Arquetipo de una época


El pasado viernes 4 de agosto, por la noche, falleció Leopoldo Bravo en San Juan, tras una larga enfermedad. Entre los argentinos de su tiempo, mi padre sintió respeto y admiración por dos: Alvaro Alsogaray y Leopoldo Bravo. Del primero, valoraba su tenacidad y convicción en la prédica de la libre empresa. Del segundo, su estampa, don de mando y habilidad política.

Conocí a Bravo de lejos, aunque tengo múltiples referencias de él por vía familiar. De acuerdo con la información que circula, era hijo natural de don Federico Cantoni, fundador del partido bloquista (escisión local del Radicalismo) y gobernador de la provincia cuando Bravo nació, y de una empleada doméstica. Cantoni fue el caudillo más importante de San Juan en la primera mitad del siglo pasado. Mi abuelo paterno, un comerciante pragmático, lo apreciaba e invitaba con frecuencia a almorzar a su casa de Jáchal. Mi padre lo conoció desde niño y fue un admirador de su obra pública. Por su parte, mi abuelo materno, universitario y anarquista, lo detestaba; se negó a colaborar en uno de sus gobiernos y, según la historia familiar, por Cantoni perdió propiedades y se vio obligado a exiliarse en Buenos Aires durante la primera mitad de la década de 1930. Varias décadas después, mi abuela materna recordaba con espanto cuando los "tres machos Cantoni" y sus huestes atronaban a caballo las calles de San Juan, borrachos y disparando tiros al aire. (Los Cantoni eran tres hermanos: Federico, Aldo y Elio, que se turnaban en la gobernación.) Mis abuelos maternos eran españoles, es decir, europeos; finalmente, gringos. Cantoni tenía un concepto muy particular de los gringos. Decía que los únicos que pagaban los impuestos eran los boludos y los gringos.

Todavía recuerdo la excitación popular de la noche de aquel domingo de 1962 cuando el Dr. Bravo ganó la elección a gobernador. Yo tenía ocho años. La esposa, Ivelise Falcioni, invitó a sus primas de Buenos Aires a la ceremonia de asunción. De la mano de su madre, una de las primas, también asistió una niña pelirroja y atenta que no olvidaría el color del ambiente político local. Por el azar de la vida, 25 años más tarde conocí a la niña ya mujer en una cita a ciegas en Buenos Aires y hace casi veinte que es mi esposa.

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Leopoldo Bravo (1919-2006), último caudillo de la política sanjuanina

Por la evidencia, Bravo fue un hombre destacado desde joven. Su padre prontamente quiso reconocerlo pero él prefirió mantener el humilde apellido de la madre. Se recibió de doctor en derecho en la Universidad de La Plata en 1941, y al poco tiempo empezó a colaborar con don Federico, hasta convertirse en su virtual heredero político. Cantoni le ganó a Perón en la provincia la elección de 1946. Perón, según se cuenta, le señaló que se la había ganado porque a San Juan no llegaba la radio, y para sacárselo de encima lo mandó de embajador a Rusia. Detrás de Cantoni fue Bravo, iniciándose así su dilatada carrera pública:

1946-1949 Consejero y encargado de negocios de la embajada argentina en Rusia.

1953 Embajador en Rusia, después de otros destinos en el bloque socialista de Europa del Este.

1961 Gobernador electo de San Juan. No pudo asumir porque el gobierno nacional anuló las elecciones.

1962-1966 Gobernador de San Juan (por el voto popular).

1973 Candidato a vice-presidente de la Nación por la Alianza Republicana Federal.

1973-1976 Senador nacional por San Juan.

1976-1981 Embajador en Rusia, en Italia y en Mongolia.

1982-1983 Gobernador de San Juan (designado por el gobierno militar).

1983 Gobernador de San Juan (por el voto popular).

1989 Senador nacional por San Juan, hasta hace muy poco.

Medio siglo de actividad política ininterrumpida. Como representante diplomático del presidente Perón, como gobernador democrático, como candidato a vice-presidente por el partido militar, como senador elegido en las urnas, como embajador de un gobierno de facto, como gobernador-interventor puesto por el mismo gobierno militar, y una vez más como senador de la Nación. Aprovechó todas las oportunidades a su alcance. La esposa y el hijo mayor, Leopoldo, fueron diputados nacionales. Y como remate de una vida eficaz, el mismo día de su muerte el presidente Kirchner designó a Leopoldito embajador en Rusia.

La vida de Bravo es una pintura fiel de la época que le tocó vivir. Fue una figura distinguida del establishment político. Fue un insider, un hábil operador del sistema que todavía rige en nuestro país. Cultivó el poder para sí, para su familia y para San Juan. Fue un defensor de esa particular visión del federalismo que consiste en hacer lobby tres días a la semana en Buenos Aires, conseguir el desvío de fondos a la provincia y con ellos construir grandes obras públicas, tales como la avenida de circunvalación, el camino del Agua Negra a Chile, el autódromo, el estadio cubierto y el auditorium, de los cuales los sanjuaninos estamos orgullosos. Hasta donde yo sé, jamás se le pasó por la cabeza que el federalismo pudiera ser algo sustantivamente distinto. Jamás se pronunció a favor de que las provincias recaudaran por ellas mismas el total o gran parte de sus gastos, para que el gobernador, en vez de lobista y mendigo en Buenos Aires, se constituyera en un poder autónomo auténtico.

No fue un repúblico, pese a su destreza en la competencia política abierta y en el juego de influencias encubierto entre los poderes del Estado. No defendió a desaparecidos, pese a su condición de abogado conocedor de la situación política nacional. No predicó la conveniencia de un entendimiento franco con EEUU, el país clave de su tiempo y del nuestro, pese a su rica experiencia diplomática. No militó a favor del libre comercio, pese a tener clara conciencia de la importancia de una salida a Chile. Aunque no le faltaron cargos ni tribunas de primera línea para expresarse y hacer valer una opinión sobre cualquiera de esas causas fundamentales para un hombre de estado.

En su nota necrológica, La Nación destacó que Bravo fue un obrero de la política, de mano dura, personalista, intuitivo y muy inteligente. Para muchos era casi un calco de Cantoni, aunque Bravo no era de armas tomar. En su funeral, José Luis Gioja, el actual gobernador de la provincia, dijo que este día triste debe transformarse en un día de regocijo porque despedimos a un hito de los más altos de nuestra historia.

Nadie ha mentido. Ni su currículum, ni La Nación ni el gobernador Gioja. Todos han dicho la verdad. Es peligroso juzgar a un hombre pocos días después de muerto. Es injusto descalificarlo por haber jugado mejor que nadie un juego cuyas reglas él no estableció. Leopoldo Bravo fue el arquetipo de una época de la política argentina. Pragmático, oportunista, sin sueños de grandeza nacional. Nació y vivió muy cerca de la casa natal de Domingo F. Sarmiento pero fue muy distinto. Tan distinto como el siglo XX del XIX.