La Argentina es el problema. El mundo es la solución.

Septiembre 2, 2014

Juventud maravillosa

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 3:11 pm

Lo que sigue fue escrito por el Pato Soto en 2006 como testimonio para su hijo y las nuevas generaciones. Narra en forma cruda las impresiones que dejó en un perceptivo y fervoroso joven provinciano el grandioso espectáculo de la política universitaria de La Plata en 1973. Incluye un relato de su audaz experiencia como observador en la “masacre de Ezeiza” y una reflexión sobre el final del ciclo en 1976. Publico este texto como homenaje a su memoria, pero, sobre todo, porque aporta una visión atenta, humana y comprometida de aquellos días trágicos, que yo miré, como muchos de nosotros, desde la vereda de enfrente.

Mi trabajo editorial se ha limitado a agregar mayúsculas y acentos y a mejorar la puntuación. También agregué, entre corchetes, palabras aclaratorias cuando las oraciones me parecieron confusas o inconclusas, así como algún signo de interrogación cuando no pude descifrar el significado de una frase. Agradezco a Reynaldo Onofri el texto y la fotografía.

Luis Alberto Soto

“Pato” Soto, a los 18 años, recién llegado a La Plata

 

Los 70 y la Juventud Universitaria

 

1. La llegada y la juventud maravillosa

 

Montonero, montonero

Sos soldado de Perón

Los gorilas tienen miedo

Tienen miedo al paredón

 

Lucha, lucha armada

Perón en la Rosada

 

Perón, Evita

La patria socialista

 

Uno por uno

No va a quedar ninguno

 

Duro, duro, duro, somos los montoneros

Que mataron a  Aramburu

 

Hoy, hoy, hoy que contento que estoy

Hoy, hoy, hoy que contento que estoy

Somos los montoneros que mataron a Mor Roig

 

Ayer fue la resistencia

Hoy montoneros a luchar

Y mañana el pueblo entero

En la lucha general

(Con la entonación de la marcha peronista.)

 

Luego cambiaron [los cánticos], además de montoneros a luchar, se agregan FAR y FALP (fuerzas armadas revolucionarias, dirigidas por Quieto, y fuerzas armadas de la liberación peronista).

 

Perón… Evita

La patria socialista

 

La Plata, La Plata

Ciudad Eva Perón

Ciudad de Montoneros

Para la liberación

 

Ni yanquis ni marxistas

Peronistas

 

El espectáculo era imponente, majestuoso.

Cientos de muchachos, generalmente con bigotes mejicanos, levantando la mano, llenando las anchas calles platenses. Todos lucían brazaletes azules y blancos con una estrella federal en el centro. Las caras eran serias, parecían decididos a todo. Hasta parecía que tenían razón. La organización era perfecta.

Los cánticos estruendosos retumbaban en los edificios, amplificándose, expandiéndose… dando miedo. Los autos se apartaban. Nadie intentaba interponerse en la marcha. Las columnas eran compactas.

Las pancartas y las banderas constituían una historia aparte. Eran enormes, muchas tenían veinte metros de largo por dos de ancho; otras, más chicas con la estrella federal; medio escondidas había pancartas con dos fusiles cruzados y la sigla Montoneros en color amarillo; otras blandían la insignia de la JUP, Juventud Universitaria Peronista, rama estudiantil de la Juventud Peronista. ¡Y ya lo ve…, y ya lo ve…, es la gloriosa JP! Era el retumbar que estallaba.

Los vidrios temblaban por el resonar de cientos de voces elevadas al unísono, como si estuvieran maravillosamente coordinadas. El cielo azul de aquel día enmarcaba la escena, casi fabulosa a mi vista. La falange ya cubría cinco cuadras. En los primeros tiempos, los vecinos se paraban en la vereda a mirar con curiosidad. Era abril de 1973. Tiempo después, cerraban los comercios y se escurrían bajo las persianas.

Aquel abril, la manifestación era en el patio del Rectorado de la Universidad que fundara Joaquín V. González. El motivo: demostrar que los estudiantes estaban a favor de la democracia y el libre retorno y  el levantamiento de la proscripción electoral del octogenario coronel Perón. Las tres cosas hacía seis meses ya habían sido concedidas por el general Lanusse, quien veía terminado el ciclo militar e inevitable el retorno de Perón, y esperaba que el regreso a la democracia, con Perón como Presidente, pudiera aplacar: las huelgas cada vez mayores y masivas (Cordobazo, Correntinazo, Mendozazo) de obreros, maestros; a los estudiantes que criticaban al gobierno y que, cuando eran reprimidos, le formaban un caldo de cultivo al inquietante crecimiento de la guerrilla. Justamente, este era el gran tema, la guerrilla urbana que se le estaba escapando de las manos. Hacía muy poco tiempo que los Montoneros habían asesinado a Mor Roig, ministro del Interior de Lanusse, un radical que tenía la misión de reglamentar la rápida transición a la democracia. Y todo hacía entender que la tendencia crecería y recrudecería, si no se daba una transición rápida y que Perón se las arreglara.

 

Boquiabierto. Maravillado. Azorado por primera vez en mis 18 años veía una manifestación de organización y poder como esa. Mi grupito, Franja Morada, formado en esa época mayormente por radicales no alcanzaba a tener treinta personas. Desorganizados, con algunos cantos opacados por las contundentes marchas de la falange, que entraba al patio empujando a toda persona que no se había dado cuenta de correrse a tiempo. La falange siempre debía ocupar todos los lugares cercanos adonde iban a hablar los líderes de las distintas agrupaciones. Utilizaba la regla del número y la arrogancia agresiva de la cantidad. Todo eso lo aprendí tiempo después.

-Tengan cuidado, dijo Fredi [Storani], éstos vienen calzados (revólveres, palos o cadenas eran los instrumentos favoritos). Los más grandes de nuestro grupo, junto a otros como el comunista, se encadenaron los brazos para impedir que hubiesen roces.

-Que venga el rector, carajo, rugieron los montos; el rector no apareció. En los balcones del segundo piso, estaba previsto que hablara un representante de cada agrupación y el rector. De pronto, aparecieron dos personajes de Franja: el Gordo López Murphy, secretario de la Federación Universitaria de La Plata, y Sony Montero, ambos radicales. Quisieron hablar, imposible. Los silbidos aturdían. Como dije, era mi primera presencia en un acto importante. Los silbidos me quitaron el poco miedo que tenía, me parecieron injustificados, intolerantes en gente que decía querer la democracia. Precisamente, la democracia era escuchar a todos. Me parecía una barbaridad que no dejaran hablar a alguien. Además, a pesar de estar en bandos distintos, pensaba, en mi ingenuidad de novato, todos teníamos la misma meta. Y para mí la injusticia era quizás el único motivo que me llevaba a pelear.

Ya me habían advertido que la Juventud Peronista era el grupo más sectario y matón; de a poco lo fui comprobando Pero sigamos con la asamblea. Los silbidos dieron paso a los insultos de ambas partes. Comenzó el forcejeo entre las líneas de contención hasta que estas comenzaron a ceder. Era el momento de pelear (dado el número…, hacerse golpear) o… como alternativa, correr lo más rápido posible. “Esperemos a ver qué dice Fredi”, fue la voz que se transmitió en el grupo. No hubo tiempo para escuchar lo que dijo Fredi. La cosa estaba por explotar. Algo interrumpió los cánticos, las silbatinas y el cada vez menor entusiasmo de una asamblea por el retorno de la democracia.

La estridencia de una veintena de sirenas policiales en segundos impidieron que los grupos se molieran a golpes (nos molieran a palos… aunque vi que dos veteranos de los nuestros tenían revólveres por si la cosa se ponía muy dura) y que todos miraran a la calle, el patio de la Universidad era abierto y daba directamente a calle 7. Eran los patrulleros y vehículos de asalto que venían a visitar a los manifestantes y a decirles tiernamente que tenían 5 minutos para dispersarse. La acción policial era otra de las novedades que el destino me había deparado ese día. En mi ciudad, creo que no había ni policías. Lo que estaba viendo sólo se leía en los diarios, con el mismo interés que la guerra de Vietnam ya que la televisión, en primer lugar, no pasaba esas cosas y, en segundo, para que la señal llegara se requerían humedad y viento determinados, lo que provocaba una cadena telefónica entre amigos y familiares en la que se decía “Miren, se ve canal 7”. Entre Ríos estaba tan lejos.

 

Al ruido ensordecedor de la docena de patrulleros subidos a la vereda, le siguieron carros de asalto. Bajaron unos treinta policías y ordenaron desalojar el lugar en diez minutos. La juventud peronista, lejos de aceptar, comenzó a insultarlos con gritos: “torturadores, hijos de puta”,… y algunas piedras comenzaron a volar en dirección a los patrulleros. La cana respondió tirando gases lacrimógenos y empezó a avanzar blandiendo palos y escudos… otra novedad para el entrerrianito.

-No se toquen los ojos, ni se refrieguen porque es peor, va a arder más, pónganse agua, dijo Fredi. Acá no hay nada que hacer corramos hasta Bellas Artes. (La facultad de Bellas Artes estaba en la esquina.)

Eso fue toda una experiencia; a empujones entre los peronistas que querían pelear con la policía y los curiosos que no sabían para dónde correr, nos abrimos paso como pudimos y entramos indemnes a la facultad. Todo era desorden; las mujeres, con los ojos rojos, lloraban; los más veteranos trabaron la puerta y yo me fui al techo. Fredi, desde una oficina extrañamente desolada, llamó a un diputado Hipólito Solari Irigoyen y a otro abogado, Karakachoff, contándoles lo sucedido y les pidió que vinieran a interceder con la policía para que nos dejara salir sin detenernos. Vinieron,  y cumplieron lo prometido. ¡Pobres víctimas de un tiempo sangriento! Tiempo después, al primero le pusieron una bomba en el auto; no lo mataron pero quedó inválido para toda la vida; al segundo, le pegaron un itacazo en la cara, con lo cual casi literalmente le volaron la cabeza. Pero esas historias merecen mayores detalles.

 

Dos horas después yo estaba en camino a mi casa por diagonal 80; allá, atrás de la vía, en las zonas de cabarets (Premier) baratos y haras. La adrenalina me había subido. ¡Había participado en uno de esos actos que solo había visto por televisión y en la foto de algún diario!

Con entusiasmo me repetía, “La Plata vale la pena, el momento histórico es éste, la democracia socialista está al alcance de la mano”. De lo contrario, ¿cómo toda una generación coincidiría en que había que retornar a ella y mejorar la situación de los que nada tenían? Gracias a Dios iba a contribuir a hacer algo grande, algo similar a la gesta sanmartiniana. Era fantástico. Hacía mucho que no me sentía tan feliz.

 

2. A vivir con la tía Coca

Hacía tres días que había bajado del colectivo que me trajo desde Entre Ríos, con los tres amigos que habíamos decidido compartir una casa para estudiar. Gerardo, mi amigo de la escuela primaria y secundaria, iba a estudiar Medicina; el Conejo, Contador, y el Cuico, también Medicina. Arriamos [a lo largo de] doce cuadras, 2 valijas cada uno y un colchón al hombro. Después de esas caminatas, quedabas desgarrado. Cada valija debía tener ropa para dos meses, que era el tiempo estimado para volver a [Concepción del] Uruguay; usábamos toda la ropa de una [valija], luego la reponíamos y usábamos toda la ropa de la otra, hasta que retornábamos. Muchas veces traíamos salames, queso, etc. Pero la primera vez cargamos cien kilos cada uno. Salvo Conejo, ninguno de los cuatro sabía lavar ni planchar y le horrorizaba aprender, entonces, se utilizaba el método antedicho y el oportuno robo de un calzoncillo limpio o [la alternativa de] limpiar alguno. Pero en ese baño (la casa se detalla más abajo), al que iban mil personas, había bombachas, corpiños, etc., colgados en diversos lugares, y los más malos muchas veces se secaban con dicha lingerie. Pues como se verá, la casa, con varios perros y gatos, era habitada por 4 mujeres de 18 a 70 años y 5 mozalbetes de 15 a 18 añitos. Más de una vez, a falta de un calzoncillo limpio, alguno se puso una bombacha, y al revés.

En efecto, nuestra primera residencia presidencial fue en la casa de Coca. Coca era una mujer maravillosa, querida por todo el mundo. Hoy me digo por qué nunca más pasé por su casa. Soy débil, muy débil, en cuestiones afectivas, me hieren. Coca se merecía que los cuatro graduados que comenzaron en su casa [fueran a visitarla] al menos una vez cada cinco años. Salvo Conejo, nadie volvió a ir, y tanto le debemos. Cosas de la vida, ya dije cuál era en mi caso.

Coca tenía cuatro hijos que había criado sola, pues su marido había muerto. Para sobrevivir, tenía pensionistas y vendía ravioles, con un buen humor contagioso. De los cuatro hijos, quedaban dos hijas y Tito en la casa, además de dos o tres perros. Una de las hija, llamada la renga… porque era renga, y la otra (sus nombres se me han perdido) trabajaba en Canal 2 y contribuía a mantener a los demás. Entre los pensionistas se encontraba, además de los susodichos, una estudiante muy linda de Gualeguaychú a quien todos quisieron levantar sin éxito. Aunque tenía novio, era intrascendente; yo creo que de haberme puesto firme lo lograba… pero era tímido y me hacía el rudo. Todo era una payasada. Como nadie pudo hacerlo, concluimos que el novio era puto.

La casa de la tía Coca -se imaginarán- nos convenía porque la mensualidad era muy baja y lo que recibíamos de Entre Ríos apenas nos alcanzaba. Siendo todo una aventura. Durante el primer año no nos dimos cuenta de lo incómodo que era todo. En una pieza dormíamos los cuatro, ni me acuerdo dónde poníamos la ropa, seguramente quedaba en la valija. Había un solo baño y con pozo negro. Cuando se llenaba el pozo, salía todo por la rejilla, todos los líquidos cloacales rebalsaban y había que salir dando saltitos y cerrando la nariz. Lugares para estudiar: en la cocina había una mesa, en la habitación, otra, y en el living, una tercera. Éramos como siete y nunca se encontraba un lugar para estar tranquilo y solo. Sólo la chica de Gualeguaychú tenía habitación y escritorio propio.

Coca tenía televisión, buen carácter, nos dejaba recibir llamadas telefónicas, nos invitaba a almorzar ravioles los domingos, si sobraban, y casi siempre sobraban. Por años no soporté el olor a relleno de tallarines. No logro recordar como rendí, ni adonde estudié, todas las materias ese primer año y sacar promedio nueve. Pensemos, los profesores, con la excepción de matemáticas eran muy malos. Jamás he podido estudiar en Bibliotecas ni en bares, y muy pocas veces una hora continua. Ahora recuerdo, conocí a una compañera de Lógica, Adriana, y creo que en su hogar estudie los finales. La cosa fue que me hice invitar a la casa a estudiar Derecho, después ella estudiaba Contabilidad, y yo mientras la miraba como para comerla habré ojeado Samuelson para rendir Microeconomía; a Lógica la arreglábamos con Bombones y a Macroeconomía con el futuro montonero y posterior Ministro de Economía de Duhalde, a quien le tome algún aprecio personal, era muy fácil.

Así que fueron muy pocos los días del 73 que estudié en lo de Coca. Casi no me acordaba de las materias que di, pero si tengo marcado a fuego los ataques de asma que me dieron en la noche, en aquellos inviernos en donde el frío era insoportable y la humedad se escurría por las paredes formando una verdadera catarata. Casi asfixiado, me levantaba y me inyectaba adrenalina pura. Eso me calmaba y me hacía retumbar el corazón más de una hora. Pero al menos podía respirar. Terriblemente húmedos y fríos eran los inviernos, a la mañana temprano cuando iba a la facultad, debía caminar con mucho cuidado. En el barrio malevo del hipódromo las aceras estaban desvencijadas y si se pisaba mal un chorro de agua helada subía hasta la rodilla. Ya volveremos al barrio en el que éramos expertos y toda la ciudad esquivaba al anochecer.

De todos modos nuestros días en lo de Coca estaban contados. Cuico, el de medicina, fue el que primero se escabulló y, sin decir agua va, se fue a vivir al Gusano, otra ratonera más organizada con 6 tipos de Uruguay y con una pieza para cada uno. Siendo tres estuvimos más cómodos. Al año siguiente conseguimos una casa cerca de 40 y 222 y entre cuatro la alquilamos.

 

3. La facultad

Así, con mi gran amigo Conejo, comenzamos a cursar. La facultad de Economía era un triángulo entre la calle 46 y diagonal 77. Ese predio, que ha marcado a fuego nuestra juventud, era prestado por un Colegio Secundario General Belgrano. Era chico pero tenía buenas aulas. A la entrada estaba el negro Sardelo en un cubículo de madera; daba informaciones, decía cuales eran los profesores más fáciles en cada materia, daba los horarios de los cursos, los cambios de horarios, registraba, daba la libreta universitaria. Era hosco pero eficaz, asustaba a todos los alumnos de primer año. Terminamos haciéndonos muy amigos, con el tiempo, compartiendo los mismos amores y odios políticos.

El segundo piso lo ocupaba la Administración. Entonces, entrando por la puerta de servicio de la Escuela, uno entraba por la puerta principal de la facultad. La puerta era de latón; se caminaba por un embaldosado; a la izquierda y a la derecha se habían construido dos aulas que no tenían ninguna similitud con el enorme edificio de una gran escuela de principio de siglos. Pasabas frente a la cabina de Sardelo y subías a la parte principal del edificio. Un largo corredor con 4, 5 ó 6 aulas a cada lado, y al final, a la izquierda, el aula magna, y a la derecha, la secretaria académica y la rectoría. La biblioteca estaba a unas diez cuadras, había una cafetería y el comedor universitario a 15 cuadras que se podían acortar yendo por una diagonal. Esa fue mi facultad y la de 1000 chicos más que entramos en el glorioso año del retorno, el 73.

Creo que mi primer día de clases se inauguró con Lógica. Allí me encontré con un estudiante, Oscar, que me comentó que venía de estudiar Sociología en Buenos Aires. De entrada nos hicimos íntimos amigos, amábamos la política, los temas sociales, el deporte. Oscar sabía una enormidad de marxismo, por no decir que era el único personaje de esa jungla que había estudiado a Marx en serio, pero había huido de Ciencias Sociales de Buenos Aires por el despelote, la mugre y el convencimiento de que ahí no iba a aprender nada o la iban a cerrar tarde o temprano. Yo sabía algo de historia argentina que desconocía la mayoría, es decir, sabía algo más que él, y con eso nos bastaba para estar horas charlando. Nuestra afinidad, por no decir amor que entre hombres queda mal, fue estupenda; íbamos al cine, a recitales. De ahí en más Oscar fue uno más del grupo entrerriano, con menos fuerza nuestra amistad duró hasta terminar la carrera. Hasta su novia, hoy su esposa Cristina, se puso celosa y decía que Oscar había adquirido la tonada entrerriana de tanto hablar con mi grupo. A ambos nos apasionaba la política y vaya que teníamos temas cotidianos de charla. Yo creo que estas cosas pasan cuando dos seres humanos son apasionados por un par de temas, se respetan intelectualmente y tienen caracteres similares.

Volviendo a la mi primera clase, debo decir [con respecto a la] profesora que era una gorda cómica, [y que] desde el primer momento supe que no aprendería nada, aunque misia Pepa tenía un currículo enorme. Tan ridícula era la clase que llevaba a que unos 300 alumnos se murieran de la risa. Era grandota con forma de bombón, teñida de amarillo rabioso y con problemas en sus extremidades que ya le comenzaban a fallar. En la primer clase, estuvo tres veces a punto de caerse del estrado y, dado su peso, los alumnos de las primeras filas se retiraban para no ser aplastados, luego se le cayeron un par de veces las tizas hasta que se rindió y dejó de intentar escribir. Mientras yo lloraba de risa, Oscar con acierto me decía con su seriedad habitual: “Si todos los profesores son así vamos a perder 5 años y seremos desocupados con título.” Finalmente, la señora creyó que había enseñado suficiente Lógica y desapareció.

Un enigma se impuso en todos nosotros: son más difíciles de aprobar [los cursos de] los profesores que no enseñan nada que los de los que enseñan bien materias complicadas. Al final alguien rompió la intriga: para aprobar con Pepa había que ir a la casa a preguntarle algo y regalarle bombones. Esto nos dejó más tranquilos.

Como durante la primera clase toda esa payasada no me interesaba, me puse a mirar con detenimiento el material femenino que nos acompañaría los siguientes cinco años. Mi recorrida terminó en una cara eslava, ni rubia, ni ojos azules, muy linda. Adriana Frankovich. Luego de una sigilosa persecución, que incluía anotarme en sus cursos e invitarla a estudiar juntos, ella sería mi novia los próximos seis años a partir del 21 de septiembre de ese año. Todo era espléndido para el amor en primavera en La Plata, invadida por el aroma de los tilos, hacía de cualquier calle un lugar especial. Yo tenía 18 años.

 

4. Comienzos en la Franja

Habían pasado dos semanas desde el comienzo de los cursos. Las cosas se habían vuelto algo rutinarias para mi gusto y los motivos por los que me encontraba estudiando… Despertar, tomar mate, ir a la Facultad, que estaba absolutamente tranquila en marzo del 73 después del incidente relatado. A la una, al comedor universitario con algunos compañeros de curso o el Conejo si estaba a mano. Los profesores, con excepción del de Álgebra, eran malos. En Microeconomía estaba un muchacho de la JUP, Carlos Moser (hoy Secretario de Hacienda), Remes Lenicov (luego Ministro de Economía de Duahlde en la Nación), ambos mediocres, y no creo recordar ningún otro nombre. A la salida del Comedor Universitario si había algo de sol, sentarnos en el parque, comer la sagrada y eterna naranja (porque asimilaba la comida, decían los estudiantes de dos meses de medicina) y hablar de mujeres y política. Después de haber hecho varias revoluciones y acomodado la cuestión social, a dormir la siesta y luego, estudiar hasta la noche. Como no había dinero para cine, truco, guitarra… y a dormir.

Después de estas dos semanas de acoplamiento, comencé a sentirme deprimido. No encontraba gente de la Franja en ninguna parte de la facultad, y de esa forma no podía comenzar a trabajar en mi principal objetivo: política y cumplir la misión de una sociedad mejor. Un día se acercó a casa un veterano radical de Uruguay, el flaquito Marco, tan feo como buena persona. Eterno estudiante de Agronomía; me dijo que era el Secretario de la Franja de La Plata y que no había mucha actividad en esos días pues la Franja se estaba reorganizando debido a una crisis de crecimiento. –Somos muchos, le pregunté. –Sí me respondió, el flaquito. Somos como treinta. TREINTA, me dije a mí mismo. En la manifestación había 400 de la juventud peronista, ergo, no somos nada. Y éste encima me habla de crisis de crecimiento. Después comprendí que era una buena forma de dar ánimo a los nuevos. Finalmente, el flaco me dijo que esa noche en un Comité hablaría Fredi Cordonier y que sería una reunión informativa y organizativa.

Fui. Era Fredi casi tan buen orador como el otro, Storani. Ahí sentí que renacía. Se habló extensamente de la situación política y cómo nos íbamos a organizar por Facultad. Economía se reunía al otro día en el aula magna al mediodía, y así sucesivamente en las demás facultades.

Aquella noche, volví a casa, renovado, resucitado… para eso había ido a la Universidad, no para escuchar política sino a trabajar en política, lo demás era accesorio; me recibiría, mi título sería una herramienta útil para entender y trabajar… y para satisfacer a los viejos. Crucé las vías desoladas, el viento zumbaba y las últimas hojas del otoño llovían de los tilos. ¡Qué fantástico era estar vivo, en el momento en que la justicia y la libertad se iban a imponer en el último triángulo del continente!

 

5. Mayo del 73, en Bs As

En mayo, muchas cosas comenzaron a pasar. Los peronistas no quisieron exponer a Perón en la elección porque temían que el avión en el que vendría podía ser derrumbado por los militares. El avión que lo traía bajó en Brasil. Esa era la palabra oficial; por otro lado, los militares decían que Perón, a los ochenta años, lo menos que quería era volver. En fin… temas intrascendentes. El resultado es que fue un odontólogo llamado Cámpora como candidato a la Presidencia.

A este muchacho Cámpora, la JP lo había impresionado igual o más que a mí, pues enseguida arreglaron ocultamente la división del Gabinete .Y los Montos que ya se habían aliado a un guerrilla menor, la FAR, que lideraba Quieto. Cabe destacar que todas las agrupaciones guerrilleras hicieron explícitamente una tregua, que los montitos decían en la Facu… estamos Quietos, pero Firmenich… pobres!!!

Los actos preelectorales fueron fastuosos. Las movilizaciones peronistas hacían recordar las manifestaciones nazis o fascistas. Bien organizadas, llenaban los 40,000 m2 que conforman la Plaza de Mayo y muchas veces muchas calles laterales. Afortunadamente, hoy existen filmaciones pero ninguna buena película en donde se pueda ver lo que aquí relato. Puesto que una secuencia de fotografías no transmite el sudor, la ansiedad, el calor y la alegría de una gran manifestación.

En una de ellas, a la que concurrí dado que era historia pura y aunque no era peronista sabía que estas cosas pasan pocas veces en la vida y ahora tenía la oportunidad de presenciarla, me di cuenta de que todos los muchachos no eran iguales. Las legiones montoneras, y de la Juventud Peronistas, eran como las describí, alucinantes, asombrosas; a empujones o palos se ubicaban siempre delante del palco de oradores. Eso les garantizaba, abuchear (no dejar oír a quienes les convenía) y estruendosamente endiosar a sus preferidos. Hasta entonces, y durante muchos años por venir, yo había tenido una idea romántica de la política. Ideales básicos, en conjunto, jamás armados, triunfos para la mayoría, debates civilizados. Que casi nada era así me llevó bastante aprenderlo, y que la mayoría de las cosas eran mucho peor lo veo con claridad a los 50 años.

Pero caminando hacia atrás vi otra franja de hombres con carteles que decían CGT, 62 Organizaciones Peronistas, Juventud Peronista República Argentina y un montón de siglas más. Estos aplaudían a quienes los montoneros repudiaban y les hacían lo propio a quienes los otros aplaudían. No estaban tan organizados como los Montos, eran gorditos, más viejos. Esa era la famosa gente de la aún más famosa burocracia sindical, que cobraba un porcentaje de los sueldos de la totalidad de los empleados de los gremios, arreglo que los convertía en poderos potentados. Tenían un gran poder; hasta los militares habían tenido que negociar con ellos. Conocían al general mucho mejor, eran Vandor, Lorenzo Miguel, Herminio Iglesias, Ibáñez, Triaca y, por supuesto, Rucci, etc. Todo esto llevó su tiempo asimilarlo.

El entrerrianito estaba presenciando lo que tantas veces ya había leído sobre los dos bandos peronistas. Era como ver la Comuna de París de 1848 o la Revolución Francesa, era historia… En mi secundaria había visto sólo a dos Presidentes: a Onganía, pasar en auto, y a Illia, que tres meses después de que lo derrocaran estuvo en el Colegio, y con quien luego crucé la Plaza Ramírez charlando de la vida. Don Arturo nos decía, interésense en política o si no los malos tomarán el lugar de ustedes. Éramos dos, Gisella y yo, que lo acompañamos al hotel.

Los Montos y la JP, socialistas, guerrilleros buenos como se decían, y los otros eran los viejos burócratas del partido, hombres de Rucci, Lorenzo Miguel y el indiscutido capo Vandor. Evidentemente, no tenían tanta capacidad de movilización, pero tenían otros atributos. En primer lugar CONOCÍAN a Perón, cosa que la juventud maravillosa, no. Tenían además conocimiento profesional del quién es quién en el empresariado argentino, con el que dos o tres veces por año tenían que negociar, conocían uno por uno a los políticos del otro bando. Ahora, treinta años después, me doy cuenta, que aun sin la locura terrorista, los JP no tenían ninguna chance de ganar la pulseada, ni la guerra.

De vuelta en el tren a La Plata seguía hormigueándome la pregunta: ¿No tendrán razón estos muchachos? ¿No serían la verdadera expresión del movimiento de los desposeídos? Porque los sindicalistas realmente eran detestables, como la mayoría del empresariado que había mantenido a las sucesivas dictaduras. Para oponerse se necesitaba un gran frente, ¿no sería este? La violencia, el terrorismo… Ahí se frenaba mi razonamiento moral.

¿Era justo matar por una causa? La respuesta era siempre ambigua en mi pobre cerebro. Desde el surgimiento de la guerrilla me lo había preguntado, lo había discutido con el viejo, con otros amigos sensatos y ahora a los 18 años, había tomado la decisión que más me convencía. Si hubiera sido francés, seguro hubiera matado nazis o hecho lo posible para hacerlo. En aquellos años, no era cobarde. Pero matar a una persona que no piensa igual que yo era un asesinato. La cosa no era tan clara con las dictaduras, que se arrogaban poderes constitucionales y de vez en cuando condenaban a alguien que discrepaba. Cuando lo charlé con Papi, me dio para leer el Crimen de la Guerra, de Alberdi, en donde en una parte dice que es más valioso para la humanidad una mala paz ecléctica que una gran victoria sangrienta. Eso me pareció muy razonable. Además, ya habíamos logrado lo que queríamos, como primer paso, la Democracia. Y siempre concluía que estaba posicionado en el lugar correcto.

No obstante, la historia pasaba tan raudamente esos días, las discusiones se iban sofisticando, y aunque se decían toneladas de pendejadas, el tema volvía una y otra vez. Durante varios meses esas preguntas volvían una y otra vez… ¿estaba en el lugar correcto?

Si estaba en el lugar político correcto, ¿por qué éramos tan pocos?

Pero entonces aparecían en mi mente los relatos de la cara fascistoide de Perón, los Libros Mamá y Evita son lo mismo, cantar el himno peronista en las aulas, después de la muerte de Evita, a las 5 de la tarde hacer un responso, echar a las maestras judías, etc. La fundación Evita para los pobres y ella apareciendo con tapado de visón, Chinchilla; afiliarse para acceder a cargos públicos…, era demasiado, tenían que convencerme en serio que eso no se repetiría. Recuerdo y me doy cuenta el tiempo gastado en esos dilemas implica la fuerza y la cantidad de militantes que tenía la juventud peronista, eso era lo que te hacía dudar.

Volviendo a la Plaza de mayo: Al astuto general le sirvieron los dos bandos enfrentados a muerte, total él no tenía otra ideología que la del poder, tiempo de vida le quedaba poco, y después que se arreglen.

 

6. Hechos electorales

Las elecciones se produjeron sin mayores novedades. Ganó el Tío Cámpora, como lo llamaba la JP, en forma abrumadora, por el 52% de los votos. El segundo, el hombre de mi partido, el veterano Ricardo Balbín, sacó el 20%. De alguna manera, estaba contento. Era la venganza alfonsinista. Yo había ingresado en el radicalismo (fraudulentamente porque un balbinista me afilió a los 16 años para que votara por Balbín) apoyando al hombre nuevo y progresista Raúl Alfonsín, quien profesaba las mismas ideas que los jóvenes de mi pueblo y de la mitad del país de aquella época: reforma agraria para terminar con el latifundio, que creímos que era malo porque concentraba riqueza y por ende el poder. Uncal, nuestro líder en Concepción, había estado en la reforma agraria en Perú y nos explicaba sus ventajas (fue finalmente desastrosa la reforma del General  Velazco Alvarado, un militar de izquierda que había derrocado a Belaunde Terry), educación publica gratuita obligatoria y de calidad, sanidad gratuita, impulsar cooperativas, en fin, un programa salvo en la reforma agraria que se parecía al de cualquier partido socialdemócrata europeo.

En la Universidad me di cuenta de que este programa, que en mi pueblo era catalogado de izquierda, en la política universitaria era claramente de derecha como trataron de convencer al electorado por el que competíamos.

Mientras el Tío subía: fiestas, asunciones, abrazos, y las representaciones extranjeras que no entendían nada o se cagaban de risa. Los Montoneros declararon una tregua. Suspendían por el momento la lucha armada, y se dedicarían a la rama política, la Juventud Peronista, y en la Universidad trabajarían y se harían cargo de la Juventud Universitaria Peronista. Los demás grupos guerrilleros, menores a los Montos, el Ejército Revolucionario del Pueblo, de Santucho, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, de Quieto, sin decirlo hicieron otro tanto.

 

7. Cámpora y su gobiernito

En el Gobierno Nacional, Cámpora dividió el Gabinete. Le dio la Universidad y el Ministerio de Interior a los Montos, Trabajo a los sindicalistas, y en los demás ministerios puso a peronistas históricos. Con lo cual firmó su defunción presidencial el mismo día de asumir, [puesto aquéllos] eran enemigos irreconciliables. Agua y aceite. Stalin y el Papa.

Realmente, era una mezcla explosiva. Durante varios meses lucharon entre ellos por espacios de poder, hasta que Cámpora finalmente tuvo que, o más bien, lo mandaron a, llamar a elecciones pues la situación se tornó inmanejable. Los Montos con el presupuesto que tenían: el del Estado y el producto de sus andanadas de raptos y robos, se organizaron de una manera excelente y hasta tuvieron un equipo de redacción propio: de allí salió el impecablemente editado “Peronismo Auténtico” y la famosa revista universitaria, “El Descamisado”.

Por medio de esas revistas distribuían ideología y mostraban con fotos distintas acciones, los motivos y el tribunal de justicia por el asesinato de Aramburu, cómo armar una molotov, cómo encerraban a un empresario hasta que pagara el rescate, etc. La tregua les dio plata y poder por un par de meses. [Publicaban] Discursos de distintos guerrilleros mundiales, como el Che Guevara. Además, habían seguido aprendiendo técnicas [para una] guerrilla urbana que alcanzaba ya los 2000 hombres, con uniformes, flotas de vehículos, aguantaderos, varios departamentos. Infiltración en la milicia y en las fuerzas armadas.

La réplica no se hizo esperar. Los sindicalistas poco a poco se iban preparando. Salió la revista Cabildo, del peronismo mussoliniano, los diarios comenzaron a ser comprados con enormes anuncios de los sindicatos que llenaban páginas enteras a cambio de buena y ordenada información. Finalmente, preparando algunos grupos de choque como, en el caso de la Universidad, Tacuara, Guardia de Hierro y CNU. Se estaba preparando el asado. Para las cosas grandes tenían otros recursos, muy buenos amigos en la policía y el ejército. De lo que nunca se dieron cuenta la JP y los Montos, cuyos líderes mayores promediaban los 30 años, era que sus enemigos, los burócratas sindicales, hicieron muchísimo más dinero. En el período de alta inflación y con la totalidad de las empresas del estado, donde el 3% de la masa salarial iba al sindicato, el poder económico fue inmenso. Tan grande como para contratar mercenarios de Khadafy, si era necesario.

En la reunión “organizativa” del mes de agosto de la Franja, ‘organización que padecía una crisis de crecimiento’, éramos cuatro personas: el negro Ledesma, Cuchu Duarte, el Gordo López Murphy y yo. El Gordo López Murphy, expresidente del centro de estudiante, porque su íntimo amigo, el presidente saliente Tomy Espora no estaba, dijo que era imperioso elegir el candidato a presidente del Centro puesto que las elecciones eran en octubre y que había que leer la línea política de la Franja que era la Contradicción Fundamental de la cual hablaré después. Yo estaba asombrado ante tanta boludez. Con tres tipos que ni nos conocíamos, el Gordo este quería designar presidente… ¿qué organización era ésa?

El Gordo me miró y me dijo –Vos, Pato, vas a ser candidato, y me voy porque tengo que hablar con no sé qué importante profesor. Y ahí quedamos los tres mirándonos. Cuchu Duarte, fantástico amigo inseparable, más feo que un mono feo, con la mandíbula de costado y hablando como porteño, dijo –Bueno, Pato, no hay que calentarse, a los comunistas del MOR les ganamos fácil. El negro Ledesma tenía pinta de más taimado y lo era; más vago para la militancia, hablaba como un porteño pero era valiente. Además, no estábamos en condiciones para elegir. Caminando a la pensión descubrí que también podía contar a tiempo parcial con el Conejo.

En concreto, la situación era la siguiente. Afortunadamente, la JUP no se presentaba a la elección, como no lo había hecho nunca. Consideraba a los Centros de Estudiantes como una expresión burguesa estudiantil. No había que hacer apuntes ni dialogar con los profesores, había que hacer la revolución y difundir la conciencia de clases. Por lo tanto, el MOR, agrupación que respondía al Partido Comunista, con menos militante que nosotros y con un cacique que nunca pasó del tercer año de la Facultad. Al cacique le decíamos Stalinito; creo que no se recibió y que debe ser gerente de Coca Cola. Él iba a ser nuestro principal rival. Había otra tendencia que era la rama estudiantil del Partido Socialista de los Trabajadores, que capitaneaba un tal Coral a nivel nacional, que iba vestido siempre de poncho rojo y tenía bigotes como Alfredo Palacios. Ninguno de estos grupos, como me daría cuenta después, podían hacernos frente en una elección. No porque nosotros, todos de primer año, fuésemos buenos, sino porque en Ciencias Económicas, el 80% estudia para Contador y trabaja, y lo único que quiere es que le den los apuntes, que lo jodan lo menos posible con panfletos, que le consigan más fechas para rendir finales y listo. Por lo tanto, sabían que si les daban sus votos a los colorados, chau apuntes, despelote menstruácico todo la semana, universidad cerrada, y los muchachos querían recibirse cuanto antes.

Volviendo a la reunión, ante la mirada del gordo feo acepté, pero me temblaban las piernas. Claro que yo quería ser presidente pero no en primer año, tenía que conocer el paño. Así que salí asustadísimo. Tenía mi experiencia en organizar grupos y hablar en público, lo había hecho en Interact con éxito. Pero aquello no era nada parecido a hablar frente a estudiantes, en el Aula Magna donde entraban doscientas personas, o en las aulas con tipos que desconocía y por edad seguramente tenían más experiencia política que yo. Tenía miedo de fracasar, no obstante, me atraía el reto. Otra constante de mi vida, miedo y atracción al objetivo…, más stress…, más presión.

Bueno, ya había dicho que sí y solo había que organizarnos los cuatro y armar un discurso; teníamos dos meses. En el Centro [de Estudiantes] vendía los apuntes. Miriam Papaleo, una flaca divina que estudiaba educación física y era la novia de Fredi Storani, y el vago de Tomy, más tarde, me fueron explicando las tácticas de cómo hablar en los cursos, qué hacer cuando otros me interrumpían, como mentir con tal de zafar de algo desconocido, cuando reírse ante una acusación de burgués, etc. Yo luego desarrollé muchas tácticas más, hasta  convertirme en un experto en ganar elecciones. Pero esos primeros meses, cada vez que hablaba en un curso creía que me iba a desmayar. Particularmente, si los cursos eran de estudiantes más avanzados que yo, [como] casi todos. Y no tenía ayuda. Cuchu mi mano derecha, con su boca ladeada y mitad pelado era para reírse aunque ponía todo el esfuerzo del mundo. El negro Ledesma no quedó muy contento con mi elección para presidente y desapareció por un tiempo, y el Cone era más tímido que todos. Tomy me dijo un día algo que me tranquilizó más que una caja de Lexotanil: -Pato, no te calentés, esta facultad esta llena de burgueses, nunca van a votar al partido comunista. Tampoco te preocupes por la escasez de militantes, el día de las elecciones vendrán todos los de Derecho y muchos que están en los cursos y que ahora no aparecen vendrán todos juntos, estas elecciones están ganadas. Tenía razón.

El mecanismo implicaba un trabajo full-time. A las ocho comenzaban los cursos, había que ir a hablar y decir por qué había que votar a la Franja. Muchas veces coincidía con otro de una agrupación de izquierda, y por ahí se discutía, frente a los estudiantes. Y luego seguir hasta abarcar los 28 cursos. Después estaba el trabajo de pasillo, y el de las asambleas. Fue difícil, muchas veces me puse colorado porque algunos estudiantes no me escuchaban.

 

8. Pasillos 

En las discusiones con los comunistas, estaban siempre en juego [las ideas de] la justicia y la libertad. Cómo ponderarlas, cuál sistema político y económico rescataba el máximo de esos objetivos. Si Rusia había triunfado o Cuba era el sistema a seguir. Cuál fue el rol de peronistas, radicales y comunistas en la historia argentina. En una palabra, discusiones de tipos de 17 años, filosofando. Fue toda una escuela. Salías pensando muchas veces que el otro tenía razón, hasta que rescatabas otro argumento del inconsciente y te dabas cuenta que tu posición era la correcta. Llegó octubre y ganamos fácilmente. El reto real vendría el año siguiente. Libertad y Justicia son los temas que han agotado los cerebros de políticos y filósofos. Cuando la libertad permite la injusticia, ¿es justo? Cuando la justicia limita la libertad de los individuos, ¿es justo? Estas ideas, sus límites y cómo llegar a su equilibrio, no nacieron ahí, desde los 15 años me desvelaron varias noches.

Pero en los pasillos, [con] radicales, comunistas en buenos términos y algún JP que venía a decir su profecía que no aceptaba discusión, me fui haciendo ducho en discusiones, aprendí a contestar irónicamente un sarcasmo y darle un garrotazo a un buen argumento.Pero, por encima de todo, [esta experiencia] me llevó a leer mucho, en especial de marxismo, que jamás había estudiado sistemáticamente, y a Oscar y a Marta Harnecker les debo lo poco que sé, que me bastó para las discusiones.

Nuestra posición quedó rápidamente clara respecto de las instituciones: la democracia, la constitución de 1853, el 70% del presupuesto a educación y salud y el resto a las demás cosas. En los demás temas, había diferencias internas que no sacamos a la luz por falta de consenso: reforma agraria, aranceles muy altos e industria nacional para todos, cómo mejorar las empresas del estado. Este eterno debate jamás se completó, en parte por falta de tiempo. Todo transcurrió en dos años y medios, que hoy me parecen 7 años, y finalmente me di cuenta que jamás nos íbamos a poner de acuerdo. En realidad, todos los de Económicas fuimos diferentes. La Convención Socialista de Avellaneda del 58, recontra pasada de moda y cuyos modelos fracasaron, tomaron en lo sucesivo al partido.

 

Ezeiza

 

El retorno de Perón al país después de dieciocho años de exilio fue transformado por el peronismo en un hito histórico. Por TV, radios y panfletos se invitaba a la población a ir a recibir al líder octogenario. Al salvador de la patria. Al hombre que decía que rápidamente Argentina debía ser una potencia.

Montoneros y sindicalistas, en conjunción con los elementos fascistas del peronismo, se aprontaron para tomar el papel principal del acto. El acto sería en una avenida que daba a un amplio descampado. Allí se había erigido una enorme tarima con parlantes. Estaban invitados artistas para amenizar el acto. El clima estaba caldeado. El viento del norte soplaba con furia.

Con unos amigos radicales no nos queríamos perder el momento histórico. No nos interesaba Perón, sino la cantidad  de personas, el tipo de personas, si eran solo militantes u obreros. Salimos en un tren nocturno. Creíamos que no iba a haber nadie pues los militantes habían alquilado todos los colectivos de La Plata. No fue así. Había militantes montos, subieron más en Quilmes y, al llegar a Buenos Aires, estaba lleno. Un detalle que me causó curiosidad era que la mayoría de los jóvenes llevaban bolsos. Creí ver fugazmente la cacha de una 45; sabía bastante de armas por haberme criado en el campo. No podía ser, me dije, la propaganda oficial decía que habría control de armas a la entrada del camino que llevaba al acto.

Llegamos a la estación, y le dije a Pablo -¿Y ahora qué hacemos, el lugar queda a 40 km y tenemos en total 123 pesos, lo justo para volver y comprarnos un sándwich? Pablo me respondió -No seas boludo, habrá choripán como en todas las manifestaciones. Interrumpió el Cone: -Pato, esto me huele mal, viste los bufos. Yo pensé que era el único en haberlos visto. -No te calentés, Cone, será algún bolas, la cana se lo sacará. El Cone me respondió con cara de pocos amigos: -No te hagas el pelotudo, todos tenían los bolsitos, todos estaban calzados. No habrá policía, Pato, y vos lo sabés bien. El Cone tenía razón, pero yo no me pensaba volver. No porque fuera valiente, sino porque no quería perderme un hecho histórico. Me hice el pensativo. Y luego, con aire de equilibrio, mientras el frío hacía estragos en mis pulmones, dije -Perfecto, lo que dice Conejo puede ser verdad. Yo, a pesar de los riesgos, quiero ir, ustedes saben porqué. Entonces, lo que haré es subirme a un micro que me deje en la [avenida] Ricchieri y caminaré los 10 km, después me vuelvo a dedo. Cone, el inseparable, y Pablo decidieron continuar.

Era impresionante, a pesar de ser las 5 de la mañana, los micros iban llenos, todo el mundo cantando, algunos borrachos, un grupito al fondo del nuestro vestía camisas negras y de pronto comenzaron a gritar ¡Viva Mussolini! Pensé que la cosa se iba a poner más negra de lo que imaginaba.

Bajamos en la Ricchieri, el alba comenzaba a colorear un cielo transparente, el aire fresco ya no era problema. Íbamos como en una procesión. Medio agarrados de la mano para no perdernos. Sería imposible volver a juntarnos si ocurriera. Cuando el alba dejaba lugar a la mañana, comenzaron a tronar los clásicos cánticos: ¡Y ya lo ve, Y ya lo ve! y ¡Montoneros, carajo! Era ensordecedor. Yo movía los labios por las dudas.

De pronto, dos hechos me perturbaron. Por un lado, ahora sí, vi entre las pancartas, aún enrolladas, la culata de dos FAL, cargador de 45 balas; por el otro, a 2km no se veía ningún patrullero. Allí actuó el instinto de supervivencia que me ha salvado un par de veces la vida. Agarré de la cabeza a mis amigos y les dije -Chicuelos, acá se va armar la podrida, estos están con fierros pesados, la policía no está, ergo, han dejado el territorio libre para una guerra. Vayamos retrasándonos; Cone, agarrate la cabeza y ponete este pañuelo, decí que se te salió un ojo. Todavía guardan mis retinas la cara de horror de los muchachos. –La culpa es tuya pelotudo. No, le respondí flemáticamente, yo no obligué a nadie.

Estábamos en el medio de la fila aunque inicialmente caminábamos por la vera del camino. Pero la gente, que se iba incorporando por los costados, nos fue corriendo hasta dejarnos en ese lugar, terminando en el medio de una fila tan compacta, que mi plan, prácticamente no sirvió. Cuarenta personas apretujadas, todos querían ser protagonistas. Muchas mujeres para mi gusto.

Estábamos a 400 metros, otras columnas se habían apostado. A bastante distancia del palco, enorme, con bastante gente, Piero y otros cantaban. Cerca del palco estaban las banderas de los sindicalistas. Por la posición vimos un forcejeo, entre la primera línea de Montos y la retaguardia sindical. En un tris se oyó una ráfaga de ametralladora allá a lo lejos y al instante vino la respuesta con una andanada de tiros de FAL.

Lo que fuimos previendo se cumplió. Una lucha campal y descarnada entre pistoleros de los dos lados y casi medio millón de personas en la balacera. El caos fue total. Los disparos, la gente que caía, herida o muerta, la falta de policía permitió que nunca se supiera el número de muertos. Nosotros retrocedimos en dirección contraria al aeropuerto. De pronto vi que desde el techo del Hotel del Aeropuerto disparaban a quemarropa. Grité al suelo, que estamos en el blanco. Fue un poco tarde. -Me dieron, dijo Cone, una bala de 45 le cruzó una pierna. Por fortuna, el Cone no se aterrorizó; lo tomó con calma. Pablo estudiaba Medicina, estaba en primer año. Le ató la pierna, me parece que no hay arterias comprometidas, me dijo y, sin hacer caso al tiroteo, nos fuimos tomándolo cada uno de un hombro mientras las balas nos silbaban. Habíamos sido espectadores del preludio del fin.

En las cercanías de la Capital, en una sala de primeros auxilios, confirmamos que por milagro Cone no tenía más que un agujero. Ni un hueso roto, ni una arteria lastimada. De allí tomamos un taxi, y huimos de esa jornada patriótica, en la que el Gobierno había gastado horas de televisión y radio para que todo el mundo asistiese a la llegada del general de la justicia. Afortunadamente, no fue todo el mundo.

Lo espeluznante de este episodio es que Righi, el Ministro del Interior, no sacó a la policía del lugar. Hizo que el sitio fuera una zona liberada para que los Montos se impusieran. Qué sorpresa se llevaron. Los sindicalistas, la noche anterior, apostaron francotiradores en el hotel, en el palco, en zonas estratégicas como árboles, cuerpo a tierra en hondonadas.

La bomba de tiempo acababa de explotar. Más propiamente expresado, la primera bomba.

Perón, en pleno vuelo fue avisado que había problemas en Ezeiza y el avión aterrizó en aeroparque. Sin  conferencia de prensa, fue llevado de inmediato a un chalet en Martinez.

Lo más sorprendente de este terrible episodio fue que no hubo investigación oficial alguna, [no hubo] reporte del número e identidad de los muertos, de los grupos intervinientes en la batalla, de dónde procedían las armas, de las acciones que tomaría el gobierno para identificar y detener a los responsables de lo que de ahí en más se llamó “la masacre de Ezeiza”. Como no dejaron entrar periodistas, solo algunas fotos testimonian el hecho. El crimen organizado se había apoderado del país.

Pocos días después los Montos intentaron tomar el Regimiento en la ciudad de Formosa. Después de un tiroteo en el que murieron varios conscriptos fueron repelidos. Escaparon tomando un avión de línea con una decena de muertos, aterrizaron en una pista improvisada y desaparecieron. En su parte de guerra, que fue publicado por el Descamisado y por otros medios, dijeron que el objetivo fue cumplido y que se robaron 50 fusiles FAL.

Los ministros pro-Montos se vieron obligados a renunciar. Igual suerte corrieron Cámpora y todos los que ocupaban puestos de la JP. Así vino el segundo llamado a elecciones del 73, bajo el lema “Perón-Isabelita, todo el poder a Perón”.

 

La facultad [era] un quilombo. Pero no teniendo más que rendir y tomarme 3 meses de vacaciones, tuve suerte, me saqué 9 de promedio en cuatro materias y me tomé el Expreso Azul, que con suerte en 9 horas me depositó en tierras de Urquiza.

 

El Golpe

 

En los primeros meses del 76 parecía como si la suerte estuviera echada. Nada funcionaba bien. Los grandes centros urbanos como La Plata, Córdoba, Buenos Aires, parecían una ciudad sitiada. En la Plata se cerraban calles para que Montos y  sindicalistas se tirotearan a gusto.

Los criminales para-militares de la 3ª  mataban con la misma impunidad que los Montos a cualquiera. La arrogancia de los sindicalistas  era detestable.

López Rega manejaba el país con una soberbia sólo comparable con su ineptitud y perversidad. La economía descarriada, huelgas, inflación y caída del producto. Los precios máximos provocaban faltantes de algunos alimentos como el azúcar y la carne. Se impuso la veda; tres veces por semana no se podía comprar carne.

Todo este escenario, que venía empeorando desde la muerte de Perón, provocó en la gente común un deseo poderoso de terminar con la anarquía. Si no lo hacía el Congreso, que lo hicieran los militares. Así no se podía seguir, era un camino de ruina segura. Los militares tal vez fueran un desastre o tal vez no. Pero lo otro, lo era seguro.

Balbín hizo el último esfuerzo para que Luder tomara el gobierno presionando a Isabelita a renunciar. Luder aceptó, pero luego por su carácter endeble se echo atrás. Los dados estaban echados.

El 24 de marzo de 1976, Isabelita salió en helicóptero de la Casa Rosada para no volver más. El golpe se había producido. Todas nuestras ilusiones, tiradas al suelo. Años de lucha por la democracia arrojados al basurero de las ilusiones juveniles. Creo que allí terminó mi juventud.

 

Los legisladores, cuando se produjo el golpe, desaparecieron. Los defensores de la República dejaron sus bancas vacías. Vacío quedó el corazón de los argentinos. Tan solo Hipólito Solari Yrigoyen estaba en su despacho del Senado cuando fue detenido.

 

Volviendo a la gente. Juro que dio un respiro cuando vio que había alguien a cargo. La anarquía no es atractiva para nadie, menos cuando es sangrienta y naturalmente la gente busca el orden. Lo que tenían a mano eran los militares. Estimo que el clamor silencioso dijo probemos y después veremos.

Sea como sea, el asesinato, la impunidad y el desorden eran espantosos. El golpe en su primer mes provocó un suspiro. Hasta para mí.

 

Todos estos detalles, que luego fueron tan nítidos para mí, y las consecuencias que estos militares del pueblo iban a producir en conjunción con otros grupitos […], marcaron a fuego a mi generación; mejor dicho, a los que quedaron física y/o mentalmente sanos y vivos.

Los cuatro chicos de 17 años que llegaron a estudiar a la Universidad de La Plata después de diez horas de viaje en marzo de 1973, no tenían la más remota idea de los sucesos en los cuales participarían o serían testigos. Como para otros miles de chicos que abarrotaban las universidades, la vida, a esa edad, era una gran aventura. En mi caso, mi vocación era transformar el mundo o, mejor expresado, ayudar a transformarlo. Para lo cual intuía que había que saber economía puesto que, a diferencia de 1810 cuando el gran tema era la liberación de España, en 1973 [la cuestión clave] era entender por qué los pobres eran pobres y que se podía hacer para ayudarlos a salir de ese estado. En decenios, no se presentaba en el país una oportunidad como esa para debatir, y conocer que se podía hacer para que Argentina creciera y la riqueza fuera mejor repartida, en un plano de paz y democracia. Creo que a diferencia de lo que ocurrió a partir de 1985, nadie más cursó la carrera de economía con ese objetivo. Los nuevos estudiantes entraron para conocer como se hacía mucha plata.

De los cientos de estudiantes de Economía, el 90% entró con la misma meta que tenía yo: saber economía como instrumento necesario para hacer actividad política sensata. Y luego, ¿de que se trabajaría? En cualquier lado donde los conocimientos adquiridos fueran de utilidad, básicamente, el Estado.

9 Comments »

  1. También estuve en los pasillos universitarios de esa época y puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que esto seudos-pibes políticos eran una pequeña minoría que no llegaba al 5% de todos los alumnos. Pero eran patoteros y manipulados por los partidos de izquierda de la época. Cuando uno hablaba con ellos, era claro que no tenían idea de dónde estaban ni de lo que hablaban, pero les encantaba patotear e impresionar a las chicas que abundaban en las aulas. Solo eso. El 95% restante eramos jovenes que si realmente queriamos hacer algo por los demás, y lo haciamos de la mejor forma, esto es, estudiando y trabajando. La tonta interpretación de esa gente sobre como hacer algo por los demás, esta a la vista desde hace muchisimos años, y es de una futilidad y egocentrismo patológico increíble.

    Comment by eduardo — Septiembre 3, 2014 @ 8:49 am

  2. Una hermosa historia que refleja la vision y personalidad del Pato. Un tesoro para el hijo, la familia y los amigos. Una justa descripcion de la politica de los 70, con la vision de los jovenes de esa epoca y la perspectiva alcanzada despues de un par de decadas. Gracias Jorge.

    Comment by Jose Soulages — Septiembre 3, 2014 @ 12:16 pm

  3. Lamento el fallecimiento de su amigo. La lectura de la historia del país no da para ser demasiado optimistas sobre su futuro, aunque a nivel internacional se han visto cosas mucho peores y muchas sociedades fueron capaces de recuperarse de circunstancias mucho más graves. Espero que por lo menos sirva para que una mayoría de argentinos termine de entender y aceptar de una vez por todas que el fomento del odio y la violencia como método político no es la más feliz de las ideas.

    Comment by Louis Cyphre — Septiembre 3, 2014 @ 12:27 pm

  4. Buen texto. Puede informarme si en la UNLP se repitió el jubileo del 73/74 de la UBA, cuando se regalaban títulos universitarios? Tengo casi 48 años y era chico pero me acuerdo bien de esa epoca y que en muchos trabajos, tras el golpe del 76, rechazaban a los graduados de esa epoca. Pasó lo mismo en la UNLP? Es cierto que fue la propia Isabelita en el 75 quién encara la normalización de la UBA para regularizar ese aquelarre de la repartija de títulos universitarios a tutti quanti?

    Ernesto: Tengo muchos amigos recibidos en aquella época en la UNLP y a ninguno le regalaron el título ni fue rechazado por las empresas. Creo que no hubo jubileo en La Plata. Aunque supe que el problema efectivamente existió en el país.

    Comment by Ernesto — Septiembre 3, 2014 @ 10:13 pm

  5. A mí lo que me cuesta entender en detalle es como se llega en Argentina a tener cierto porcentaje de la juventud (no es diferente hoy) decididísima a salir a cambiar el mundo vía acción directa sin tener la más pálida idea de lo que es el mundo, con una soberbia sólo superada quizás por su ignorancia. Que el método de ‘ganar debates’ sea la sarasa de Fredi Storani y compañía, que causaría risa en una competencia de debate de alumnos secundarios en EE.UU. y en general en cualquier población alfabetizada salvo en la Argentina —en donde este delirio prendió justamente en gente de cierta educación, no en los analfabetos totales. Desde el CNBA por ejemplo se ven y escuchan cosas espeluznantes, y a los pibes se ve que les dicen que son lo másimo y que está muy bien que salgan como energúmenos a romper todo para hacer el mundo nuevo para el hombre nuevo. La ‘política universitaria’ es predominantemente cosa de chimpancés, además de la mala intención y el curro y el parasitaje etc. Esto me parece que es una particularidad argentina, al menos nunca vi nada remotamente parecido en otro lado.

    Comment by Ignacio — Septiembre 7, 2014 @ 8:14 pm

  6. Doctor Avila. Tuve un profesor en la facultad recibido en aquellos años y varias veces nos dijo que el no tenía promedio académico; porque hubo un período en la cual se eliminó la calificación numérica; se decía que la nota traía "tensión social". Gracias.

    Guillermo: Es posible. Cuando gobierna el progresismo se apodera de la sociedad un nivel de estupidez que puede llegar a ser muy alto.

    Comment by Guillermo — Septiembre 8, 2014 @ 11:50 pm

  7. La “juventud maravillosa” de los 70 – es decir montoneros y el ERP – quería la “patria socialista”. Lo curioso del caso es que mientras el 90 % de sus camaradas murieron en la lucha antisubversiva, los “sobrevivientes” (sería interesante saber como hicieron para sobrevivir) prosperaron y acrecentaron sus patrimonios de manera exponencial. Para citar algunos tenemos a Firmenich, Vaca Narvaja, Perdía, Verbitzky, Bonasso, Bettini, Kunkel, Garré, Dante Gullo, Taiana, etc.

    Comment by Hernán A. — Septiembre 11, 2014 @ 5:42 pm

  8. Mi experiencia de aquella epoca fue la siguiente: mi mejor amigo cuando cursabamos quinto año del secundario desaparecio del colegio, luego me llamo por telefono y me dijo que el (que era hijo de un coronel de ejercito que estaba a cargo de una guarnicion pero no participaba de la lucha antiterrorista) habia sido amenazado de muerte junto con toda su familia (su madre otro hermano mayor y un hermano de tres años) por el erp. Estaba escondido en un lugar que no me podia indicar. Luego de grande me conto que cada vez que viajaba en auto con su familia, debian ir todos armados: madre, hermano y el(adolescente). El erp sabia absolutamente todo de su familia. Tenian excelente inteligencia de sus blancos. Me imagino lo que habran sufrido las familias de los militares hoy olvidadas. Tambien el erp secuestro y aesino a un vecino mio. Me acuerdo aquella mañana que vi los patrulleros en la puerta de la casa del ejecutivo de la FIAT Oberdan Sallustro. El golpe militar para mi y para mi familia (que no es militar) fue un gran alivio. Ademas conto con fuerte consenso social, dadas las circunstancias. Hoy se juzgo ilegalmente a los represores, pero no se juzgo a los atacantes, lo cual es manifiestamente, en mi opinion, injusto.

    Comment by Guillermo — Septiembre 12, 2014 @ 10:21 am

  9. Una pieza riquísima para cualquier argentino, espero que los hijos de pato puedan valorarlo. Que bueno el consejo de ILLIA: "interésense por la política…" una profecía visto desde hoy. A modo de curiosa observación: ¿Por qué se refiere a Vandor (dos veces) en el texto si había muerto (asesinado) en el 69, cuatro años antes del inicio de los hechos relatados 1973? De todos modos esto no le quita valor al relato. Saluti Gerardo

    Gerardo: No lo sé.

    Comment by Gerardo — Septiembre 17, 2014 @ 5:02 pm

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