La Argentina es el problema. El mundo es la solución.

Septiembre 1, 2014

Luis Alberto Soto 1954-2014

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 6:31 pm

El pasado viernes 18 de julio, falleció Luis Alberto Soto a los 59 años de edad, en Concepción del Uruguay. “El Pato” Soto era un economista especializado en Organización Industrial. Cursó la licenciatura en la Universidad de La Plata, durante los tumultuosos años 70, y obtuvo el grado de Master of Arts en Economía en la U. de California, Los Ángeles, en los años 80.

Lo conocí en 1973, cuando, como presidente de la Franja Morada, interrumpió una clase (sí, la interrumpió por unos minutos, mientras los militantes de la juventud peronista levantaban las clases y se perdían), envuelto en un poncho de vicuña y con pose de orador radical, para hablar “en nombre del pueblo de la provincia de Buenos Aires” y pedirnos que concurriéramos a no sé qué manifestación. No volví a verlo hasta 1979, cuando empezó a trabajar como funcionario de la Secretaría de Hacienda de la Nación y nos convertimos en compañeros de oficina.

Fue un amigo entrañable. Tenía con él un canal especial de comunicación. (Acabo de descubrir que cada uno de sus amigos sentía tener el mismo tipo de comunicación con él.) Era ocurrente, cordial y divertido. Había nacido en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, hijo de un director departamental de escuelas. Heredó del padre la pasión por la lectura, la veneración de Urquiza, el respeto a Sarmiento y el sentimiento radical. Yo le aconsejé que leyera Bases, de Alberdi. Tiempo después, agarrándose la cabeza, se preguntaba cómo era posible que no le hubieran hecho leer ese gran libro en la escuela secundaria.

En materia económica, evolucionó de socialdemócrata a librecambista. De seguidor de las doctrinas radicales de Lebensohn pasó a simpatizar con el pensamiento económico de Alem. No fue un liberal y nunca aceptó el gobierno de Menem, pero valoraba su reforma económica y el clima de convivencia política que caracterizó a los años 90.

Su vida tuvo muchos altibajos. Imagino que fue feliz en Concepción del Uruguay, en vida de su padre. Participó de lleno en la política universitaria, en la ciudad más politizada del país y en los años más febriles en varias generaciones. Fue director de YPF durante la gestión del presidente Alfonsín y fue asesor de la Secretaría de Agricultura durante la presidencia de De la Rúa. Como él decía, no había estudiado Economía para ganar plata sino para pensar políticas al servicio del Estado.

En los últimos 15 años sufrió muchos golpes. Personales, profesionales y políticos. El cigarrillo agravó su asma y la depresión contribuyó a minar su salud. Su muerte no sorprendió a quienes lo tratábamos con frecuencia. En los 70, la marea montonera lo arrasó en su papel de militante, pero fue para él un aprendizaje del que renació fortalecido. En los 2000, la marea kirchnerista, hija de aquella montonera, lo sepultó.

Siguen algunas semblanzas escritas por amigos de muchos años, que ayudan a pintar un fresco de su carácter y su carrera. Otro post contiene una narración escrita por él sobre su intensa experiencia en la política universitaria de los años 70 y sus impresiones respecto de la Juventud Maravillosa del general Perón.

 

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En su mejor momento, allá por 1987

 

por Alfonso Martínez

Conocí al Pato a su regreso de EEUU, al principio de los 80. Seguí la amistad cuando estuvo en YPF, en Bunge, en Agricultura, en el Banco de Crédito y en Concepción.

Una primera impresión: nunca le dio importancia a su rol, siempre estuvo interesado en escuchar al otro para ver si había algo que se le había escapado.

Una segunda impresión: se supo rodear de gente bien preparada a quien él respetaba por su conocimiento complementario. Lo que yo recuerdo de sus colaboradores es que tomaban la responsabilidad sin sentir restricción alguna por parte del Pato.

La docencia también le gustaba. Tenía un gran respeto por quienes habían sido sus maestros. Tuve la oportunidad de compartir un curso en la Universidad Católica de Salta y recuerdo que los alumnos habían quedado muy contentos con las clases del Pato.

Sin duda, su fuerte era la microeconomía y, dentro de ella, la organización industrial. Escucharlo describir un negocio era como ver un manual de micro aplicada.

El se molestaría porque yo lo diga, pero hoy hace falta aclararlo: era una persona íntegra. En los últimos tiempos compartíamos descripciones de la macroeconomía. Si bien no era su fuerte, de la lectura de sus informes siempre encontré una buena descripción con una enseñanza para el lector.

Hablaba más de lo que escribía y es por eso que hoy tenemos más recuerdos que material escrito.

Aun cuando la salud no lo acompañaba en sus últimos años, siempre anheló una  Argentina mejor. Tenía una clara vocación de servicio y sentía la responsabilidad de imaginar soluciones a los numerosos problemas del país.

Supo ganarse el cariño de sus amigos y sin avisar nos dejó sin hacer ruido, como a él le gustaba.

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por Roberto Zorgno

Conocí al “Pato” Soto hace ya algún tiempo cuando nos encontramos cursando Historia Económica en la Universidad Nacional de La Plata. Creo que fue en 1978 y ya había terminado el Mundial de Fútbol que se disputó en nuestro país. Recuerdo que en la clase no éramos más de 10 personas, ya que en ese entonces la Licenciatura en Economía era una carrera mucho más nueva de lo que es en la actualidad. Y así un día apareció el “Pato”, preguntando ceremoniosamente sobre el programa de la materia y si era factible darla libre, para ir cerrando su carrera. Considerando que el profesor de entonces pretendía ser una extraña combinación de un James Bond jubilado y un Martín Fierro “aggiornado”, las pocas veces que nuestro amigo concurrió a esas clases fue para iniciar debates que, inexorablemente, las hacían mucho más entretenidas y llevaderas.

Nos volvimos a encontrar en la Dirección Nacional de Análisis Fiscal de la Secretaría de Hacienda a fines de 1980. Tuve la suerte de que fuera mi jefe directo, de quien no sólo aprendí a evaluar la Programación Financiera del Tesoro Nacional desde un punto de vista económico, a encontrar aspectos novedosos en los áridos problemas de las Finanzas Públicas, sino también a enfocar las relaciones interpersonales con un aire más campechano e intimista.

El “Pato” era básicamente un humanista en el más amplio sentido de la palabra. Apreciaba sobre todo las discusiones de política económica y jamás rehuía ni los debates sobre los más variados tópicos ni los placeres de la buena mesa. Lo conocí como consumado tenista y wing derecho aplicado que disfrutaba de los partidos interminables que solíamos jugar en el Club de Amigos con la “banda” de la Secretaría de Hacienda. Era, a su modo, un estudioso de la historia económica, considerando los detalles y el factor humano como eufemismos de las acciones más entretenidas. Consideraba a la microeconomía, en sus distintas vertientes, como  una fuente inagotable de respuestas originales a problemas aparentemente más complejos.

Si tuviera que hacer un semblante sumario de Luis, creo la figura que más le cabría sería la de un político por vocación y profesión, que soñaba con recrear el espíritu de la Constitución de 1853 y los valores de hombres como Sarmiento, Urquiza y Alberdi. Sin embargo, cuando descendía al discurso proselitista le gustaba priorizar los retratos de Leandro N. Alem e Hipólito Irigoyen, que se ajustaban más a los preceptos de su juventud. Las cosas de la vida, que le impusieron pruebas y obstáculos que hicieron que su destino divergiera de su vocación, seguramente también le hicieron partir antes de su tiempo.

Hoy, elevemos una plegaria, celebremos su recuerdo, apreciemos los momentos más felices que compartimos con él y permitamos que una sonrisa nos ilumine en el instante menos pensado.

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por Daniel Artana

Conocí circunstancialmente al Pato en los últimos años de la carrera de Economía en La Plata. En verdad, mi relación con él empezó a finales del año 1980 cuando entré a trabajar como categoría 19 en la Secretaría de Hacienda y el Pato, con su categoría 21, era uno de mis jefes. Con él veía los temas de promoción industrial y con mi otro jefe, Mario Salinardi, los relativos a la recaudación del impuesto a los combustibles.

El Pato era un tipo muy querible, muy amable, pero también un analista profundo que todos respetábamos. Cuando fui a estudiar a UCLA en 1983, él estaba haciendo el postgrado desde un año antes y, con la cordialidad que lo caracterizaba, me hospedó (junto con Margarita, la que era su esposa) en su casa hasta que consiguiera un departamento. En el cuarto pequeño donde estudiaba, tenía un gran mapa de Estados Unidos y lo primero que me preguntó fue ¿cuál es la capital de Luisiana? Ante mi error de decir Nueva Orleans, me corrigió diciendo que era Batton Rouge y así me mostró que las ciudades grandes no eran habitualmente las capitales de los estados americanos.

El Pato me ayudó dándome consejo de qué materias tomar y cómo moverse en un mundo diferente para cualquiera de nosotros que hablábamos un inglés medio atarzanado.

Allí recuerdo que en su segundo año (mi primero) lo internaron por los problemas de asma que ya lo tenían a maltraer.

Cuando volví a la Argentina en 1985, él siguió siendo mi jefe en Hacienda y recuerdo que publicamos (junto a María Luisa Duarte) la que sería mi primera nota en el Cronista, explicando el problema del free riding de las provincias promocionadas que otorgaban rebajas en impuestos nacionales.

Unos pocos años más tarde, ganamos juntos el premio Adeba y publicamos nuestro libro Desregulación y Crecimiento, que extendía el trabajo premiado. Ahí pusimos en el papel buena parte de lo que aprendimos en los cursos de Industrial Organization en la UCLA.

También recuerdo otro trabajo que escribimos sobre licitaciones de áreas petroleras con la idea de licitar al que ofreciera el mayor pago en cuotas anuales, idea que habíamos discutido con Marc Robinson, quien fuera profesor de ambos en UCLA. Ese trabajo lo publicó Alieto Guadagni en un libro editado por él en 1987. La idea era combinar la ventaja del bonus bidding pero reduciendo el gasto hundido inicial.

Luego de que yo entrara a trabajar a FIEL, el Pato hizo algunos trabajos con nosotros hasta que se fue a trabajar a un banco.

Hemos perdido a un gran profesional pero sobre todo a una gran persona. Todos lo vamos a extrañar.

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por Carlos Rivas

Queridos amigos: yo no conocí al Pato como ustedes y sólo lo compartí con ustedes. Rescato su humor y una actitud muy especial que valoro enormemente: el Pato no era competitivo, no tengo idea si lo habrá sido de más chico. Se interesaba genuinamente por el otro, como el Toto [Viglione].

Por los dos quiero compartir con ustedes una poesía famosa: la preferida de una audiencia de un programa de poesías de la BBC. Léanla, es muy cortita; su autor tiene algo importante que comparte con nuestros queridos muertos: es anónimo, no en el sentido de no ser nadie sino en el de que él no importa más que el otro.

Por las dudas, les aclaro que no estoy chupado. Un gran abrazo,

Indian Prayer

When I am dead
Cry for me a little
Think of me sometimes
But not too much.
Think of me now and again
As I was in life
At some moments it’s pleasant to recall
But not for long.
Leave me in peace
And I shall leave you in peace
And while you live
Let your thoughts be with the living.

1 comentario »

  1. Muy Interesante reseña estimado Dr. El Pato Soto era integro y muy empático (segun afirman los posts). Dos virtudes, si pueden describirse así, tan importantes como infrecuentes hoy por hoy. Me gustaria pensar que, como ondas en un estanque, sus acciones se difundieron en todas direcciones y alcanzaron a enriquecer a muchas personas. Sin duda una vida fecunda!! Saluti Gerardo

    Comment by Gerardo — Septiembre 16, 2014 @ 12:36 pm

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