ellas prácticas ineficientes y a menudo corruptas (ñoquis, sobreprecios en obra pública, desgravaciones industriales).

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