Mi madre murió hace exactamente un año. El día que escriba mis memorias, si alguna vez sintiera esa necesidad, dedicaré un capítulo a la historia de mi madre, Alba Moreno, cuyo lema de vida era “hacer sin esperar” nada a cambio, por el solo cumplimiento del deber. Aunque ya descuento que mis palabras no podrán hacerle justicia; Dios no me dio talento literario. Domingo F. Sarmiento dedicó páginas maravillosas a su madre en Recuerdos de Provincia (1850). Para honrar la memoria de mi madre, voy a tomar algunos pasajes del capítulo que el gran sanjuanino le dedicó a la suya en ese libro. No deja de llamarme la atención la semejanza de carácter moral y de suerte en la vida entre Doña Paula y mi madre, un notable paralelismo que se repite entre Don Clemente y mi padre. Tal vez sea por esto, además de sus constantes referencias a las costumbres, personalidades y barrios de San Juan, mi provincia natal, que cualquier página de la obra de Sarmiento me emociona tanto.
La historia de mi madre
Siento una opresión de corazón al estampar los hechos de que voy a ocuparme. La madre es para el hombre la personificación de la Providencia, es la tierra viviente a que se adhiere el corazón, como las raíces al suelo. Todos los que escriben de su familia hablan de su madre con ternura. San Agustín elogió tanto a la suya, que la Iglesia la puso a su lado en los altares; Lamartine ha dicho tanto de su madre en sus Confidencias, que la naturaleza humana se ha enriquecido con uno de los más bellos tipos de mujer que ha conocido la historia; (…) Para los afectos del corazón no hay madre igual a aquella que nos ha cabido en suerte; pero cuando se han leído páginas como las de Lamartine, no todas las madres se prestan a dejar en un libro esculpida su imagen. La mía, empero, Dios lo sabe, es digna de los honores de la apoteosis, y no hubiera escrito estas páginas si no me diese para ello aliento el deseo de hacer en los últimos años de su trabajada vida esta vindicación contra las injusticias de la suerte. ¡Pobre mi madre!
En Nápoles, la noche que descendí del Vesuvio, la fiebre de las emociones del día me daba pesadillas horribles en lugar del sueño que mis agitados miembros reclamaban. Las llamaradas del volcán, la oscuridad del abismo que no debe ser oscuro, se mezclaban qué sé yo a qué absurdos de la imaginación aterrada, y al despertar de entre aquellos sueños que querían despedazarme, una idea sola quedaba tenaz, persistente como un hecho real. ¡Mi madre había muerto! Escribí esa noche a mi familia, compré quince días después una misa de réquiem en Roma, para que la cantasen en su honor las Pensionistas de Santa Rosa mis discípulas, e hice el voto y perseveré en él mientras estuve bajo la influencia de aquellas tristes ideas, de presentarme en mí patria un día y decirle a Benavides, a Rosas, a todos mis verdugos: Vosotros también habéis tenido madre: vengo a honrar la memoria de la mía; haced pues un paréntesis a las brutalidades de vuestra política; no manchéis un acto de piedad filial. ¡Dejadme decir a todos quién era esta pobre mujer que ya no existe! ¡Y, vive Dios, que lo hubiera cumplido, como he cumplido tantos otros buenos propósitos, y he de cumplir aún muchos más que me tengo hechos!
Por fortuna, la tengo aquí a mi lado, y ella me instruye de cosas de otros tiempos ignoradas por mí, olvidadas de todos. ¡A los setenta y seis años de edad, mi madre ha atravesado la Cordillera de los Andes, para despedirse de su hijo, antes de descender a la tumba! Esto sólo bastaría a dar una idea de la energía moral de su carácter. Cada familia es un poema, ha dicho Lamartine, y el de la mía es triste, luminoso y útil como aquellos lejanos faroles de papel de las aldeas, que con su apagada luz enseñan, sin embargo, el camino a los que vagan por los campos. Mi madre en su avanzada edad, conserva apenas rastros de una beldad severa y modesta. Su estatura elevada, sus formas acentuadas y huesosas, apareciendo muy marcadas en su fisonomía los juanetes, señal de decisión y de energía, he aquí todo lo que de su exterior merece citarse, sino es su frente llena de desigualdades protuberantes, como es raro en su sexo.
Sabía leer y escribir en su juventud, habiendo perdido por el desuso esta última facultad cuando era anciana. Su inteligencia es poco cultivada o más bien destituida de todo ornato, si bien tan clara, que en una clase de gramática que yo hacía a mis hermanas, ella de sólo escuchar, mientras por la noche escarmenaba su vellón de lana, resolvía todas las dificultades que a sus hijas dejaban paradas, dando las definiciones de nombres y verbos, los tiempos, y más tarde los accidentes de la oración, con una sagacidad y exactitud raras.
Aparte de esto, su alma, su conciencia, estaban educadas con una elevación que la más alta ciencia no podría por sí sola producir jamás. Yo he podido estudiar esta rara beldad moral, viéndola obrar en circunstancias tan difíciles, tan reiteradas y diversas, sin desmentirse nunca, sin flaquear ni contemporizar, en circunstancias que para otros habrían santificado las concesiones hechas a la vida. Y aquí debo rastrear la genealogía de aquellas sublimes ideas morales, que fueron la saludable atmósfera que respiró mi alma mientras se desenvolvía en el hogar doméstico.
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La religión de mi madre es la más genuina versión de las ideas religiosas de Don José Castro, y a las prácticas de toda su vida apelaré para hacer comprender aquella reforma religiosa intentada en una provincia oscura, y donde se conserva en muchas almas privilegiadas. Alguna vez mis hermanitas solían decir a mi madre recemos el rosario; y ella les respondía: -Esta noche no tengo disposición, estoy fatigada-. Otra vez decía ella: ¡Recemos, niñitas, el rosario que tengo tanta necesidad! Y convocando la familia entera, hacía coro a una plegaria llena de unción, de fervor, verdadera oración dirigida a Dios, emanación de lo más puro de su alma, que se derramaba en acción de gracias, por los cortísimos favores que le dispensaba, porque fue siempre parca la munificencia divina con ella. Tiene mi madre pocas devociones, y las que guarda revelan las afinidades de su espíritu a ciertas alusiones, si puedo expresarme así, de su situación con la de los santos del cielo. (…) Dios mismo ha sido en toda su angustiada vida el verdadero Santo de su devoción bajo la advocación de la Providencia. En este carácter, Dios ha entrado en todos los actos de aquella vida trabajada; ha estado presente todos los días viéndola luchar con la indigencia, y cumplir con sus deberes. La Providencia la ha sacado de conflictos por manifestaciones visibles, auténticas para ella. Mil casos nos ha contado para edificarnos, en prueba de esta vigilancia de la Providencia sobre sus criaturas. Una vez que volvía de casa de una hermana suya más pobre que ella, desconsolada de no haber encontrado recurso para el hambre de un día que había amanecido sin traer consigo su pan, halló sobre el puente de una acequia, en lugar aparente y visible, una peseta. ¿Quién la había conservado allí, si no es la Providencia? Otra vez sufrían ella y sus hijos los escozores del hambre, y a las doce del día abre con estrépito las puertas un peón trayendo un cuarto de res que le enviaba uno de sus hermanos a quien no veía hacía un año. ¿Quién sino la Providencia había escogido aquel día aciago para traer a la memoria del hermano, el recuerdo de su hermana? Y en mil coyunturas difíciles he visto esta fe profunda en la Providencia no desmentirse un solo momento, alejar la desesperación, atenuar las angustias, y dar a los sufrimientos y a la miseria el carácter augusto de una virtud santa, practicada con la resignación del mártir, que no protesta, que no se queja, esperando siempre, sintiéndose sostenida, apoyada, aprobada. No conozco alma más religiosa; y sin embargo no vi entre las mujeres cristianas otra más desprendida de las prácticas del culto.
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La posición social de mi madre estaba tristemente marcada por la menguada herencia que había alcanzado hasta ella. Don Cornelio Albarracín, poseedor de la mitad del Valle de Zonda y de tropas de carretas y de mulas, dejó después de doce años de cama la pobreza para repartirse entre quince hijos y algunos solares de terrenos despoblados. En 1801 Doña Paula Albarracín su hija joven de veinte y tres años emprendía una obra superior, no tanto a las fuerzas, cuanto a la concepción de una niña soltera. Había habido el año anterior una grande escasez de anascotes, género de mucho consumo para el hábito de las diversas órdenes religiosas, y del producto de sus tejidos había reunido mi madre una pequeña suma de dinero. Con ella y dos esclavos de sus tías Irrazávales, echó los cimientos de la casa que debía ocupar en el mundo al formar una nueva familia. Como aquellos escasos materiales eran pocos para obra tan costosa, debajo de una de las higueras que había heredado en su sitio, estableció su telar y desde allí, yendo y viniendo la lanzadera asistía a los peones y maestros que edificaban la casita, y el sábado, vendida la tela hecha en la semana, pagaba a los artífices con el fruto de su trabajo. En aquellos tiempos una mujer industriosa, y lo eran todas, aun aquellas nacidas y creadas en la opulencia, podía contar consigo misma para subvenir a sus necesidades. El comercio no había avanzado sus facturas hasta lo interior de las tierras de América, ni la fabricación europea había abaratado tanto la producción como hoy. Valía entonces la vara de lienzos crudos hechizos ocho reales los de primera calidad, cinco los ordinarios, cuatro reales la vara de anascote dando el hilo. Tejía mi madre doce varas por semana, que era el corte de hábito de un fraile, y recibía seis pesos el sábado, no sin trasnochar un poco para llenar las canillas de hilo que debía desocupar al día siguiente.
Las industrias manuales poseídas por mi madre son tantas y tan variadas, que su enumeración fatigaría la memoria con nombres que hoy no tienen ya significado. Hacía de seda suspensores; pañuelos de mano de lana de vicuña para mandar de obsequio a España algunos curiosos, y corbatas y ponchos de aquella misma lana suavísima. A estas fabricaciones de telas se añadían añajados para albas, randas, miñaques, mallas y una multitud de labores de hilo que se empleaban en el ornato de las mujeres y de los paños sagrados. (…) La reputación de omnisciencia industrial la ha conservado mi familia hasta mis días; y el hábito del trabajo manual es en mi madre parte integrante de su existencia. En 1842, en Aconcagua la oímos exclamar: ¡Esta vez es la primera de mi vida que me estoy mano sobre mano! Y a los setenta y seis años de su edad es preciso, para que no caiga en el marasmo, inventarle quehaceres al alcance de su fatigada vista, no excluyéndose de entre ellos, labores curiosas de mano de que hace aun adornos para enaguas y otras superfluidades.
Con estos elementos la noble obrera se asoció en matrimonio, a poco de terminada su casa, con don José Clemente Sarmiento, mi padre, joven apuesto, de una familia que también decaía como la suya, y le trajo en dote la cadena de privaciones y miserias en que pasó largos años de su vida. Era mi padre un hombre dotado de mil calidades buenas, que desmejoraban otras, que, sin ser malas, obraban en sentido opuesto. Como mi madre, había sido educado en los rudos trabajos de la época: peón en la hacienda paterna de La Bebida, arriero en la tropa, lindo de cara, y con una irresistible pasión por los placeres de la juventud, carecía de aquella constancia maquinal que funda las fortunas, y tenía, con las nuevas ideas venidas con la revolución, un odio invencible y rudo por el trabajo material en el que se había criado. Le oí decir una vez al Presbítero Torres, hablando de mí: ¡Oh, no! ¡Mi hijo no tomará jamás en sus manos una azada! Y la educación que me daba mostraba que era esta una idea fija nacida de resabios profundos de su espíritu. En el seno de la pobreza, me crié hidalgo, y mis manos no hicieron otra fuerza que la que requerían mis juegos y pasatiempos. Tenía mi padre encogida una mano por un callo que había adquirido en el trabajo. La revolución de la Independencia sobrevino, y su imaginación, fácil de ceder a la excitación del entusiasmo, le hizo malograr en servicios prestados a la Patria las pequeñas adquisiciones que iba haciendo. Una vez, en 1812, había visto en Tucumán las miserias del Ejército de Belgrano, y de regreso a San Juan, emprendió una colecta en favor de la Madre Patria, según la llamaba, que llegó a ser cuantiosa, y por sugestión de los godos, fue denunciada a la Municipalidad como un acto de expoliación. La autoridad, habiéndose enterado del asunto, quedó de tal manera satisfecha, que él mismo fue encargado de llevar personalmente al ejército su patriótica ofrenda, quedándole desde entonces el sobrenombre de Madre Patria, que en su vejez fue origen en Chile de una calumnia con el objeto de deslucir a su hijo. En 1817 acompañó a San Martín a Chile empleado como oficial de milicias en el servicio mecánico del ejército, y desde el campo de batalla de Chacabuco fue despachado a San Juan llevando la plausible noticia del triunfo de los patriotas. San Martín lo recordaba muy particularmente en 1847, y se holgó mucho de saber que era yo su hijo.
Con estos antecedentes, mi padre pasó toda su vida en comienzos de especulaciones, cuyos proyectos se disipaban en momentos mal aconsejados; trabajaba con tesón y caía en el desaliento; volvía a ensayar sus fuerzas, y se estrellaba contra algún desencanto, disipando su energía en viajes largos a otras provincias, hasta que llegado yo a la virilidad, siguió desde entonces en los campamentos, en el destierro o las emigraciones la suerte de su hijo, como un ángel de guarda para apartar, si era posible, los peligros que podían amenazarle.
Por aquella mala suerte de mi padre y falta de plan seguido en sus acciones, el sostén de la familia recayó desde los principios del matrimonio sobre los hombros de mi madre, concurriendo mi padre solamente en las épocas de trabajo fructuoso con accidentales auxilios, y bajo la presión de la necesidad en que nos criamos, vi lucir aquella ecuanimidad de espíritu de la pobre mujer, aquella resignación armada de todos los medios industriales que poseía, aquella confianza en la Providencia, que era sólo el último recurso de su alma enérgica contra el desaliento y la desesperación. Sobrevenían inviernos que ya el otoño presagiaba amenazadores por la escasa provisión de menestras y frutas secas que encerraba la despensa, y aquel piloto de la desmantelada nave se aprestaba con solemne tranquilidad a hacer frente a la borrasca. Llegaba el día de la destitución de todo recurso, y su alma se endurecía por la resignación, por el trabajo asiduo, contra aquella prueba. Tenía parientes ricos, los curas de dos parroquias eran sus hermanos, y estos hermanos ignoraban sus angustias. Habría sido derogar a la santidad de la pobreza combatida por el trabajo, mitigarla por la intervención ajena; habría sido para ella pedir cuartel en estos combates a muerte con su mala estrella. La fiesta de San Pedro fue siempre acompañada de un espléndido banquete que daba el cura, nuestro tío, y se sabe el derecho y el deseo de los niños de la familia a hacer parte de la estrepitosa fiesta. No pocas veces el cura preguntaba: -¡y Domingo, que no lo veo! ¿Y la Paula?…-, y hasta hoy sospecha que esta dolorosa ausencia era ordenada e hija de un plan de conducta de parte de mi madre.
(…)
Cuando yo respondía que me había criado en una situación vecina de la indigencia, el Presidente de la República en su interés por mí, deploraba estas confesiones desdorosas a los ojos del vulgo. ¡Pobres hombres los favorecidos de la fortuna, que no conciben que la pobreza a la antigua, la pobreza del patricio romano, puede ser llevada como el manto de los Cincinatos, de los Arístides, cuando el sentimiento moral ha dado a sus pliegues la dignidad augusta de una desventaja sufrida sin mengua! Que se pregunten las veces que vieron al hijo de tanta pobreza acercarse a sus puertas sin ser debidamente solicitado, en debida forma invitado, y comprenderán entonces los resultados imperecederos de aquella escuela de su madre, en donde la escasez era un acaso y no una deshonra. En 1848 me encontré por accidente en una casa con el Presidente Bulnes, y después de algunos momentos de conversación, al despedirnos, le dije maquinalmente: -Tengo el honor de conocer a Su Excelencia-; disparate impremeditado que llamó su atención, y que bien mirado no carecía de propósito, puesto que en ocho años era la segunda vez que estaba yo en su presencia. ¡Bienaventurados los pobres que tal madre han tenido!



Domingo Sarmiento fué un argentino con un gran sentido comun (algo muy escaso hoy) y que la gente comun no sabe de Sarmiento. En el siglo XIX, sin radios, televisiones, etc. el pudo percibir en sus viajes donde estaba el futuro con un sencillo y simple metodo: iba a comer recorriendo los restaurants mas baratos a los mas caros… escuchaba las conversaciones, veia como vestia la gente, hablaba con ellos, etc. Asi concluyo que el futuro de la civilización era Estados Unidos…y no se equivocó!
Comment by eduardo — February 16, 2008 @ 11:18 am
sarmiento junto a toda la generacion del ‘37 fueron los founding fathers de estos lares, que pudieron con tanta tirania, ignorancia, falta de medios y tantas otras cosas. qué nos pasa a los liberales de hoy? con mucho mejores medios, menos ignorancia y demas puntos a favor que los de antaño no las tenian…
Emilio: ¿Está seguro de que la clase dirigente argentina actual es menos ignorante que la de 1837?
Comment by emilio — March 14, 2008 @ 10:24 pm
coincido contigo Jorge. Sarmiento era 10 veces mas inteligente, culto y sabio que los politicos de hoy. Ademas, poseia un valor y coraje envidiable: siendo casi un niño viajo solo a caballo desde San Juan a Mendoza, algo que ni los adultos se animarían a hacer hoy.
Comment by eduardo — June 28, 2008 @ 10:32 am
"Vuestros palacios son demasiado suntuosos, al lado de barrios demasiado humildes. El abismo que media entre el palacio y el rancho lo llenan las revoluciones con escombros y con sangre. Pero yo les indicaré otro sistema de nivelarlos: la escuela". DFS
Comment by marcos victorica — August 7, 2008 @ 9:21 pm
a Sarmiento todos lo citan, le cantan loas, pero casi nadie lo lee. Intente usted conseguir en las librerias su libro VIAJES, en la parte de su visita a USA durante el gobierno de Rosas, contratado por el gobierno de Chile para informar sobre la mejor forma de educar al pueblo (que no sabia leer y escribir en practicamente todos los paises ex dependientes de España) y vera que no existe. No se edita VIAJES desde hace muchos años. Desde www.argentinasalvajizada.wordpress.com mandamos una carta a la directora de la Biblioteca del Maestro (que funciona en el palacio Pizzurno rebautizado Sarmiento) pidiendole que en vez de gastar plata para el bicentenario, le diga al ministro de educacion que cree un sitio web sarmiento on line. gov donde PODAMOS TODOS LEER GRATIS POR INTERNET AL MAESTRO DE LOS MAESTROS, y obviamente NO ME CONTESTARON. Porque el MAESTRO explica que el exito de los norteamericanos es que por ser GENTE LIBRE, trabajan y como son gente que trabaja y esta orgullosa (no lo miran como algo pecaminoso, como los zurdos argentinos y los obispos que se hacen los zurdos para repartir desde el poder, a los cuales ya criticaba Sarmiento en su epoca) de su trabajo, tenian acceso al CREDITO y por eso el pais crecía en forma veloz. A tal punto que Sarmiento dijo (dos siglos atrás) que USA estaba llegando a un punto en el que en pocos siglos LA EVOLUCION o crecimiento de la civilizacion a escala mundial se habria completado. Porque el progreso que existía hasta esa época era para minorias aristocráticas, pero a nivel masivo, lo que veía en USA significaba INCORPORAR A TODA LA GENTE a un mundo civilizado. Y por eso lo primero que hacian los norteamericanos era enseñar a leer y escribir a cualquier persona (luego de alimentarlo si lo encontraban desnutrido o hambriento). Le recomiendo una joya que encontre el otro dia y es un informe que se publico en 1938 por parte del ministerio de Educacion con motivo de los 50 años de Sarmiento, y que es una reseña de sus brillantes opiniones. Porque cuando a Sarmiento se lo respetaba, el pais crecía, pero cuando los fascistas militaristas en 1930 destruyeron a la Constitucion, (como dice el libro postumo Juan Domingo de Garcia Hamilton, PARA RECATOLIZAR A ARGENTINA, cuya liberal molestaba a nuestras minorias) a Sarmiento se lo intenta esconder. Por eso solo existen libros mas inofensivos en el mercado, pero los mas importantes, los que marcan lo que iba a ser segun su opinion, el futuro del mundo civilizado (el modelo de la UNION de los estados ex colonias del Norte) parece obvio que a casi todos nuestros gobernantes - MENOS A CARLOS MENEM - les ha convenido ocultar la admiracion por ESTADOS UNIDOS de parte de Sarmiento. De alli que insisto, tenemos que LEERLO y ESTUDIARLO, para apreciarlo. Dicen que segun Unamuno fue el mejor prosista del siglo XIX y que según BORGES el mejor escritor argentino, y le aseguro que no me sorprende para nada.
Comment by German R. Piran — November 29, 2009 @ 5:05 pm