La Argentina es el problema. El mundo es la solución.

febrero 27, 2014

Posible giro

Filed under: Cotidiana — Jorge Avila @ 8:22 pm

Carlos Pagni, reconocido columnista del diario La Nación, publicó hoy un revelador artículo. Sugiero leerlo porque permite entender un poco mejor la confusa coyuntura política y económica argentina y formarse una perspectiva defendible sobre el futuro del país hasta el traspaso del poder al próximo gobierno. A continuación, puntualizo lo que entendí del artículo:

a) La investigación judicial por corrupción de Lázaro Báez involucra a la familia de la presidente Kirchner y, en especial, a su hijo.

b) Para detenerla, la presidente Kirchner necesita tiempo. Tiene que mantenerse en el poder hasta el fin de su mandato para desactivar o neutralizar el caso Báez.

c) Pero con una tasa de inflación que apunta al 50% anual y sin plata para comprar voluntades, el tiempo y el poder son cada vez más escasos.

d) La inflación depende del déficit fiscal cubierto con emisión monetaria y de la velocidad de circulación del dinero. El déficit es grande porque el gasto en sueldos y pensiones y los subsidios a la energía y el transporte han alcanzado un nivel demasiado alto. La velocidad es función inversa del tamaño de la emisión monetaria que el público espera. De forma que la inflación depende en lo fundamental del déficit fiscal que se financia con emisión. A mayor déficit, mayor emisión y mayor inflación de manera directa e indirecta. Puesto que la mayor emisión induce una mayor velocidad y por consiguiente una todavía más alta inflación. En otras palabras, la velocidad refuerza el efecto inflacionario de la emisión monetaria.

e) Para asegurarse ese tiempo, la presidente necesita entonces bajar en términos reales los sueldos y subir las tarifas de los servicios públicos. La devaluación de enero, sumada a una paritaria del 25%, es un paso en dicha dirección. La actualización tarifaria tendría por objeto disminuir los subsidios a las empresas de energía y transporte, y reducir un poco más el déficit fiscal.

f) Si el gobierno pudiera acompañar el ajuste fiscal con la indemnización de Repsol-YPF, la normalización del INDEC y de las relaciones con el FMI, la cancelación de la deuda con el Club de París y la solución de los juicios en el CIADI y el problema de los hold outs, estaría en condiciones de conseguir préstamos que aliviarían el ajuste fiscal y aumentarían sus chances de llegar a diciembre de 2015 con una inflación políticamente aceptable y gobernabilidad.

g) La presidente Kirchner lograría así dos objetivos: tiempo para desactivar el caso Báez y, si fuera posible, el voto de cerca de 25% del padrón en las elecciones presidenciales de 2015 para formar un bloque de legisladores que defiendan a su proyecto político y a su familia.

Si la argumentación de Pagni no fuera una fantasía, tenemos motivos para alegrarnos por primera vez en muchos años. Por un lado, el gobierno habría dejado atrás la etapa de "populismo radical" que anunciara el diputado Feletti en 2011. Por el otro, estaría en marcha un giro hacia la racionalidad económica, desprolijo, tardío, con contradicciones, como cabe esperar del kirchnerismo, pero un giro que evitaría una catástrofe económica y un naufragio político.

febrero 8, 2014

The WSJ sobre dolarización

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 4:29 pm

Con la firma de la conocida e incisiva periodista Mary Anastasia O’Grady, The Wall Street Journal publicó el pasado lunes 3 un artículo sobre "la vieja costumbre argentina de devaluar". Me impresionó el artículo por su contundencia. Si la dirigencia política argentina tuviera alguna cuota de realismo y pudiera razonar sin prejuicios nacionalistas, el aporte de O’Grady la ayudaría a simplificar la vida de los argentinos. Reproduzco la nota en su totalidad. Presten atención a la opinión del ministro de Irlanda sobre los beneficios de la adopción del euro en reemplazo de la libra irlandesa. Y no dejen de repasar los 200 años de devaluaciones de la moneda argentina.

 

A medida que caen las reservas internacionales de Argentina, una megadevaluación parece inevitable, nuevamente. Algunos países aprenden las lecciones de su historia monetaria, pero Argentina es un caso aparte.

A fines de los años 90, en Buenos Aires se hablaba de reemplazar el peso con el dólar estadounidense. El posible impacto de una dolarización se me vino a la mente la semana pasada, cuando el ministro de Finanzas irlandés, Michael Noonan, visitó las oficinas de The Wall Street Journal en Nueva York para conversar sobre la recuperación de su país de la crisis bancaria de 2008.

A Noonan se le consultó si se arrepentía de que Irlanda formara parte de la zona euro, lo que en la práctica impide que los irlandeses recurran a la política monetaria para arreglar una crisis de deuda. El ministro respondió que sin las restricciones del euro, la economía pequeña y abierta de Irlanda habría probablemente sufrido una suerte mucho peor: una devaluación de grandes proporciones cuando sus bancos colapsaron.

Devaluar la moneda es la senda menos dolorosa cuando un gobierno no es capaz de cumplir con sus obligaciones. Sin embargo, como señaló Noonan, sus efectos sobre la población son brutales. La devaluación reduce el poder adquisitivo del país. Los salarios reales y el valor real de los ahorros de las personas comunes y corrientes disminuyen de un día para otro.

Lo que es peor, observó Noonan, es que son pocos los países que pasan por una megadevaluación solamente una vez. "Se vuelve un hábito", subrayó.

Tales palabras son demasiado amables para describir el caso de Argentina. Una historia de 200 años de devaluaciones recurrentes es una condición más seria que una adicción. Es patológico.

La última devaluación se produjo la semana pasada, cuando Argentina anunció que comprar un dólar del banco central costaría 8 pesos, en lugar de 6,9. La relación en 2006 era de 3 pesos por dólar. La cotización en el mercado negro es de más de 12 pesos, lo que sugiere que aún queda un doloroso camino por recorrer.

Esta crisis tiene lugar poco más de una década después de la última, que ocurrió poco más de una década después de la anterior. No obstante, socavar el valor del peso no es un fenómeno moderno en Argentina.

Según el economista chileno Sebastián Edwards, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles y autor del libro de 2010 "Dejada atrás: América Latina y la falsa promesa del populismo", la costumbre argentina de devaluar se remonta a la década de 1820. En 1827, el peso papel que circulaba en Argentina se devaluó en 33,2%, señala Edwards. La divisa perdió otro 68% en 1829. Hubo una devaluación de 34% en 1838, de 65,5% en 1839, de 95% en 1845 y de 40% en 1851. Un sistema de convertibilidad impuesto en 1868 fracasó en 1876 y otro establecido en 1891 sobrevivió hasta 1914.

Para los políticos, era apenas el comienzo. Según Edwards, hubo crisis cambiarias en 1938, 1948, 1949, 1951, 1954, 1955, 1958, 1962, 1964 y 1967.

En 1971, escribe Edwards, hubo una nueva crisis cuando el peso fue devaluado en 116,8%. (El porcentaje puede exceder 100 porque se calcula usando pesos por dólares). La inestabilidad económica en Argentina se agravó después de 1974. La inflación ascendió a 444% en 1976. Esta recurrencia de las crisis tuvo un impacto negativo en el crecimiento: el ingreso per cápita cayó a una tasa anualizada de 1,7% entre 1975 y 1985. Para 1985, la inflación llegaba a 672%. Entre 1981 y 1991, la tasa de devaluación del peso promedió un asombroso 1.346% al año señala el economista.

Las políticas que ha seguido el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner como la expropiación, la anulación de contratos, la fijación de impuestos a las exportaciones y la imposición de topes a las tarifas de servicios públicos han destruido el capital. Mientras tanto, el gasto fiscal como porcentaje del Producto Interno Bruto se duplicó en los últimos 10 años. Ni los extranjeros ni los argentinos quieren tener pesos porque el banco central erosiona su valor al imprimirlos en exceso. Cuando eso ocurre, casi no hay forma de detener una corrida contra las reservas internacionales del banco central, una espiral inflacionaria y el empobrecimiento del país.

Las reservas de Argentina en moneda extranjera cayeron en US$1.250 millones la semana pasada conforme su banco central se empeñaba en defender el peso. Las reservas llegan ahora a apenas US$28.300 millones, frente a un máximo de US$52.600 millones en enero de 2011.

La agudización de la escasez de divisas extranjeras está destinada a tensionar una economía que depende de materias primas importadas y bienes intermedios en los sectores industrial y agrícola. Los argentinos ya reportan problemas para encontrar medicamentos que provienen de otros países. Los controles de precios, que se aplican en forma informal mediante la intimidación, complican aún más la situación. Los importadores pueden comprar dólares en el mercado negro para pagar a sus proveedores extranjeros, pero pierden dinero a menos que puedan ajustar sus precios minoristas.

El gobierno, que teme un alza de la inflación, anunció la semana pasada que aumentaría la competencia en los mercados locales al introducir más importaciones si los productores argentinos tratan de subir los precios. Aparentemente, a los genios del banco central se les olvidó decirles a los controladores de precios que no tienen los dólares necesarios para traer más importaciones.

Jorge Capitanich, el jefe de gabinete, dice que los especuladores, en su afán por ganar dinero rápidamente al castigar el valor de los activos para luego comprarlos, son la causa del colapso del peso. Esta clase de ignorancia económica de los gobernantes de una nación de 41 millones de personas es aterradora. Pero en Argentina no es de extrañar.

 

Dice bien el ministro irlandés, la devaluación genera una adicción y puede tener un costo brutal para una sociedad. Por algo los irlandeses, los españoles y los griegos la han evitado por todos los medios no obstante escalofriantes tasas de desempleo. Contradiciendo a Krugman, desde el principio pronostiqué que los países de la periferia europea iban a superar la crisis sin abandonar el euro (vea uno y dos.) En efecto, la devaluación es una manía en Argentina. Importantes sectores (productores rurales, industriales, incluso los sindicalistas) la desean y hay políticos que la consideran una suerte de lubricante de la economía.

En cuotas o de golpe, con este gobierno o el que viene, vamos por enésima vez en los últimos 60 años hacia un nuevo ajuste. Nos espera una nueva pesadilla de devaluaciones, llamaradas de inflación, abruptas reducciones de sueldos e inversiones públicas y privadas y tarifazos, con riesgo de default. ¿No es hora de probar algo diferente? Dolarizar (o eurizar) la economía simplificaría mucho este trámite inevitable. Además, el impacto del ajuste sería bastante menor puesto que la dolarización abriría una inédita expectativa de estabilidad.

febrero 3, 2014

Paraíso del disidente

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 8:46 pm

Siempre lamenté que Rivadavia y los gobernantes de la época no se hubieran esforzado por retener al Uruguay dentro de la Argentina. Pero, ahora, con la perspectiva que dan tantos años de desaciertos, creo que es una bendición que el Uruguay sea un estado aparte. Es el ideal del disidente. Quien cruce el charco, tiene la posibilidad de seguir viviendo, de alguna manera, en la Argentina aunque bajo una jurisdicción respetuosa de las libertades individuales.

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El semanario inglés The Economist eligió al Uruguay como el "país del año 2013" por haber implementado una reforma sin precedentes, que mejorará su situación y que, si fuera emulada, podría beneficiar al resto del mundo. La reforma es la legalización y regulación de la producción, la venta y el consumo de la marihuana. El semanario encuentra elogiable que el presidente Mujica haya definido a la nueva ley como un "experimento" y considera que este paso permitirá al Uruguay concentrarse en crímenes más graves.

Ojalá el Uruguay tuviera la audacia y la claridad económica de Chile y firmara tratados de libre comercio con los EEUU, la China y otras potencias. Imaginen un país en libre comercio a tiro de piedra de la costa argentina. ¡Qué paraíso! Para los argentinos de pensamiento liberal y también para la mayoría socialista que quiere comprar ropa, calzado y productos electrónicos a precios de Miami. Me abstengo de considerar el influjo que el potencial régimen de libre comercio uruguayo ejercería sobre la organización económica argentina puesto que, a juzgar por la evidencia, nuestro país es impermeable a los buenos ejemplos.

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